El egoísmo de los países ricos con el reparto de vacunas amenaza con retrasar años el fin de la pandemia

Javier Peláez
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El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden recibiendo la primera dosis de la vacuna en diciembre. Imagen Leah Millis/reuters
El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden recibiendo la primera dosis de la vacuna en diciembre. Imagen Leah Millis/reuters

Hubo un momento durante la pandemia, tan esperanzador como efímero, en el que muchos creímos firmemente aquello de que “de esta saldremos mejores”. Reconozcamos que fue tan solo un pensamiento pasajero, fugaz y esquivo, que se desvaneció rápidamente ante las crudas bofetadas de la realidad. Juntos lo conseguiremos, saldremos más fuertes, este virus lo paramos unidos … Los buenos deseos, plasmados con letras de colores en carteles y eslóganes, nos invitaban a ser optimistas, a reconciliarnos con la humanidad, hasta que llegó el día de demostrarlo…

De los aplausos y, sin solución de continuidad, pronto pasamos a las agresiones contra el personal sanitario, vaciamos los estantes de los supermercados, arrasamos con más papel higiénico del que necesitaríamos en décadas y conforme se anunciaban posibles soluciones, los estados más opulentos se hacían con todas las existencias. Primero las mascarillas y el mercadeo internacional que surgió alrededor de ellas. Más tarde, cuando el Remdesivir se presentaba como un milagroso tratamiento, Estados Unidos se abalanzó dando codazos para acaparar el 100% de toda la producción prevista para el mes de julio, el 90% de la producción en agosto y el 90% de la producción en septiembre. Y por supuesto, antes incluso de que aparecieran las primeras vacunas aprobadas para su uso, fueron los países más ricos quienes, nuevamente, se adelantaron y se hicieron con el mercado consiguiendo la mayor parte de las dosis.

La desigualdad en el reparto de vacunas se gestó antes incluso de que estuvieran listas para su administración. A principios de diciembre la Revista Nature advertía que la mayoría de las dosis ya estaban adjudicadas con antelación. Los 27 estados miembros de la Unión Europea junto con otros cinco países más ricos reservaron aproximadamente la mitad de las vacunas disponibles (incluyendo las opciones, descritas en sus contratos, para pedir dosis adicionales). Han pasado dos meses, y el porcentaje no solo se ha mantenido sino que ha aumentado y, en la actualidad, el 16% de los países han terminado acaparando el 60% de las vacunas disponibles en el mundo.

El resto de países, los menos agraciados económicamente, deberán esperar.

Según estimaciones del Duke Global Health Innovation Center muchas personas en países de bajos ingresos podrían tener que esperar años, hasta 2023 o 2024, antes de poder acceder a la vacunación… y aquí llega la gran paradoja: el injusto reparto de vacunas amenaza con retrasar el fin de la pandemia.

Ranking de países que más vacunas han conseguido en los diferentes contratos con farmacéuticas | imagen Nature, con datos de Airfinity (diciembre 2019)
Ranking de países que más vacunas han conseguido en los diferentes contratos con farmacéuticas | imagen Nature, con datos de Airfinity (diciembre 2019)

De todas aquellas bellas citas y eslóganes hay una que, sin embargo, es invariablemente cierta y nos lleva a la paradoja de que cuanto más egoístas seamos con la distribución de las vacunas más estaremos alargando la pandemia. La frase de “hasta que no estemos todos a salvo, nadie estará a salvo" tiene su razón de ser: no importará demasiado que en los países ricos sus afortunados ciudadanos estén vacunados... si el virus sigue circulando por los países pobres, seguirá mutando. Aparecerán nuevas variantes y las vacunas inoculadas estarán en peligro de servir para nada, entraremos en un círculo vicioso y tendremos que actualizarla, y actualizarla, y actualizarla para las nuevas variantes.

Hay países pobres que no accederán a las vacunas hasta dentro de varios años, mientras que en muchos países desarrollados, como por ejemplo en Canadá, se han encargado una cantidad de vacunas superior cuatro veces a su población. De poco sirve que en Europa o América del Norte estemos vacunados si el virus sigue circulando en Ruanda, Ecuador o Egipto facilitando la aparición de una nueva variante que escape a nuestras vacunas… y otra vez a empezar.

Los virus mutan, no nos cansaremos de repetirlo, es lo que mejor hacen y se puede decir que viven mutando. No lo hacen a propósito ni buscando un objetivo concreto, simplemente mutan y cambian. Aquellas mutaciones al azar que les hagan más contagiosos y favorezcan su propagación terminarán siendo, de manera natural, las más extendidas, y tendrán más probabilidades de esquivar nuestras actuales vacunas y volver a contagiarnos. Las actuales vacunas ya están teniendo serias dificultades en su eficacia frente a las nuevas variantes, especialmente frente a la denominada variante sudafricana, sirviendo de ejemplo de que el coronavirus es un francotirador que dispara a ciegas pero que, solo por probabilidad y de vez en cuando, acierta de pleno en la diana. Cuantas menos balas le demos a ese francotirador, menos posibilidades tendrá de dar en el blanco.

Llegamos entonces al punto, maravillosamente contradictorio, en el que si realmente queremos ser egoístas y proteger a nuestros ciudadanos, la única manera viable es ser generosos… Todo el esfuerzo y grandes recursos que muchos países ricos están empleando en vacunar a sus ciudadanos podrían resultar inútiles muy pronto, si el virus sigue circulando a sus anchas en otras partes del mundo. Las vacunas nos han traído la solución que andábamos buscando desde hace meses, ahora solo queda repartirlas y administrarlas sabiamente para reducir las opciones de mutación del coronavirus.

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