El Dakar de los caballos: cómo es el endurance, que tiene sus cultores (y sus clones) en la Argentina

Olivia Díaz Ugalde
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"¿Qué estoy haciendo? ¿Quién me mandó a hacer esto? Pobre caballo, pobre yo acá arriba durante tantas horas". Son algunos de los pensamientos que llegan a cruzarse por las mentes de los jinetes luego de tantos kilómetros. En medio del campo, tras horas de competencia, la pareja avanza en soledad y, entre tantos cuestionamientos, surge la fuerza de la conexión entre ambos para completar su aventura. Esa unión es lo que los llevó hasta ahí y hace que la odisea valga la pena.

Las carreras hípicas de endurance son viajes estratégicos, pacientes y cargados de adrenalina. Requieren conexión de las partes, manejo de los tiempos y salud. Son recorridos de decenas de kilómetros, divididos en etapas, que demandan entrenamientos, horas de cabalgata y concentración, con un foco bien establecido, mente atenta y alerta encendida. No son sólo 80, 100, 120 o 160 kilómetros; son kilómetros tediosos, dificultosos, que exigen al extremo y exponen las aptitudes de uno y otro. Que exigen entendimiento del terreno, un plan y evitar tropiezos.

La disciplina consiste en competencias de entre 80 y 160 kilómetros en etapas, con estrictos controles de salud, que suele completar menos de 50% del total de competidores; el caso de Cruzado, un ejemplar excepcional que fue replicado por seis en un laboratorio

El jinete y el caballo forman un binomio sobre la base de entrenamientos y mucho tiempo juntos. El aprendizaje abarca entre dos y tres años, y ambos terminan conociendo sus límites y considerándose mutuamente. "Los caballos aprenden a cuidarse, y hacen que uno los respete. Si a un caballo se lo exige más allá del límite quizás gane una carrera, pero después es muy difícil recuperarlo y seguramente no volverá a ser el mismo", cuenta Beatriz Muriel, amazona argentina.

El endurance es una disciplina que localmente se desarrolla bajo la fiscalización de la Federación Ecuestre Argentina, y entre países, bajo la supervisión de la Federación Ecuestre Internacional. Cada una maneja sus calendarios de las pruebas de las diferentes distancias; la de 160 kilómetros es únicamente para binomios de élite y consta de cinco etapas. En cada parada existen controles veterinarios que verifican el estado de salud del caballo para aprobar su continuidad en la carrera. La demanda física es tal que usualmente menos de 50% de los participantes llega a terminar la competencia.

Se trata de una especialidad similar al rally-raid (tipo Dakar), a la competencia iron man de triatlón. Porque conlleva una estrategia marcada, una exigencia altísima en un recorrido que dura como mínimo 12 horas. La deshidratación es el mayor rival. Por eso se requiere un caballo fuerte, resistente. Si bien se puede participar cualquier raza equina, los ejemplares son solamente árabes y anglo-árabes. A pesar de ser un tanto nerviosos, son ideales porque tienen una resistencia admirable a las temperaturas extremas y a los largos recorridos.

"El agua es la nafta. Si el animal se deshidrata, lo agarra un cólico y lo hace quedarse afuera. Por eso es importante conocer al caballo, tener horas de entrenamiento. La clave es tener estudiado al caballo, sus tiempos de recuperación, sus cambios de aire, para saber cuándo conviene exigir y cuándo moderar sus estímulos. Es muy fina la línea de exigencia para ganar o quedar afuera", apunta Matías Peres Copello, jinete que participó en el Mundial Eslovaquia 2016.

El Endurance y su sueño mundialista

El endurance es un deporte amateur, en el que lo que más se valora es cruzar la línea de meta. En Europa y en los países árabes es donde mayor exposición tiene, y los jinetes españoles y los emiratíes son los líderes. "Para el que compite, llegar es la cucarda. La gran mayoría busca eso. Es la pasión por terminar la carrera, no por buscar un tiempo, un resultado", explica Claudio Peres Moore, ex jinete y dueño del caballo más ganador en el nivel nacional, Cruzado. "Se trata de un binomio. Yo sabía cuándo Cruzado estaba triste, cuándo no, cuándo tenía hambre, cuándo estaba aburrido... Uno tiene otra comunicación. Eso es lo lindo de esta disciplina", comenta.

Un caballo está listo para competir una vez cumplidos los seis años. Ése es el momento de maduración y cuando mejor el animal se adapta a las circunstancias. Un entrenamiento varía entre caminatas, trotes y galopes, y siempre se pretende sumar kilómetros a buen ritmo. Son sesiones de cuatro horas que gradualmente van aumentando los estímulos. Además, conllevan un registro minucioso de las pulsaciones y los niveles de estrés, recuperación e hidratación para estudiar la respuesta del ejemplar.

En la Argentina hay buenos jinetes que compiten tanto localmente (principalmente, en la provincia de Buenos Aires) como en el exterior. Lo hacen por pasión, sin rédito monetario, disfrutando la exigencia. La selección nacional más nutrida actuó en el Mundial Eslovaquia 2016, con cinco binomios integrados por Peres Copello, Muriel, Rafael Salaberren Dupont, Josefina Chas y Sofía Vargas. El octavo puesto de Peres Copello (hijo de Peres Moore) y Cruzado fue histórico para el endurance argentino, cuyo equipo finalizó sexto.

"El premio fue muy grande para el corazón. Se dio todo en el Mundial, porque también se necesita una cuota de suerte. Desde el sorprendente cambio de clima (sorpresivamente, el calor agobiante de Europa disminuyó notablemente) hasta la respuesta del caballo tanto al viaje en avión como a los diez días de aclimatación, a todo. Le cambiamos las herraduras minutos antes de la competencia, y hasta eso funcionó. Comenzaron 136 binomios de 45 países y una mitad logró terminar el recorrido. Cruzado es especial, es como los jugadores distintos", relata Peres Copello, hoy de 28 años, y octavo hace cuatro entre tantos buenos jinetes del mundo.

¿Cómo se logra la sinergia entre jinete y equino? Con dedicación, respeto y paciencia. "Cada caballo es distinto y con cada uno se da una comunicación única que va formándose con el correr de los kilómetros. El caballo de endurance de alta competencia es un profesional, sabe cuándo debe correr, aprovecha los descansos al máximo y toma agua siempre que puede. Exige cuidarlo, pero después da todo en la pista. Cada detalle suma para que completar con éxito la distancia", afirma Muriel. Y su colega Peres Moore detalla su método de preparación: "Al caballo hay que ir llevándolo y preparándolo. Nosotros apuntábamos a competir en dos carreras por año. Me entrenaba dos meses, corría y descansaba tres meses. Volvía a entrenarme y competía. Los entrenamientos son de 40 kilómetros por día, y a medida que iba creciendo, iba aprendiendo. Una semana de caminatas, otra con variaciones de 20 kilómetros de trote, y después, estímulos con galopes. De todas maneras, el mejor entrenamiento siempre es la carrera anterior".

Cruzado y... clonado

La clonación llegó hace varios años a algunos deportes ecuestres. Mientras en el turf esa técnica de reproducción está vedada, el polo argentino lleva tiempo de aprovechamiento (sus primeras experiencias tuvieron lugar en 2010). El endurance nacional ya está siguiendo ese camino. En agosto último nacieron seis clones de una sola muestra de Cruzado. Habrá que esperar para ver el desarrollo de esos potrillos, pero los Peres ya esperan replicar con ellos los logros alcanzados por el original.

"Llegamos a un acuerdo con el laboratorio Cayron, que me aseguró un clon. Pero al momento de sacar la muestra, de una logró seis. Es la fuerza de las células de Cruzado, como la que tuvo con la recuperación de su lesión", relata Peres Moore, orgulloso de su caballo. Y señala qué piensa hacer con tantas réplicas: "Los clones son un proyecto para la familia. Tengo tres nietos y ahora tengo seis Cruzado, así que veremos. La idea es que un binomio de Cruzado logre correr en un mundial. No es un proyecto económico sino un objetivo deportivo. Es un desafío muy lindo que va a llevar esfuerzo y tiempo".

¿En qué consistió esa lesión? "Cruzado llegó con cuatro años, empecé a correr con él en 2009 y en su primera aparición ganó el campeonato nacional de 80 kilómetros. En junio de 2010 junio corrió en Cazón y ganó, pero éramos inexpertos y se rompió las cuerdas [tendones de las extremidades], y estuvo parado un año y medio. El caballo es tan extraordinario que se curó solo, únicamente con descanso. En 2012 volvió a la competencia con Matías [su hijo] como jinete, hasta que se retiró en 2018", recapitula su dueño.

Anglo-árabe, Cruzado es un caballo diferente, insisten. Grandote, pesado. De gran poder para sobreponerse a lesiones y a cambios de escenarios. Como en aquel Mundial de Eslovaquia, inolvidable para los Peres y para el endurance nacional. "«Es un top ten», me dijeron antes de que saliera del país, y me recomendaron que lo llevara un poquito excedido de peso porque el trajín del viaje iba a perjudicarlo. Pero pasó todo lo contrario. Cruzado no perdió peso y nunca se desbalanceó en su salud. Además, logró adaptarse a las condiciones de la carrera, que exigían un 20 o 30% más de velocidad que la que él acostumbraba tener", recuerda Peres Moore. Para el ámbito argentino, un fenómeno de caballo. No por nada ya está copiado.