El suburbio sudafricano plagado de futbolistas donde los ojeadores no se atreven a entrar

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Niños jugando al fútbol en un campo en Khayelitsha. Foto: Per-Anders Pettersson via Getty Images.
Niños jugando al fútbol en un campo en Khayelitsha. Foto: Per-Anders Pettersson via Getty Images.

Khayelitsha es un barrio a las afueras de Ciudad del Cabo, a una treintena de kilómetros del centro de la capital legislativa de Sudáfrica. Según el último censo disponible, de 2011, el asentamiento roza los 400.000 habitantes. La comunidad está considerada la de más rápido crecimiento del país, puesto que muchos inmigrantes de áreas rurales se establecen allí en busca de la prosperidad que creen que les puede ofrecer la gran urbe.

En la todavía muy segregada sociedad sudafricana que aún no ha terminado de superar las consecuencias del apartheid vigente durante buena parte del siglo XX, Khayelitsha es un entorno predominantemente negro, que de hecho surgió en los años 80 como espacio destinado por el gobierno racista de la época para alojar a los inmigrantes de origen indígena. Los negros son más del 90% de la población y otro 8% son coloured (el término que se utiliza para quienes tienen ascendencia mixta), el idioma habitual es el xhosa y el nombre del lugar significa “nuestro nuevo hogar” en esta lengua. Las condiciones económicas están mejorando lentamente, pero siguen siendo durísimas: se trata de uno de los entornos más pobres de Ciudad del Cabo y el chabolismo es un fenómeno habitual, con una mayoría de hogares fabricados de forma precaria con chapas metálicas y sin acceso a servicios básicos como agua corriente.

Los khayelitshanos, igual que en el resto del país, usan el deporte como vía de escape para evadirse de sus problemas cotidianos. Hay, literalmente, centenares de equipos de fútbol y miles de jugadores en la barriada, la mayoría de ellos muy jóvenes (no en vano el 40% de la población tiene menos de 19 años). Algunos, por supuesto, de nivel bastante alto, que con la formación adecuada no tendrían problema en integrarse en la estructura de un club de élite y llegar a labrarse un futuro en el balompié profesional.

Pero hay un problema que dificulta enormemente a los chavales de suburbio las posibilidades de salir de allí. Khayelitsha está considerado un foco de delincuencia y criminalidad de primer orden. Las pocas referencias a este lugar que aparecen en la prensa nacional o internacional aluden invariablemente a bandas mafiosas, drogas y todo tipo de delitos. Solo en 2018 se registraron allí unas 3500 agresiones, de las cuales casi 200 fueron asesinatos, según indica la BBC.

Esto implica numerosos problemas de convivencia y hasta de pura supervivencia. Pero de cara al fútbol, la consecuencia es inmediata: los ojeadores de equipos importantes jamás aparecen por allí para explorar el talento local y seleccionar a los que podrían convertirse en estrellas futuras. Literalmente, les da miedo acercarse.

Y eso que existen proyectos serios para centrar a los chavales en el deporte y alejarles de la delincuencia. Hay alguna que otra escuela de fútbol bien organizada, como la que se puso en marcha con el proyecto Football for Hope de la FIFA, que sí que es cierto que han contribuido a “mantener a los chicos en la escuela y fuera de las calles”, tal como reconoce a la BBC Dumisani Madondile, un residente local implicado en el proyecto.

Pero, a pesar de que a veces se consigue mucha publicidad (incluso el príncipe Enrique del Reino Unido estuvo visitando las instalaciones y jugando con los muchachos en 2015), las cosas no va más allá. “Los observadores raramente vienen. Perciben este barrio como muy peligroso. En su lugar prefieren ir a las academias de zonas más acomodadas. En realidad hay muy pocas salidas para los chicos de Khayelitsha”, lamenta Madondile.

Son pocos, muy pocos, los futbolistas que han llegado a la élite saliendo de aquí. Entre los escasos ejemplos que se pueden encontrar destaca Ayanda Patosi, centrocampista de banda izquierda convocado varias veces con la selección nacional, con experiencia en la liga belga y actualmente en las filas del Baniyas de Dubai. A sus 26 años, Patosi no reniega de sus orígenes, pese a que las ha vivido de todos los colores: se crió sin padre, que falleció durante su niñez, y sufrió varios asaltos y atracos en el barrio.

También son dignos de mención los hermanos Mayambela: el lateral izquierdo Mark, de 31 años, hoy en el Ajax de Ciudad del Cabo y con una breve experiencia en el fútbol europeo (concretamente en el Djurgårdens sueco) y su hermano pequeño Mihlali, centrocampista de 22 años que le acompaño a Escandinavia y ahora busca sitio en el Farense portugués.

“Crecer aquí es difícil. Este barrio es diferente a otros. Durante mi adolescencia los referentes locales eran traficantes de drogas y gángsters. Lo único que te hacía importante de cara a otras personas era llevar un cuchillo o una pistola”, cuenta Mark sobre sus orígenes.

En lo futbolístico, Khayelitsha es una cantidad enorme de talento que probablemente se esté desperdiciando. Pero el problema más grave es el social: las escasas oportunidades de futuro que se le está dando a toda una comunidad de jóvenes. El deporte, como tantas otras veces en tantos otros lugares, podría ser una forma de ayudar a que las cosas cambiaran.

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