Eyam, el pueblo que se sometió a una cuarentena voluntaria en el siglo XVII para frenar una pandemia y salvó miles de vidas

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Ahora que debido a la pandemia del coronavirus oímos hablar de muertes y de cuarentenas, vuelve a la memoria la historia de Eyam, un pueblo inglés cuyos habitantes decidieron someterse a un aislamiento voluntario en el siglo XVII.

Corría el año 1665 cuando una plaga de peste bubónica azotó a toda Europa, cruzó el Mar del Norte y el Canal de la Mancha e hizo estragos en Inglaterra. Entonces los líderes de la comunidad de Eyam decidieron establecer el perímetro del villorrio y obligar a todos sus habitantes a no salir de ahí durante unos largos 14 meses.

Eyam Hall, Derbyshire, Inglaterra. Foto: Geography Photos/Universal Images Group via Getty Images.
Eyam Hall, Derbyshire, Inglaterra. Foto: Geography Photos/Universal Images Group via Getty Images.

Nadie entraría y nadie saldría. Luego de ese gesto, como lo señala un reporte de Business Insider, Eyam se convertiría en uno de los casos más notables de cuarentena de la historia.

Porque aquella resultó ser la única solución, tanto para detener el avance de la epidemia como para dejar de contaminar a los habitantes de las poblaciones aledañas, sobre todo en una época en la que no existían las medidas sanitarias y los servicios médicos de los que se beneficia buena parte de la población mundial en la actualidad.

La tumba de la esposa de William Mompesson, el rector de Eyam, fallecida durante la plaga de peste en 1666. Foto: MyLoupe/Universal Images Group via Getty Images.
La tumba de la esposa de William Mompesson, el rector de Eyam, fallecida durante la plaga de peste en 1666. Foto: MyLoupe/Universal Images Group via Getty Images.

Fue William Mompesson, el rector de esta aldea enclavada en el condado de Derbyshire, entre Buxton y Chesterfield, y a 34 millas al suroeste de Manchester, quien reunió a sus 750 habitantes para diseñar un plan que contuviera aquel brote maldito.

Casi todos eran agricultores y unos pocos se dedicaban al comercio. Tenían miedo. La Muerte Negra tocaba a sus puertas. Las noticias que llegaban de Londres eran espantosas. Tan solo en la capital ya había muerto el 25% de su población.

Unos 25 millones de personas terminaron perdiendo la vida a lo largo de todo el continente europeo. Eventualmente la enfermedad fue erradicada en todo el mundo, excepto en Mongolia, donde es endémica y está controlada.

Tumba con calavera y huesos cruzados en el cementerio de la Iglesia de Saint Lawrence, en Eyam, Derbyshire. Foto: MyLoupe/Universal Images Group via Getty Images.
Tumba con calavera y huesos cruzados en el cementerio de la Iglesia de Saint Lawrence, en Eyam, Derbyshire. Foto: MyLoupe/Universal Images Group via Getty Images.

Pero en este caso la epidemia se había concentrado en Londres y Cambridge. ¿No resultaba raro que se produjera un brote en un poblado insignificante como Eyam, ubicado a más de 150 millas de distancia de la ciudad más importante del reino?

Según se supo luego, el único sastre de Eyam había ordenado un fardo de tela a un comerciante de Londres, y esta mercancía llegó plagada de pulgas infestadas de bacterias. De ahí que la picadura de estos insectos parasitarios sobre los seres humanos extendiera rápidamente la enfermedad.

El primero en morir fue George Viccars, el asistente del sastre, el 7 de septiembre de 1665.

Unas cuarenta personas fallecieron en los siguientes dos meses. Luego vino un descenso de la mortalidad, por lo que muchos creyeron que la enfermedad había desaparecido. Sin embargo, la peste había mutado, volviéndose neumónica en el verano de 1666. Así que ya no era necesario que las pulgas continuaran picando y extendiendo el mal; bastaba con el contacto entre humanos para que más personas se enfermaran.

Una de las piedras que demarcaban el perímetro del pueblo de Eyam durante el aislamiento a que se sometieron sus pobladores en el siglo XVII para no propagar la peste. Foto: Getty.
Una de las piedras que demarcaban el perímetro del pueblo de Eyam durante el aislamiento a que se sometieron sus pobladores en el siglo XVII para no propagar la peste. Foto: Getty.

Con el incremento de los fallecimientos, muchos en el pueblo consideraron huir de allí.

Sin embargo, consciente de que esa escapatoria no representaría una solución, el rector Mompesson, que apenas había sido nombrado unos meses atrás, advirtió que quienes huían podrían contaminar a sus vecinos de Sheffield y de Manchester, y decretó la cuarentena.

Seguidamente, este hombre que casi cuatro siglos después sigue siendo una celebridad en el pueblo, hizo contacto con el exrector, Thomas Stanley, para que lo ayudara a persuadir a los aldeanos de que no huyeran. Entre los dos, el 24 de junio de 1666 convencieron a la gente de que lo justo era entrar en cuarentena voluntaria para asegurar la protección de los otros pueblos, si bien esto constituía una mayor posibilidad de morir.

Una de las piedras que demarcaban el perímetro de Eyam durante el aislamiento a que se sometió en el siglo XVII para no propagar la peste. También servían para intercambiar alimentos por dinero con vecinos de otros pueblos. Foto: Alina Hartounian/AP.
Una de las piedras que demarcaban el perímetro de Eyam durante el aislamiento a que se sometió en el siglo XVII para no propagar la peste. También servían para intercambiar alimentos por dinero con vecinos de otros pueblos. Foto: Alina Hartounian/AP.

De acuerdo con la historiadora local Francine Clifford, ambos líderes apelaron a los valores religiosos de la comunidad y los convencieron de que, según las enseñanzas cristianas, la ciudad tenía el deber moral de hacer algo bueno por la humanidad.

El siguiente paso fue colocar unas rocas enormes en un perímetro de una milla alrededor del pueblo. De ahí hacia adentro quedaba fijada la zona de aislamiento. Lo demás era evitar que nadie entrara o saliera. Y esperar.

Aquellas rocas sirvieron también para que agricultores y comerciantes de las poblaciones aledañas depositaran alimentos y otros suministros a cambio de monedas empapadas en vinagre, una práctica que la gente del pueblo creía que evitaría que la peste se extendiera.

También se colocaron carteles para persuadir a los atrevidos o a los desesperados de que no traspasaran la línea de demarcación de ese perímetro de salud.

Iglesia de Eyam, en Inglaterra. Foto: Getty.
Iglesia de Eyam, en Inglaterra. Foto: Getty.

“En lugar de producirse la enfermedad mediante un ciclo de infección pulga-rata-pulga”, relató Clifford en 2016 a la BBC, “entró en los pulmones y se volvió pulmonar”. Cuando todo hubo acabado, unos 260 pobladores de Eyam habían muerto, justo un tercio de su población total.

Mientras, William Mompesson mantenía un registro puntilloso de las víctimas, por lo que hoy se sabe que durante el verano cinco o seis personas morían a diario en Eyam.

En una carta fechada el 20 de noviembre de 1666, Mompesson aseguraba que sus oídos "nunca escucharon tan penosas lamentaciones, mi nariz nunca olió olores tan intolerables y mis ojos nunca contemplaron espectáculos tan horribles".

Pero poco más de un año después las infecciones ya habían empezado a disminuir. El propio Mompesson dio cuenta por escrito de la última muerte, acaecida el 17 de octubre de 1666.

La combinación entre la llegada de las temperaturas bajas y el cumplimiento del ciclo natural de existencia del virus contribuyeron también a su disminución, mientras que en el resto del país todavía hubo enfermos y muertes por un año más.

Pero claro que fue la cuarentena el mejor de los remedios. La historiadora Clifford siempre ha sostenido que, de haberse producido la expansión de la enfermedad más allá de las fronteras de Eyam, los muertos habría que contarlos por miles.

“La decisión de poner en cuarentena la aldea significó que se eliminó el contacto humano-humano”, explicó hace unos años a la BBC el doctor Michael Sweet, especialista en enfermedades en la Universidad de Derby, “especialmente con aquellos fuera de la aldea, lo que ciertamente habría reducido significativamente el potencial de propagación del patógeno”.

“Sin la restricción de los aldeanos, mucha más gente, especialmente de las aldeas vecinas, probablemente habría sucumbido a la enfermedad”, insistió el especialista. “Es remarcable lo efectivo que fue el aislamiento en este caso.”

En el siglo XXI y con unos mil habitantes, este pueblo todavía exhibe con orgullo un letrero que versa así: “Cualquier medida que se tome antes de una pandemia parecerá exagerada. Sin embargo, cualquier medida que se tome después parecerá insuficiente.”

En momentos en que el coronavirus hace estragos en todo el mundo y obliga a cuarentenas en varios rincones del planeta, los pobladores de Eyan saben bien de lo que están hablando.

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