Diego Latorre: "Hay un 20% de los entrenadores que saben, y los demás conocen"

Cristian Grosso
lanacion.com

Pudo jugar en Real Madrid. Hubiese sido compañero de Raúl, Michael Laudrup, Zamorano, Hierro, Redondo, Manolo Sanchís y Luis Enrique, por ejemplo. Lo había pedido Jorge Valdano para la temporada 1995/96 después de dos fantásticas estaciones de Diego Latorre en Tenerife, pero el fútbol siempre se reserva trampas inexplicables. Papeles, representantes, un llamado y el pase imposible. El recuerdo todavía vuelve en alguna pesadilla. "Una de las cosas que más me reprocho en mi carrera como futbolista es que tenía meses en los que era brillante y otros en los que me apagaba un poco. Nunca le encontré una explicación. En tres o cuatro partidos la descosía, y después tenía dos o tres que nada. Esto algún día lo hablé con un psicólogo: por ahí el éxito es tan abrumador que uno mismo busca defensas para no llegar a ese lugar que tanto vértigo produce. Cuando me iban muy bien las cosas, había un comportamiento algo autodestructivo. Esa sensación de bienestar total me llegaba a incomodar porque le tenía miedo a la caída", cuenta desprovisto de vanidad. Con el aplomo de un trapecista. El analista severo, crítico de sí mismo.

Latorre sigue en la cancha y encuentra complicidades con el tiempo para diseccionar el juego. "El fútbol no era tan sofisticado como ahora. A mí las indicaciones que me daban los entrenadores eran casi una risa. Eran cosas que la sabía cualquiera, o que se basaban casi exclusivamente en la motivación. Ahí estaba el secreto, el gran motivador era el tipo que se mantenía. Hoy el fútbol castiga a los perezosos porque lentamente nos fuimos alejando de ese fútbol de barrio o de café. Con cositas de potrero ya no alcanza. Hoy, que todo se mide y se calcula, cada jugador tiene que tener verdaderamente una productividad. La sociedad es mucho más compleja, entonces a esos entrenadores que no entienden el cambio o a esos jugadores que creen que les alcanza con poco, el fútbol se los devora. Ahora, a ese central que antes no podía dar un pase también se lo devora porque el juego ahora depende de todos. Eso es lo que más ha cambiado: la relación que hay entre todas las partes con el juego".

Cuando se le detalla que la posesión del City de Guardiola enamora pero los títulos grandes se los llevaron las transiciones rápidas de Klopp con Liverpool y la Francia de Deschamps... estalla apasionado. "En competiciones cortas..., en competiciones cortas -aclara-. Donde siempre es mucho más sencillo trazar un plan de juego un poco más básico. Si no tenés mucho tiempo de ensayo, vos tenés que recurrir a lo más simple posible. Entonces, esas no son fórmulas que funcionen a largo plazo. Es la tenencia de la pelota la que te compromete o salva a los equipos. Más allá de los estilos, que los hay, lo que distingue es la calidad en el juego, lo que ayuda a jugar mejor. Es imprescindible que el futbolista crezca, y ahí es donde se ve la calidad del entrenador. Porque atención, cuando el entrenador limita al jugador, ese jugador no crece. Y eso sucede con entrenadores que le ponen muchas obligaciones al jugador, o le dicen que debe jugar de acuerdo con sus limitaciones. Ese jugador no crece y ese equipo se estanca. Y ese mensaje se instaló en el fútbol argentino, no sé si por pereza o por incapacidad, pero alentado también muchas veces por los medios. Al jugador siempre hay que animarlo a dar un pase más".

-¿Y cómo se juega en la Argentina?

-Con tantos miedos se pierde soltura, y el fútbol necesita una cuota de riesgo. ¿Y el riesgo en qué se basa? En saber que me puedo equivocar. Si el técnico, los hinchas o los medios me llenan de miedos, es probable que necesite tomar cuatro decisiones conservadoras para solo después tomar un riesgo. Entonces todo es muy formal, y lo más sencillo es tirar la pelota 70 metros para adelante y ya.

-¿Qué equipos te han gustado?

-... Algún Boca de Guillermo, el de Pablo Pérez, Tevez y Gago, que tenía un circuito en el medio. Para mí, la mitad es clave, ahí es donde hay que explorar. El River de 2014 me gustó mucho, igual de voraz que éste, pero con otros jugadores, un gran Pisculichi y las ideas frescas de un entrenador que después se fue reciclando. Quizás el River del medio no me gustó tanto. Para los exfutbolistas, la unidad de medida es '¿me gustaría jugar en ese equipo o no?' Y a mí me gustaría jugar en el River de Nacho Fernández, que se asocia, tocan paredes por dentro, tocan con dinámica..., y sí, sí, como delantero me entusiasmo. Me ha gustado Defensa y Justicia, el Racing de Coudet, el Lanús de Almirón... Me gusta este Vélez de Heinze, pero también tengo una controversia con algunos entrenadores...

-¿Cuál?

-Es cierto que hoy, después de aquel Barcelona, hay un fútbol mucho más posicional, de combinaciones y demás. Pero también siento que hay un fútbol medio programado y la intuición necesita libertad. Ciertas cosas no se pueden programar. Entonces, yo estoy a mitad de camino entre ese fútbol mecanizado, automatizado, y un fútbol más libre, donde uno encuentre las sociedades. Por eso primero al fútbol hay que conceptualizarlo, y solo después programarlo. 'Vos tenés 18 estilo de paredes', dijo alguna vez Bielsa. Y no, no, pará, déjame que me surja a mí espontáneamente. Pero también acepto que esas 18 son las que a veces permiten que brote la 19. Tendría que haber sido dirigido por algunos de estos tipos y ahí ver...

-¿Y por quién te hubiese gustado ser dirigido?

-Yo tenía un defecto muy común para aquella época: esperaba la inspiración, yo estaba seguro que me iba a inspirar, que iba a tener cuatro o cinco jugadas que iban a ser para mí, pero mientras tanto me desentendía de ciertos deberes colectivos. No digo que era uno menos, pero me costaba. El talentoso, jugaba. Si yo hubiese tenido un entrenador que estimule eso en mí, si yo me hubiese exigido un poquito más en los entrenamientos y en los partidos, hubiese jugado mejor.

-¿Cómo te hubieses llevado con Bielsa?

-Tengo ese interrogante... No sé si hubiese claudicado antes de llegar a crecer. Probablemente no, porque yo era muy ambicioso. Para mí, la figura del DT era clave, ¿qué me provocaba? Si sabía de verdad o no sabía. Creo que hay un 20% que saben y los demás conocen. Son un poquito más pícaros, encuentran algo en la palabra que los sostiene, pero que sepan realmente, serán un 20 o un 30%. Y tenés que tener la suerte de encontrarte con esos. Y Bielsa, que era un poco esquemático en sus ideas, y ahí ya hubiésemos tenido una desavenencia, creo que me hubiera enriquecido porque todos los jugadores que pasaron por él hablan maravillas. Y ante eso, me saco el sombrero.

-¿Te hubiese costado jugar en el fútbol actual?

-No, nooo, no. Si la gambeta es un artículo que escasea, que está en desuso total. También, porque como el fútbol de hoy se juega más en base a combinaciones y pases, esto tal vez inhibe un poco ese don que muchos chicos traen.

-Jugaste con Maradona en el cierre de su carrera. ¿Aún era fabuloso?

-Me ha tocado jugar con grandes futbolistas, como Redondo, Caniggia, Riquelme, Batistuta... a los dos minutos ese jugador ya es un compañero más. Aunque veniese de allá arriba. Pero con Diego pasaba algo especial: sentías que estabas al lado de un mito. Irradiaba algo único. En el caso mío, como una sobreprotección futbolística. Yo no estaba acostumbrado a que otro acaparara las miradas en mi equipo, eran todas para mí. Pero al lado de este jugador en particular, Diego, había como una liberación y el ojo crítico dejaba de estar encima mío. Obviamente, no era el Maradona del 86, era el Maradona del 97, y esos 11 años habían pasado. Pero tirabas una pared con él y ponía el pie de una manera que decís 'este tipo no puede ser, no puede ser...' Ese tipo que se estaba extinguiendo, todavía era mágico. Tenía una repentización y una exactitud..., ufff, la puta madre. Lo que habrá sido jugar con él cuando podía correr 50 metros y sacarse cuatro tipos.

-¿Y qué DT es Maradona?

-Qué difícil eso... Seguramente, él, examinándote, algo te debe generar... El tema es si termina ahí... No se puede jugar al fútbol si no jugás por algo. Vos jugás por tu gente, por el entrenador, por tus compañeros, por rebeldía, y yo creo que acá, el futbolista también juega por Maradona. Ahora, si eso no lo sostenés con algo más, se agota..., pero no lo sé. No lo he charlado con Diego. No sé cómo es en profundidad, cuáles son sus secretos, no sé cómo sus conceptos pueden ayudar a un equipo.

-¿Cuál es el principal mérito de Gallardo en River?

-Mantener la relación jugador-técnico durante tanto tiempo es muy valioso. Él advirtió cuál es el mayor logro que puede alcanzar un entrenador: entender la psicología del jugador. Qué cosas le sirven, qué cosas lo estimulan. Ahí se ve la gestión/rendimiento del jugador y la influencia que ejerce su entrenador. Llegar a conocer profundamente la psiquis del jugador. Y después, el liderazgo: al jugador le gusta ver a un entrenador con personalidad, con autoridad, avalado por los éxitos... Cuando el jugador lo percibe débil al entrenador, no digo que le suelta la mano porque yo no creo en los complots, pero es en esa desconexión, en esa apatía, en esa desorientación, que baja el rendimiento.

-¿Respaldás la teoría de que los más sano del fútbol son los jugadores?

-Uno su cabeza también la va prostituyendo..., todos no pueden mantenerse sanos, puros e inflexibles. Pero creo que el origen de las malformaciones que hay en el fútbol no las provoca el jugador.

-¿El único lugar para sublevarse del DT es la práctica?

-Sí, ese es el lugar, en los medios no, nunca. Ahora, el entrenador debe, debe siempre, darle lugar al jugador para que exprese su disconformidad. Y cualquiera puede hacerlo, no hay rangos ni jerarquías. El motor del amor propio es cuestionar, no se puede jugar al fútbol sin preguntarte cosas. No se puede jugar siendo un empleado o simplemente cumpliendo órdenes. Porque el fútbol es una actividad que te obliga a pensar constantemente.

-Vuelvo a River. ¿Qué final te imaginás contra Flamengo?

-La expectativa es fabulosa. Flamengo solo gano la Libertadores hace tiempo, en 1981, y el Brasileirao no lo gana hace una década, y sin embargo, pese a ese contexto de urgencias, está jugando con frescura, dinámica y talento. Eso habla de un DT que ha descomprimido todo eso. La final me genera curiosidad; a veces dos grandes equipos se neutralizan y le quitan brillo a la final. Pero River se va a encontrar con un gran rival, al que va a tener que saber defenderlo y atacarlo. Jorge Jesus ya le imprimió su sello, Flamengo achica muy bien los espacios, parece su Benfica y el trabajo que hacía con Luisão. Flamengo es un equipo bravísimo, muy bueno. Pero River tiene una gran ventaja: ya ha pasado por estas instancias, el escenario no es desconocido.

-¿Y qué es Boca en tu vida? Hiciste más de 70 goles y también te tapaste la nariz frente a su hinchada...

-Es el club en el que pude jugar y desarrollarme. Pero yo también le di, le di mis mejores años. Creo que hay una relación bilateral. El mundo Boca es desgastante, sobre todo cuando vas creciendo y quemando etapas. Había que estar en ese momento, había un clima hostil alrededor mío, y creo que hubo una fuerte campaña de prensa también para genera eso, pero acepto el error. Siempre pedí disculpas porque los recuerdos no se borran. A través del tiempo pude entender más al otro; en ese momento no entendía al otro, solo me entendía yo.

-Te fuiste cuando llegó Bianchi y empezó la era dorada.

-Sí. Me hubiese gustado ser dirigido por Bianchi; calculo que le hubiese discutido el puesto a Guillermo para ver quién hacia sociedad con Palermo. Yo no era mediocampista, y a mí me hubiese gustado jugar con Román de enganche y yo de punta. Yo estaba tapando a Román, pero yo no era Román. Él tenía otro sentido del juego. Yo jugaba entre el punta y el enlace, yo no era enganche. Algunos entrenadores me veían ciertas condiciones de organizador, porque descendía, eso me pasó con Basile en la Copa América de 1991, pero yo no era organizador, yo no maneja la estrategia del equipo. Yo era un jugador de chispazos, de jugadas.

-Cuando a cierta edad ya regresan de Europa Maxi Rodriguez, Verón, Licha López o Pinola y Enzo Pérez y acá se destacan, ¿nos recuerdan la gran desventaja con la élite?

-Su regreso, y sus rendimientos, sirven para hacernos recordar que el fútbol argentino está sobrevalorado por nosotros. Acá se menciona como una virtud la intensidad, y generalmente es choque, es fricción, es no saber leer la jugada... Acá Verón y Riquelme jugaron casi caminado, y todavía hoy algunos jugadores lo hacen... Queremos hablar de la competitividad del fútbol argentino para darnos importancia, para jactarnos..., somos así. Nos emociona darnos importancia. Y se sobrevaloran cualidades que son defectos. El fútbol argentino no es un lugar plácido, no es un lugar agradable. Entonces, y más allá de un lazo afectivo, cuando vuelven de Europa es cuando ya están gastados, cuando no hay metas, cuando los expulsa el fútbol europeo..., pero que nadie me engrupa y me diga que es grato estar acá.

-Sos crítico de la selección en tus artículos en LA NACION. Señalás que el equipo nunca abandona un estado de construcción.

-Estos tiempos modernos, fugaces, no pueden esconder el valor de la construcción de un equipo. Y esto de agarrar atajos para querer ganar tiempo son costuras que se notan. La búsqueda que parece definitiva hoy, dos partidos después deja de estar consolidada. En la Argentina se le hizo mucho daño a la selección con los cambios permanentes y la periferia de esas decisiones. Con entrenadores que llegaron como Scaloni, sin tener una prueba. Esa manera argentina de conseguir las cosas no va a adelantar los procesos, en todo caso emparchará un poco mejor o sobrevivirá uno o dos partidos más. Y después, la otra salida tan nuestra, la de creer en un salvador, en este caso Messi, que sin estructura desde el juego va a poder remendar todo. Fueron muchos años de indiferencia, castigo y errores alrededor de la selección, mientras los demás evolucionaron.

-¿Te sorprendió el Messi rebelde de la Copa América?

-La conducta en una cancha refleja lo que se está viviendo por dentro. En la madurez de una persona hay altibajos, y tal vez en este momento Messi fue más rebelde porque sintió que esta vez tenía que asumir definitivamente un liderazgo..., no lo sé. Messi me genera admiración porque, aunque es muy fácil ligar su idioma silencioso con un tipo que no tiene personalidad, es al revés: es muy difícil llegar a ser Messi sin amor propio. Nadie es 12 años el mejor del mundo porque sí, nadie tuvo tanta constancia ahí arriba. Lo admiro y punto.

-Y en este contexto de selección, ¿no te extraña que la figura de Menotti esté tan ausente?

-Creo que tiene ciertas potestades, pero todavía a niveles más subterráneos. No sé hasta dónde abarcan sus funciones, ni cuán limitado está. Sí la intención fue entregarle las llaves, creo que lo hicieron tarde. Tal vez era 15 o 20 años antes, pero siempre estuvo todo muy manoseado, con muchas internas.

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