Cuando la excéntrica aristocracia británica del siglo XVIII contrató ermitaños ornamentales para vivir en sus jardines

Alfred López
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A lo largo y ancho de Inglaterra numerosas son las fastuosas villas, de acaudalados aristócratas, en las que además de tener como vivienda una impresionante mansión a esta le rodea un esplendoroso y gigantesco jardín. Unas propiedades que desde hace varios siglos pertenecen a ese selecto y exclusivo sector de la sociedad británica y que, debido a sus excentricidades, se puede observar en ellas algunos elementos que llaman realmente la atención.

Ilustración de 1795 representando a un ermitaño ornamental en un jardín (imagen vía Wikimedia commons)
Ilustración de 1795 representando a un ermitaño ornamental en un jardín (imagen vía Wikimedia commons)

Uno muy común en ese tipo de jardines era la incorporación de una pequeña cueva o ermita, que recordaba a las que en realidad había perdidas por las montañas. El excentricismo de los aristócratas les llevó a contratar a personas para que residieran en ese lugar de su jardín y como si de un ermitaño ornamental se tratara, a cambio de recibir una paga, además de manutención un lugar donde vivir.

Fue una práctica muy común que empezó a ponerse de moda hacia mediados del siglo XVIII y que a lo largo de casi un siglo se realizó en la mayoría de ese tipo de propiedades y hacia la década de 1830 los gustos y modas cambiaron en la sociedad británica, quedando en desuso y anticuado el tener un ermitaño ornamental en el jardín.

Los excéntricos aristócratas recibían visitas de ilustres e importantes amistades y les hacían un pequeño tour por las posesiones, mostrando los grandilocuentes jardines y llegando a la guinda del recorrido que era la cueva, ermita e incluso chozas en la que encontraban a uno de aquellos ermitaños ornamentales.

Debían comportarse y actuar dentro del papel para lo que se les había contratado, ser unos simples ermitaños. Evidentemente, los curiosos visitantes intentaban entablar algún tipo de conversación para conocer la vida y modo de pensar de esos personajes y el ermitaño de turno acababa filosofando y hablando de lo humano y lo divino, algo que no era habitual en los verdaderos ermitaños que residían en las montañas, quienes buscaban la soledad y silencio absoluto.

Aquellas visitas por los jardines se convertían en toda una experiencia para los invitados que se sumergían en una curiosa performance teatral.

Aunque esta práctica fue más común en las propiedades de Inglaterra, también se dieron algunos casos en Irlanda, Escocia y Gales, pero en una proporción mucho menor. También en algunos lugares de la Europa continental (como Alemania) se copió esta moda.

Eso sí, no siempre se conseguía contratar a verdaderos ermitaños para que residieran en aquellos lugares y bastantes eran los casos en los que el amo de la propiedad (cuando esperaba la llegada de invitados) mandaba transformarse en ermitaño ornamental (temporalmente) a alguno de sus trabajadores (un jardinero o lacayo), que debían interpretar dicho papel durante el tiempo que duraba la visita.

Las ropas sucias y desgarradas, el ir descalzos e incluso el ofrecer un aspecto sucio y desaseado (despeinado, sin afeitar…) daban un punto extra a toda aquella falsa representación y lo hacía más creíble.

Pero tal y como llegó la excéntrica moda de tener residiendo en el jardín un ermitaño ornamental, ésta desapareció en la década de 1830, cuando las tendencias y gustos cambiaron por completo y empezó a considerarse de mal gusto y anticuado tenerlos. Muchos de esos jardines fueron rediseñados y modificados, pero algunos lo que hicieron fue readaptarlos con figuras (comúnmente de arcilla) que los representaban. Algunos expertos opinan que, muy posiblemente, con el tiempo todo eso derivó en el origen de colocar las pequeñas figuras de duendes o enanitos repartidos por algunos jardines.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

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