Corrupción, poder y pasión: el declive de un clásico del fútbol africano

Agencia EFE
·6  min de lectura

Túnez, 21 nov (EFE).- El Club Africain (CA), uno de los más antiguos y prestigiosos del continente africano, celebra este año un centenario agridulce en medio de conflictos internos, deudas millonarias, una decena de litigios, una prolongada crisis deportiva y la pandemia, que impide al "equipo del pueblo" celebrarlo a lo grande en todo Túnez.

Es lo más parecido a la dicotomía Real Madrid-Atlético Madrid en España, donde los merengues han disfrutado siempre la vitola de equipo de las élites y los colchoneros de la clase trabajadora, club este último con el que comparte colores, rayas rojas y blancas pero horizontales.

En Bab Jadid, el barrio que le vio nacer, apenas quedan trazos de su historia más allá de su sede histórica, actualmente cerrada, y el café donde se fundó, que lleva su nombre.

La vieja Medina se interpone con el distrito de su gran rival y actual campeón de África, el Club Esperance, que el pasado año cumplió un siglo.

"Es la historia de dos hermanos-enemigos", que se disputan hasta el honor de ser "el primer equipo creado en Túnez", relata a Efe Lassaad Zahmoul, autor de "La enciclopedia del Club Africain".

Según su versión, el CA inició su andadura en 1915 bajo el nombre de “Estadio Africano", disuelto tres años más tarde por la autoridad colonial francesa (1881-1956) y devino después en el "Club Islámico Africano", teoría que le convierte en el más antiguo.

Sin embargo, no fue legalizado hasta 1920 tras retirar la referencia religiosa, que servía para reivindicar la identidad nacional de los tunecinos durante el protectorado.

La autoridad colonial impuso, además, que el presidente fuera francés, y ordenó el cambio de colores y la renuncia al emblema nacional de la medialuna y la estrella, condiciones que, al contrario que su adversario, los fundadores no aceptaron manteniendo un comité directivo exclusivamente tunecino, subraya Zahmoul, que ha escrito una docena de obras al respecto.

En 1932, Habib Borguiba, un joven abogado llegado de Francia que se convertiría en "el padre de la independencia" intentó fusionar ambos clubes bajo un mismo emblema patriótico pero, como como el agua y el aceite, la química se impuso.

LA DEPRESIÓN DE UN SÍMBOLO

"Es un símbolo histórico para nuestro país. En París tienen la Torre Eiffel, en Estados Unidos la estatua de la libertad y nosotros tenemos el Club Africain", afirma Mohamed Yassine Trabelsi, "hincha de hinchas" y socio desde 1957.

"Ésta es sólo una crisis pasajera, nuestros ancestros le protegen", sostiene este artista jubilado mientras camina por el estadio, ataviado con mascarilla y bastón rojiblancos, para asistir al entrenamiento de su nieto.

Aunque su discapacidad física le impidió jugar durante su juventud, a sus 80 años Trabelsi conoce las entrañas del club mejor que nadie y ha sido testigo de sus éxitos -39 títulos internacionales y nacionales- y fracasos.

Campeón en 13 ocasiones tanto de Liga como de Copa, fue el primer club tunecino en ganar un trofeo internacional (Copa del Magreb de 1971) y tiene en sus vitrinas una Copa Africana de Naciones (1991).

Pero en los últimos años, las celebraciones sos escasas- el último campeonato fue en 2015-, los presidentes se suceden y los entrenadores renuncian uno tras otro. En el último mes, media decena de futbolistas abandonaron el equipo después varios meses sin cobrar, entre ellos, el nicaragüense Carlos Chavaria.

CRISTIANO RONALDO Y LOS AFICIONADOS AL RESCATE

El octubre de 2019, la Federación Tunecina de Fútbol (FTF) advirtió al club que ya podría fichar en tres ventanas y que sería expulsado de todas las competiciones por el impago de cinco millones de euros en nóminas y primas a jugadores.

Los «clubistas», famosos por sus colectas de fondos, lograron recaudar cerca de 450.000 euros durante las primeras 24 horas, y uno 1,6 millones de euros en apenas un mes.

Hasta Cristiano Ronaldo se sumó ofreciendo su camiseta dedicada del Juventus, que fue vendida en una subasta por un precio no desvelado.

«Si no fuera por los seguidores, ya no quedaría nada del club», lamenta Rafik, que se muestra crítico, como la mayoría de los seguidores, con una administración "incapaz de gestionar el club" a la que responsabilizan de la ruina.

Empresario de alimentación en la treintena, revela haber donado cerca de 10.000 dinares (unos 3.000 euros), el equivalente al salario medio anual de un tunecino.

«Somos el equipo del minuto 90, no marcamos hasta el último momento. Y así con todo», lanza con ironía.

El pasado agosto, cuando las deudas ya acuciaban, la aerolínea Qatar Airways salió al rescate con un contrato de tres temporadas por un valor de 6,7 millones de euros, un bálsamo para las cuentas del club, todavía en números rojos, insiste su secretario general, Sami Mkadmi,

Mkadmi pretende pagar los 3,7 millones de euros pendientes antes del próximo 7 de diciembre y afrontar después ocho litigios y la negociación con cinco futbolistas.

Uno de los mayores obstáculos, subraya, es la propia ley, obsoleta, que considera a los clubes deportivos como asociaciones públicas y no como empresas privadas, lo que reduce el atractivo de inversión y redunda en la calidad de la liga tunecina, de las más flojas del norte de África.

EL IMPACTO DEL VIRUS

Sin ayudas estatales desde 2017 por la crisis nacional y sin televisiones que paguen por los derechos de retransmisión, las gradas tampoco son una solución: vacias por las restricciones de Seguridad, el coronavirus y la lejanía del estadio.

“Los fans tampoco lo tienen fácil”, insiste Fakhereddine Ben Malek, periodista deportivo para el diario digital “Tunisie Numérique”.

«Hace tres años que dejé de acudir a los partidos. El estadio está muy lejos y no hay transporte público. Los trenes se paran antes del partido para evitar las concentraciones. Los robos y peleas son algo muy habitual», comenta.

CORRUPCIÓN Y PODER

Hinchas y directivos coinciden en señalar al expresidente Slim Riahi como uno de los catalizadores de esta decadencia, iniciada en la década de los noventa.

Político y empresario llegado a Túnez tras la revolución de 2011, exiliado durante la dictadura en Libia, donde haría fortuna gracias al petróleo y la construcción, Riahi observó el club como un trampolín para su fallido intento de hacerse un hueco en la política

En 2015, un año después de hacerse con el club, se presentó a las presidenciales, donde sólo obtuvo el 5% de los votos.

En ese tiempo ya se hablaba de sus “negocios turbios”, que en 2017 le obligaron a huir a Francia -sin soltar el club- al ser condenado a once años de prisión por corrupción y blanqueo de dinero.

“Los sueldos de los jugadores pasaron de 60.000 dinares a un millón, cifras que nunca antes se habían visto. Quería hacer política y creía que lo lograría pasando por el fútbol por lo que intentaba atraer a los cuatro millones de clubistas», analiza el directivo bajo anonimato.

UN AMOR EN LAS CALLES

Pero nada desanima a sus aficionados: pese a las restricciones por la Covid-19 y la crisis económica que padece el país, los ultras reúnen a menudo a miles de personas en las calles y las inundan con benglas y cánticos.

«Mis dos hijos mayores viven en Portugal y no querían perderse la fiesta, así que mi hijo menor está grabando desde la calle y yo desde aquí», cuenta Kamel, vecino del barrio capitalino de Manouba, mientras observa el espectáculo desde el tejado de junto a varias docenas de adolescentes.

Pocos minutos antes del toque de queda, la multitud se dispersa y Ahmed, pizzero en la zona, expresa un solo deseo: «volver a la cultura de los títulos. Para ello necesitamos que el fútbol tunecino sea menos corrupto», afirma.

Natalia Román Morte

(c) Agencia EFE