El lado más salvaje de las bodas

Esta pareja de fotógrafos pone especial atención a los momentos más desenfrenados de la celebración del matrimonio / The Richters
Esta pareja de fotógrafos pone especial atención a los momentos más desenfrenados de la celebración del matrimonio / The Richters

El invitado, alcoholizado y animado por el reggaetón que suena en la fiesta de la boda, aprovecha su erección y que han circulado condones de colores para enfundarse el pene con uno de ellos. Otra invitada, al verle, le coge el miembro con una mano y bromea con acercarle la cara. La escena la inmortalizaban en una boda reciente la venezolana-chilena Mónica Muñoz y el español Pol Rodríguez, una pareja iberoamericana de artistas conocida como The Richters. Son un referente internacional en el mundo de los fotógrafos y videógrafos de bodas.

Viven en Berlín, una ciudad que, aunque esté muy lejos de ser la más tranquila de Europa, los mantiene temporalmente alejados de las grandes fiestas en que terminan los casamientos donde se requieren sus servicios. La primavera y el verano son, sin embargo, las épocas más propicias para las bodas. Mónica y Pol tienen entonces más trabajo, como ahora. Pero no lo llevan mal pese a que su labor consiste en buena medida en pegarse muchas fiestas con los novios y sus amigos cámara en mano.

“En nuestro contrato pone que somos un invitado más. Porque si uno quiere contar la boda y la fiesta desde dentro es necesario estar allí como uno más”, explica Pol. “Estos encuadres no salen si no estás formando parte de la fiesta”, abunda, señalando fotografías como la del hombre que se sacó el pene. “Si llegas a la boda y en plena fiesta te comportas como un alienígena, sin tomar nada, ni una sola copa, pareces un voyeur. Hay que compartir la fiesta”, comenta Mónica.

A sus clientes, quedar retratados alcoholizados junto a sus amigos no es que no les importe. Eso es precisamente lo que buscan / The Richters
A sus clientes, quedar retratados alcoholizados junto a sus amigos no es que no les importe. Eso es precisamente lo que buscan / The Richters

Ambos hablan al tiempo que muestran imágenes de fiestas en las que los invitados, incluidos novios y novias, están mucho más allá de haberse tomado una copa de más. Entre sus retratados, hay quienes terminan por el suelo y quienes enseñan las bragas, mientras que otros pierden la cuenta de cuánto han bebido y acaban vomitando en un rincón.

No lo mencionan, pero Pol y Mónica están aplicando la máxima del legendario fotógrafo húngaro Robert Capa, quien decía aquello de “si tus fotos no son tan buenas, es que no estás demasiado cerca”. Está por ver si hay alguien más en el mundo de las bodas que haya puesto en práctica estas palabras. De lo que no cabe duda es que The Richters son los ojos de la memoria de aquellos que la pierden el día de la boda por culpa del alcohol o los estupefacientes, que también los hay en las fiestas que cubren.

“A mí en una boda no hay nada que me vaya a sorprender a estas alturas”, dice Pol. Él lleva ya más de diez años retratando casamientos. “Ir a una boda y ver gente muy borracha o drogándose es algo que pasa casi siempre. Es muy normal. Hemos llegado a ver lo que se podrían llamar narcosalas en el recinto donde se hacía la fiesta de la boda, me refiero a espacios habilitados con espejos y diferentes drogas: ketamina, cocaína, pastillas, cannabis...,” cuenta este granadino. Mónica, con una carrera como fotógrafa de dos décadas a sus espaldas, recuerda especialmente aquella boda en Chile en la que, previa bendición de un cura, “en la fiesta casi toda la gente iba de éxtasis y, en fin, ya sabes cómo se pone la gente de cariñosa”.

Entre sus retratados, hay quienes terminan por el suelo, mientras que otros pierden la cuenta de cuánto han bebido y acaban vomitando en un rincón / The Richters
Entre sus retratados, hay quienes terminan por el suelo, mientras que otros pierden la cuenta de cuánto han bebido y acaban vomitando en un rincón / The Richters

The Richters nació hará cosa de un año en el pueblo de San Pedro de Atacama, en Chile. Rodríguez y Muñoz se habían conocido unos meses antes en México, durante una convención internacional de fotógrafos y videógrafos de bodas. Tenían el mismo enfoque a la hora de retratar a los novios y otras muchas cosas en común. A principios de 2017, Pol fue desde Berlín a Chile para visitar a Mónica. “Él vino a verme a Chile, donde vivía entonces. Fue una cita que duró un mes”, recuerda ella. De esa cita surgió una relación sentimental – ambos viven ahora juntos en la capital alemana – y un proyecto profesional alabado en su sector donde impera otra “filosofía”, dicen ellos.

“En una boda, lo normal o habitual es que llegue el fotógrafo o el videógrafo y trate de imponer a los novios unos cánones estéticos generalmente muy cursis o serios”, señala Pol. “Algunos fotografían a los novios como si estuvieran melancólicos. No entiendo por qué otros colegas de profesión buscan igualar a todo el mundo”, se rebela Mónica. “Yo no quiero dejar recuerdos para mis hijos sobre mi boda que sean así. Yo quiero que se vea que fue el mejor día de mi vida, que estaba muy feliz”, abunda ella.

Por eso probablemente ambos ponen especial atención a los momentos más desenfrenados de la celebración del matrimonio. “Nos importa todo. Ponemos la misma energía en todo, pero cuando llega la fiesta – después de la ceremonia y el banquete – el ambiente se te contagia. Ahí es cuando hay más colores, más luces. También es ahí cuando se producen las escenas más salvajes”, apunta Pol.

A sus clientes, quedar retratados alcoholizados junto a sus amigos no es que no les importe. Eso es precisamente lo que buscan. “Nosotros somos, dentro del sector, de los pocos que elegimos a los novios que retratamos”, dice Pol. “No por nada, es que queremos dejar los recuerdos para los clientes como si fueran para un amigo. Yo no quiero ir a una boda donde los novios no me caen bien y donde no voy a empatizar ni voy a querer dejar recuerdos para ellos. Yo quiero darlo todo”, aclara Mónica.

“Estos encuadres no salen si no estás formando parte de la fiesta”, dice Pol, uno de los fotógrafos de The Richters
“Estos encuadres no salen si no estás formando parte de la fiesta”, dice Pol, uno de los fotógrafos de The Richters

En su modus operandi se incluyen entrevistas con clientes para conocerse e intercambiar opiniones antes de cerrar la cobertura de la boda. Ya les ha pasado que algunos clientes hayan temido que su boda no sea todo lo salvaje que prometen sus coberturas. “Llega un momento en el que se forman opiniones sobre nosotros y los hay que se pueden asustar”, reconoce Pol. “Pero nosotros no hemos creado nada, nosotros sólo hemos documentado lo que pasa en las bodas”, añade Mónica.

The Richters cubren diez o doce bodas al año. Dicen que no hacen más porque se implican demasiado, tanto en la fiesta – ambos beben como un invitado más – como emocionalmente. “En la última boda en la que estuvimos yo saqué 11.000 fotos. Es mi forma de trabajar. Yo no quiero que le falte a los novios ni un recuerdo. Si faltara me sentiría mal”, dice Mónica. Pol comenta en este sentido: “Hacemos las bodas como si los novios fueran nuestros amigos. Cuando uno se involucra tanto, es difícil trabajar más. Esta es la única manera de hacer justicia a las parejas”.

Las limitaciones emocionales The Richters repercuten en los precios que pagar para hacerse con sus servicios. Sus honorarios son, de hecho, comparables a los que, en la competencia, prometen un seguimiento de la boda con drones y varios fotógrafos. “Nosotros no creemos ni en drones ni en menpower, sino en heartpower. Que haya mucha gente haciendo fotos no sirve para nada, se duplican planos y se genera mucha información innecesaria. Un plano sabiendo lo que haces es suficiente”, concluye Pol.

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