Que David Wood quiera tomar el Capitolio no es culpa tuya, tranquilo

Guillermo Ortiz
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4 Jan 1994:  Forward David Wood of the Detroit Pistons plays defense during a game against the Chicago Bulls at The Palace in Auburn Hills, Michigan.  The Bulls won the game, 97-91. Mandatory Credit: Jonathan Daniel  /Allsport Mandatory Credit: Jonathan D
Jonathan Daniel /Allsport Mandatory

Puede que no se acuerden de David Wood. Era un pívot blanco, no excesivamente alto pero muy duro, muy rocoso, muy desquiciante. Uno de esos jugadores a los que adorabas cuando lo fichaba tu equipo y a los que odiabas a muerte cuando te tocaba enfrentarte a él. Un luchador con todas las letras, de los que no andaba regateando esfuerzos porque era consciente de sus carencias técnicas. Con un aceptable tiro exterior, una disciplina férrea y una capacidad defensiva a prueba de estrellas rivales, David Wood se ganó un lugar en el corazón de los aficionados del Barcelona, el Baskonia, el Fuenlabrada, el Canarias, el Murcia o el Unicaja. Todos festejaron su entrega. Todos los aficionados al baloncesto nos vimos obligados a reconocer su enorme mérito. Ojalá cinco David Woods por equipo, murmuramos en más de una ocasión.

Y, sin embargo, hoy toca odiarlo. Al parecer, Wood, olvidado durante dos décadas pues su reinado fue eminentemente noventero, estuvo ayer en el mitin de Donald Trump en Washington y aprovechó para acercarse por el Capitolio, a ver si nevaba. No solo eso sino que, en medio de la euforia y de la adrenalina de la turba, se dedicó a subir fotos a su Facebook, contando minuto a minuto lo que estaba pasando allí, visiblemente emocionado. Como muchísimos ex jugadores ACB que han vuelto a Estados Unidos, Wood tiene multitud de “amigos” en la red social que viven aquí -yo mismo soy amigo de David Russell, gracias, señor Zuckerberg- y en seguida la noticia ha inundado redes y periódicos: David Wood se ha vuelto loco, David Wood tomó el Capitolio; David Wood, con lo que yo te quise...

Algo han debido decirle al propio Wood porque ha borrado las fotos y los vídeos y ha colgado un comunicado pidiendo perdón. O algo parecido. Al parecer, no se enteró muy bien de qué iba la cosa y vio a unos patriotas que tal y se vino arriba. Puede que ese arrepentimiento sea sincero y puede que no. Puede que David Wood siga pensando que la furia no ha de conocer límites o puede que piense que una cosa es cabrearte como un mono porque tu líder ha perdido unas elecciones y otra cosa es hacerte fotos en el despacho de Nancy Pelosi vestido de despedida de soltero. Que David Wood sea votante de Trump y tenga una fe irredenta en él como la tenía en el rebote ofensivo no le convierte en un sedicioso criminal.

Incluso poniéndonos en lo peor, que David Wood -o el ídolo de su infancia/adolescencia que se les venga a la cabeza, incluyendo a John Pinone- hubiera entrado al grito de “U-S-A” en la sede de la soberanía nacional dispuesto a arrancar placas y llevarse algún podio a casa de recuerdo, ¿por qué tendríamos que sentirnos nosotros culpables de haberle jaleado sobre la cancha hace 25 años? Si ya es complicada de por sí la relación con un artista y su obra, por poner un ejemplo, con un deportista, el debate me parece absurdo. Cualquiera que haya visto la NBA y se la haya tomado mínimamente en serio, ha disfrutado como un enano con algún tipo que probablemente haya hecho cosas horribles en la vida y desde luego no las ha subido a Facebook.

Pedirles a nuestros ídolos deportivos que sean referentes de comportamiento mientras están en activo ya es mucho pedir, como para pedir encima que lo sean el resto de sus vidas. Yo, que era de los pocos que cuando salía al patio a jugar no quería ser Michael Jordan ni Rickie Winslow ni Epi sino que soñaba con ser David Wood, poner bloqueos, asfixiar al contrario, luchar como un salvaje bajo el aro y forzar faltas en ataque una tras otra (y esto con once años), no veo necesidad ninguna de pedir perdón por ello. Ni por Wood ni por ninguno de los chiflados a los que he idolatrado durante décadas, en el deporte y en otros campos de la vida, solo por tener un talento extraordinario en algo que para mí era importante.

La aceptación del pasado es, en el fondo, la aceptación de uno mismo. David Wood nos sirve aquí como ejemplo, aunque ya digo que su “pecado” es más bien venial. No hablo de blanquear conductas sino de blanquear recuerdos. De impresentables están los palmareses hechos. Vivimos en una sociedad de consumo constante de emociones y es importante que sepamos gestionarlas y no pasemos de la euforia a la frustración y de la frustración a la euforia. Nuestros ídolos, sí, son de barro, pero nosotros no tenemos por qué serlo. En algún momento, a alguien se le erizó la piel viendo a Oscar Pistorius competir en la élite pese a no tener piernas y en algún momento Pistorius se convirtió en un repugnante criminal que acabó con la vida de su pareja. Ambos momentos hay que juzgarlos independientemente. Pocas cosas más absurdas que defender a la persona por lo bien que nos cae el personaje. Pocas cosas más innecesarias que olvidar lo que el personaje supuso para nosotros solo porque la persona nos parezca un idiota. Así, David Wood. O no, eso depende de cada uno.

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