Lo primero que hay que hacer en EEUU, gane quien gane

Julio Túpac Cabello
·6  min de lectura

Desmontar el discurso del odio en EEUU es indispensable, pero no será suficiente

Si Estados Unidos sale del marasmo en el que se ha metido, será uno más de los fulgurantes y afortunados pasos de su historia nacional. La polarización, el populismo, las tensiones colectivas y las divisiones extremas entre nacionales como las que se han vivido aquí no han llevado en el planeta sino a los peores desenlaces: genocidios en los totalitarismos, guerras infernales en los supremacismos, destrucción cultural y económica en los militarismos. Y otras mezclas entre causas y resultados, que incluyen ideología, anarquía, hambre, violencia y muerte. De Alemania a Venezuela, de la Unión Soviética a Chile, de Ruanda a Cuba. No importa la cultura ni el tiempo histórico, ni las aparentes causas: cuando un país se zanja, se fragmenta, cuando se desconocen unos y otros, los resultados son catastróficos.

US President Donald Trump speaks during a campaign rally at The Villages Polo Club in The Villages, Florida on October 23, 2020. (Photo by MANDEL NGAN / AFP) (Photo by MANDEL NGAN/AFP via Getty Images)
Pensar que decenas de millones de estadounidenses siguen a Trump porque se le parecen es una simpleza que sólo devolverá al país adonde está, con un gobierno distinto. Hay un sentir en una parte del estadounidense que necesita un escape, que no se ve pintado en la idea de país que su contraparte le ofrece. (Photo by MANDEL NGAN / AFP) (Photo by MANDEL NGAN/AFP via Getty Images)

Salir de este inicio de polarización funesto en el que Estados Unidos ha incursionado es primordial, prela, es 'antes que'. Cualquier idea de recuperación económica, internacional, comercial o ecológica pasa por ahí. Todo requiere de desmontar la polarización. Y eso empieza por casa, básicamente, o sea, desde el poder. Quien esté en el poder tiene que empezar por claudicar de todo discurso polarizado, para poder hacer sentir a sus contrarios que son ciudadanos iguales. Solo entonces el país recobrará la posibilidad de unidad nacional que le es requisito para cualquier otro objetivo.

Pero, ojo, no contribuir más a la polarización es indispensable, no suficiente. Si lo que se vive acá no quiere repetirse o profundizarse es fundamental acercarse a la otra mitad y escuchar por qué se sienten tan poco representados.

¿Qué hizo que vieran en un hombre iracundo, racista, mentiroso, de dudosos manejos financieros y tan poco empático con el prójimo, la posibilidad de sentirse interpretados?

Pensar que decenas de millones de estadounidenses siguen a Trump porque se le parecen es una simpleza que sólo devolverá al país adonde está, con un gobierno distinto. Hay un sentir en una parte del estadounidense que necesita un escape, que no se ve pintado en la idea de país que su contraparte le ofrece.

Este país no es el que se imaginan solo una parte de ellos. Hace décadas que no es ya aquel país de blancos tradicionales, protestantes, económicamente liberales y con un alto concepto de sí mismos respecto al rol de su nacionalidad en relación al orbe todo, las libertades, las ciencias y la economía incluídas.

Ese país que Trump quiso retratar es fallido simplemente porque es una idea obsoleta ya. Pero es ahí donde reside la trampa. Que esa idea no pueda ser convertida en un absoluto, no quiere decir que no exista.

La era del desorden

De hecho, es un fenómeno que parece recorrer muchas esferas. En Inglaterra, una nación signada desde hace siglos por la vanguardia, dar un paso atrás, salir de la Unión Europea y volver a ser la isla que siempre fueron, ha devuelto a la sociedad una estabilidad que hace algunos años no se sentía.

Los populismos de otras geografías son también una expresión parecida. Rusia, Turquía, Bieolrusia, por mencionar algunos distintos entre sí, por razones distintas, buscan más asociaciones estratégicas que una apertura amplia y dispuesta a seguir fundiendo sus culturas y capitales con los del resto del orbe.

Y aunque la globalización es un hecho desde hace mucho, y de seguro sus dinámicas son irreversibles, lo que sí parece palpable es que sufre una desaceleración.

Los científicos sociales alemanes han empezado a hablar de la "era del desorden", un tiempo que comienza ahora y que está signado por las deudas y los créditos, los populismos, la masificación de la tecnología y la brecha en su uso, y un regreso a ciertos paradigmas nacionalistas que pondrían la globalización a un volúmen más bajo.

La América olvidada

Aquí hay toda una nación, blanca y rural, conservadora y tradicionalista, religiosa y derechista, que se siente dejada atrás, apartada, despreciada por el paso del tiempo. A diferencia de lo que ha ocurrido siempre, esta vez el tiempo del conocimiento, la pluralidad y los derechos universales, la tecnología y la diversidad de género, han dejado a todo un grupo de hombres que se ven a sí mismos como herederos de Los fundadores (sea cierto o no) como un trasto en la basura, en la banca, al margen.

Y eso ha generado un malestar patente. Tanto que han llegado torpemente al poder y se han mantenido en él cuatro caóticos años.

Pero apartarlos será un error ya cometido antes. Esta vez, eso sí, imperdonable, si se repite. Pues las consecuencias se han asomado y de seguro serán peores si no se corrige.

Si éste o un nuevo gobierno (el de Donald Trump ha demostrado no tener la más mínima intención de enmienda) no hace exactamente lo que dicen sus preceptos, que es atender a quienes ven el mundo distinto, la amenaza seguirá latente.

Si el odio sigue siendo combustible, y se ataca con el apoyo del poder todo ese costado tradicionalista, dejado atrás por el tiempo que tuvo quizás su último estertor en la expresión de Donald Trump, este país se fragmentará aún más de lo que ya está.

Así que, como una voltereta paradójica de la historia, tocará a los liberales, de llegar al poder (lo que a estas alturas parece casi inevtiable) hacer lo que siempre han pedido: escuchar e incluir a quienes tienen en frente, en la acera contraria, con ideas opuestas, no como un saludo a la bandera, no de la boca para afuera.

Si un nuevo periodo de mando no es sino una finta, y la división persiste, los escenarios son catastróficos. Es menester que los liberales se pregunten si no hay una reacción natural y de resistencia a una globalización que de pronto ha cambiado sin tiempo de adaptación los perfiles de identidad cultural más atávicos de la sociedad. Asimismo, si los conservadores no dejan de demonizar al mundo liberal, percibiendo mensajes comunistas y de conspiraciones paranoides por doquier, será imposible crear un puente para que éste país encuentre unidad nacional otra vez. Dejar la polarización a un lado es clave, pero apenas un requisito. El siguiente paso, acercarse, sin pruritos ni prejuicios, y hacerlo con éxito, es el verdadero desafío.

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