Diego Schwartzman y el final de una película, 2020, en la que se vistió de héroe

Sebastián Torok
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Diego Schwartzman destesta perder hasta jugando a las cartas con los integrantes de su equipo. Inconformista, el tenista suele hacer una radiografía de sus partidos ni bien termina la acción y, ni en caliente ni en frío, deja de exigirse. Competitivo, se perdona pocos errores y no le gustó nada despedirse de la Copa de Maestros, en Londres, habiendo perdido los tres desafíos de su grupo: contra Novak Djokovic, Alex Zverev y, el último, frente a Daniil Medvedev, por 6-3 y 6-3, en 1h13m. Hay que ser honestos: ese escenario ingrato estaba dentro de las posibilidades; el serbio, el alemán y el ruso son superiores al Peque y mucho más en condiciones bajo techo y sobre superficie dura.

Pero nada opaca una temporada histórica para Schwartzman, que lo colocó en un lugar de privilegio. Más de dos años después de llegar al Nº 11, un puesto del ranking ya de por sí destacado e insospechado para varios especialistas, continuó eludiendo la zona de confort. Como cuando en diciembre de 2016, tras finalizar 52º el año, invirtió y se perfeccionó, desde que quedó al borde del Top 10 fue por más y más. Y lo logró. Alcanzó un estatus especial dentro del tenis.

Los tenistas de elite suelen ser demandantes y, por lo general, se encierran en sus burbujas. Celosos, no muestran sus cartas. En un deporte bastante solitario, poseen una cuota de egoísmo y, cuando están en la cima, suelen mirar poco a los costados o hacia abajo. Pero Schwartzman entró en el radar de los mejores desde hace tiempo. Rafael Nadal y Roger Federer disfrutan de entrenarse con Diego en los torneos grandes y no precisamente por su simpatía o calidez; esas leyendas no están allí para hacer sociales. Lo eligen por el ritmo y el alto nivel que ostenta. De junior postergado de la camada 1992 a ser el octavo singlista argentino en el torneo de maestros de la ATP. De ser el menor de cuatro hermanos en una familia que se fundió durante la crisis económica de los noventas a convertirse en una figura muy atractiva para el mercado internacional. Con menos recursos tenísticos y físicos que Nalbandian, Del Potro, Gaudio y Coria, el jugador entrenado por Juan Ignacio Chela alcanzó registros que lo instalan en una posición preferencial dentro de la historia del tenis nacional.

La temporada de Schwartzman bien podría dividirse en dos porciones (bastante desiguales): desde enero hasta marzo y desde agosto hasta su último impacto en el ATP Finals. Arrancó el año siendo 14º. La ATP Cup, en Sydney, no lo mostró como habría deseado: el equipo nacional fue eliminado en los cuartos de final frente a Rusia y Diego anotó tres derrotas (vs. Hubert Hurkacz, Dominic Thiem y Medvedev) y una victoria (vs. Borna Coric). Luego, en los octavos de final de Australia, perdió ante Djokovic. De inmediato llegó la gira sudamericana sobre polvo de ladrillo, en la que el Peque se presentó como uno de los máximos favoritos: perdió la final de Córdoba contra el chileno Cristian Garín y, tras vencer al uruguayo Pablo Cuevas en los cuartos de final de Buenos Aires (tras casi cuatro horas y salvar cuatro match points) sufrió un desgarro en un aductor -el primero de su carrera- que lo dejó sin poder competir en Río, en Santiago y en la serie de Copa Davis con Colombia, en Bogotá (la Argentina perdió por 3-1).

El récord de partidos de Diego Schwartzman en la inusual temporada 2020 fue de 25 victorias y 15 derrotas.

Rehabilitado, Schwartzman tenía planificado reaparecer en marzo en Indian Wells, pero el circuito se canceló por el coronavirus. Llegaron la cuarentena, la incertidumbre, el entrenamiento casero y, en agosto, una vez autorizado a viajar, se instaló en Bahamas para prepararse para los torneos sobrevivientes de la gira sobre superficie dura en Estados Unidos: Cincinnati y el US Open, ambos en Nueva York. Pero lo que al principio era alta expectativa, pronto mutó en un mazazo anímico. La caída en la segunda ronda de Cincinnati (frente al estadounidense Reilly Opelka, 39º) y la despedida en el debut del Grand Slam neoyorquino (ante el británico Cameron Norrie, 76º) lo descolocaron, lo atormentaron. Al rato de perder en Flushing Meadows, las cámaras lo tomaron en una de las suites del Arthur Ashe que recibieron a los preclasificados (el Peque era el 9º), con el torso desnudo y una mano en la cabeza, con la mirada perdida, con las zapatillas arriba de la mesa en la que estaba apoyado, sin hablar.

Lúcido pese a la angustia, entendió que de ese golpe inesperado saldría únicamente modificando piezas. "Al día siguiente estuve muy golpeado, pero al otro ,me senté con Juan [Chela] y Marti [Orazi; su preparador físico], y corregimos todo lo que había que corregir, donde yo no me sentía cómodo. Era una situación nueva para todos, en una pandemia, con muchos meses sin jugar, y quizás en mi afán de prepararnos bien nos pasamos de rosca", relató, tiempo después. ¿Qué pasó a partir de allí? Un clic que lo elevó a lugares inéditos. En, probablemente, la mejor actuación de su carrera, obtuvo su primera victoria ante Nadal: en los cuartos de final de Roma, el 19 de septiembre, sobre polvo de ladrillo, lo que no es un dato menor, ya que el español es el mejor jugador de la historia en esa superficie. Se trató, además, del primer triunfo del Peque ante un integrante del Top 3. ¿Cómo siguió la historia? Menos de 24 horas después de derrumbar al Matador, consiguió otro impacto al batir al canadiense Denis Shapovalov, diamante de la nueva generación. Y se clasificó, por primera vez, para una final de Masters 1000 (caería por 7-5 y 6-3 contra Djokovic).

La historia no terminó en el Foro Itálico. En Roland Garros, superó los primeros cuatro partidos con jerarquía. Luego logró una de las victorias más resonantes de su vida. en los cuartos de final (vs. Thiem, por 6-2 en el quinto set, en 5h8m), que le permitió, además, ser el duodécimo argentino en entrar en el Top 10 desde que la clasificación del tour masculino comenzó a realizarse en forma oficial, en 1973. Clasificado, por primera vez, para las semifinales de un Grand Slam (perdió contra Nadal), se marchó del Bois de Boulogne con una sonrisa. "Durante un tiempo me preguntaban cuáles eran las diferencias que había por las cuales no llegaba al Top Ten, no lograba ganarles a los cinco primeros en cuartos de los Grand Slam, en las semifinales de los Masters 1000. En Roma y en París lo hice y por eso soy top ten. Era la diferencia que no había podido hacer. Tuve un plus. Ahora quiero seguir mejorando, mantenerme", analizó Schwartzman.

El lunes 12 de octubre, el ranking exhibió al Peque como Nº 8. Según la ATP, con 1,70m, Diego se encumbró como el jugador de menor altura en ser top 8 desde el Nº 7 de Harold Solomon (EE.UU.), en 1981. Una final en el ATP de Colonia 2 (caída ante Zverev) y los puntos de los cuartos de final de París-Bercy fueron suficientes para obtener el último gran objetivo: la clasificación para el ATP Finals. "Siendo realistas, Diego tiene la estatura que tiene, con lo cual necesita hacer prácticamente todo bien para tener opciones reales de estar donde está, y es lo que hace: tiene una grandísima lectura del juego, un dominio del tiempo y de la pelota que, diría, es prácticamente perfecto. Por eso está allí. Lo merece porque lleva muchos años trabajando. Al final, el tenis es justo: cada uno tiene su ranking y no engaña", ponderó Nadal, uno de los artistas principales de esa suerte de circo itinerante que es el circuito de tenis. Y se sabe: en la cima no se obsequian flores de este tipo por el simple hecho de ser caballero. Schwartzman, el actual número 9 del tour, se las ganó siendo protagonista de una película en la que se vistió de superhéroe.