Eliud Kipchoge y sus zapatillas milagro: la sombra del dopaje tecnológico vuelve a acechar al deporte de élite

El atleta Eliud Kipchoge terminando en Viena el recorrido de la distancia de maratón que logró hacer en menos de dos horas. Foto: Alex Halada/AFP via Getty Images.
El atleta Eliud Kipchoge terminando en Viena el recorrido de la distancia de maratón que logró hacer en menos de dos horas. Foto: Alex Halada/AFP via Getty Images.

Ha sido tan impresionante que ha trascendido el ámbito de la actualidad deportiva y ha saltado a las páginas de información general. El keniano Eliud Kipchoge se convirtió el pasado sábado en el primer ser humano capaz de recorrer la distancia de una maratón (42,195 kilómetros) en menos de dos horas. Ojo: no “hacer una maratón”, porque su registro no tiene carácter oficial, ya que hay una serie de condicionantes que no cumplen con la normativa de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF).

Uno de ellos, quizás del que más se está hablando, se refiere a sus pies, o más bien a lo que llevaba en ellos. Kipchoge calzaba unas ZoomX Vaporfly Next%, el último modelo de zapatillas que ha salido del laboratorio del fabricante Nike. Ya se habla de calzado “mágico”, puesto que la compañía asegura que, gracias a uno de sus componentes, multiplica el rendimiento del atleta que las usa. Hasta un 4% de mejora se puede llegar a lograr, afirma.

Precisamente por eso, la marca tan asombrosa del keniano genera suspicacias entre los aficionados más puristas. ¿Hasta qué punto es legítimo contar con estas ayudas para batir récords y alcanzar tiempos estratosféricos? ¿Puede hablarse de dopaje tecnológico? ¿Debe la IAAF prohibir el uso de este tipo de materiales, como reclaman algunos, para mantener la pureza del deporte?

En el caso concreto de estas zapatillas, el truco (nada secreto, puesto que Nike se ha encargado de publicitarlo a bombo y platillo y de paso vender el producto a los innumerables corredores aficionados de todo el planeta) consiste en una capa de fibra de carbono que recorre toda la suela, de puntera a talón. Según aseguran los ingenieros, gracias a ella se consigue mucha más amortiguación y propulsión en cada zancada, lo que a la larga incrementa la velocidad del corredor con el mismo esfuerzo.

Kipchoge, en condiciones ideales de altitud y clima y con 41 liebres trabajando para él, demostró que el invento funciona. Por si quedaba alguna duda, su compatriota Brigid Kosgei la despejó ayer domingo en Chicago, en una maratón “real”, con carácter competitivo, con rivales por medio y sin ayudas externas. Logró batir el récord mundial en categoría femenina, parando el reloj en 2:14:04, un minuto menos que la anterior plusmarca que tenía Paula Radcliffe desde hacía casi dos décadas. En sus pies, el mismo modelo de zapatillas.

Con Kosgei llama la atención, además, que el registro fuera cuatro minutos más veloz que su anterior mejor tiempo personal. Es un incremento brutal para esta distancia que los expertos no pueden explicar solo con entrenamientos más refinados, la meteorología o el recorrido. A nadie se le escapa que, más allá de la (indiscutible) calidad de los atletas que protagonizan estas proezas, el calzado es el gran responsable de que estemos viviendo lo que parece una edad dorada en las carreras de fondo. Solo en 2019, aparte de estas dos hazañas en la maratón, también se han batido los récords de medias maratones tanto en categoría femenina (la propia Kosgei) como masculina (Geoffrey Kamworor, otro keniata).

Todo es perfectamente legal, al menos por ahora. La IAAF no ha dicho que esas zapatillas constituyan “dopaje tecnológico”, ni se espera que lo haga a corto plazo. El problema es que la definición de este tipo de “dopaje” no está del todo clara. A grandes rasgos, se puede considerar como tal la ayuda externa que reciben los deportistas no tanto en sus propios cuerpos, sino en las herramientas que utilizan para desempeñar su actividad. Pero no se sabe con certeza dónde se establece el límite entre lo que es legítimo y lo que no, puesto que el progreso y las innovaciones creativas en la fabricación de productos son imparables y es imposible estar al día de todo lo que va surgiendo.

Los bañadores prohibidos

Hay casos que ofrecen pocas dudas. Allá por 2016 se habló mucho de la ciclista belga Femke van der Driessche, a quien cazaron con un pequeño motor eléctrico camuflado en su bicicleta que le daba un extra de potencia. Había teorías un tanto conspiranoicas que aludían a que el mismísimo Chris Froome también los habría utilizado. Otras veces, sin embargo, la situación era mucho más ambigua y se tardó bastante más tiempo en llegar a una conclusión. El ejemplo más destacado se produjo a finales de la década de 2000, cuando el mundo de la natación se puso patas arriba.

Fue en 2008 cuando la compañía italiana Jaked desarrolló un modelo revolucionario de traje de baño de cuerpo entero hecho no de fibras textiles, como era lo habitual hasta entonces, sino de poliuretano. Este material, menos denso que el agua, aumentaba la flotabilidad del nadador, lo que permitía a algunos nadadores considerados hasta entonces mediocres lograr resultados muy superiores a los esperados... y a los grandes campeones pulverizar las plusmarcas históricas con márgenes descomunales. Entre mundiales, continentales y nacionales, se calcula que en apenas un par de años se batieron más de un centenar.

De hecho, todavía siguen vigentes los récords que consiguieron en el Mundial de Roma 2009 nadadores como el brasileño César Cielo o el alemán Paul Biedermann, de quienes poco se ha sabido desde entonces. Porque en 2010 la Federación Internacional de Natación (FINA), ante las protestas de pesos pesados como Michael Phelps, decidió prohibir todo bañador que no estuviera fabricados de materiales textiles, además de poner límites tanto al grosor de la tela como a su flotabilidad y su impermeabilidad. Eso sí, permitió que las marcas de Roma permanecieran en los libros de historia.

Repasando otros deportes también se ve cómo las diferentes disciplinas han ido regulando para impedir ciertas innovaciones tecnológicas. En ciclismo, por ejemplo, se estableció que para el récord de la hora había que usar una bicicleta de pista convencional; nada de prototipos especiales creados al efecto para ganar aerodinámica, como la “Espada” de Miguel Induráin en 1994. En tenis se acabó cediendo para permitir ir más allá de las antiguas y pesadísimas raquetas de madera a las actuales, de materiales como titanio y mayor superficie de golpeo, que permiten golpes mucho más potentes (y, para algunos, han acabado con el juego táctico y de precisión de antaño, en favor de tenistas menos hábiles pero sí más fuertes).

Palos de golf o sticks de hockey más ligeros y resistentes, pértigas más flexibles, ropa más transpirable, hasta balones de fútbol sin costuras que alcanzan trayectorias más largas al ser pateados. La tecnología es imparable y va desarrollando adelantos para superar nuestros límites, aunque casi siempre generan controversia entre los seguidores más tradicionales y hostiles a los cambios. Pero es imposible detener el progreso, y más en un entorno hipercompetitivo y extremadamente profesionalizado como el del deporte, donde la victoria es dinero y cada milésima o cada centímetro pueden marcar la diferencia entre la gloria o el fracaso del segundón.

El debate, por supuesto, seguirá existiendo. Pero los anclados en el pasado tienen las de perder. Nadie va a usar unas zapatillas que no aportan una ventaja extra si tienen la posibilidad de hacerse con ellas, y si hoy se prohíbe la placa de carbono de Nike, mañana se desarrollará otro método alternativo que conseguirá el mismo efecto por otro camino. Porque además, al contrario que lo que habitualmente entendemos por dopaje (el consistente en introducir sustancias de efectos variados en el organismo), este dopaje tecnológico no tiene consecuencias negativas para la salud; es más, en ocasiones es incluso al contrario, sirviendo para prevenir lesiones. Y en última instancia, como todos los deportistas pueden tener acceso a estas innovaciones, sigue siendo el talento natural o la mejoría a través del entrenamiento lo que determina quién gana y quién pierde. A los críticos más les vale adaptarse, porque este proceso ni tiene ni debe tener vuelta atrás.

También te puede interesar:

El entrenador que usó a sus atletas como “ratas de laboratorio”

Catar: cuando el dinero importa mucho más que el deporte y los deportistas

Qué leer a continuación