Copa Libertadores: por qué Lima se quedó con la final por delante de Medellín y Asunción

Alejandro Casar González
lanacion.com

La final de la Copa Libertadores se despertó el martes en Santiago de Chile y se acostó en Lima. En el medio, pasó por otras dos ciudades: Medellín y Asunción del Paraguay. La reunión en la sede de la Conmebol para definir el futuro del partido comenzó el martes cerca de las 15, hora argentina. Y terminó alrededor de las 20. Se definió con una jugada que había empezado la noche anterior, cuando todavía la capital chilena mantenía la organización del trascendental choque futbolístico.

La orden de la Conmebol fue que el cónclave fuera 100 por ciento privado. Sin filtraciones. Por eso, nadie pudo usar su teléfono celular. Por eso, mientras en el edificio que hasta hace unos años tuvo inmunidad diplomática discutían sobre el partido, afuera arreciaban las versiones. El primer tema fue Santiago de Chile y su conflicto social.

Una de las premisas de la Conmebol era preservar la seguridad de los planteles y los hinchas. Hubo una teleconferencia con la ministra de deportes del gobierno chileno, Cecilia Pérez. El gobierno de Sebastián Piñera seguía empeñado en mantener el partido. Volvió a garantizar la seguridad dentro del estadio Nacional: nada dijo de lo que pudiera ocurrir afuera. Las certezas no alcanzaron.

La Conmebol ya sabía que los futbolistas chilenos estaban de acuerdo con las protestas sociales, y que la actividad del torneo trasandino no regresaría en lo inmediato. La Roja había suspendido un amistoso. En ese contexto, las cartas jugadas por el gobierno chileno tenían gusto a poco. Conmebol, cuyas cabezas ya estaban convencidas de que el clima hostil en Santiago tornaba inviable el partido, buscaba algo más fuerte. Por ejemplo, que el propio Piñera diera su compromiso público con la final. Nunca pasó. Y todos escucharon de primera mano el panorama que pintó Sebastián Moreno, el presidente de la ANFP chilena, presente en la reunión.

Flamengo y River entendieron que no estaban dadas las condiciones para mantener a Santiago de Chile. Hubo otro intento más del gobierno trasandino por evitar lo inevitable. Habían pasado ya un par de horas de reunión cuando apareció la primera decisión importante: mudar la sede. Hubo luz verde. Llegaba, entonces, la hora de barajar posibles destinos para el partido más importante de 2019. Ése que estaba decidido desde hace un año y cuyo destino se torció hace 15 días.

Primera posibilidad, la obvia: Asunción del Paraguay. A la Nueva Olla, el estadio de Cerro Porteño, no le costaría nada repetir la misma logística que para el partido de este sábado entre Colón e Independiente del Valle, de Ecuador. Sólo habría que cambiar la cartelería y poner "Copa Libertadores" allí donde ahora dice "Copa Sudamericana". Esa cancha, con capacidad para 39 mil espectadores, podría cobijar a los dos máximos partidos del fútbol continental en espacio de 15 días. La idea, en un principio, les cerraba tanto a Flamengo como a River. Aunque a los brasileños les hacía ruido que hubiera cerca de 9 mil tickets menos que en el estadio chileno.

Pero ni Asunción ni el gobierno paraguayo dieron muestras contundentes de querer la final. Sólo habló el ministro del interior del gobierno guaraní, que encabeza Mario Abdo, amigo de toda la vida de Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol. Ni la capital paraguaya ni el ejecutivo ofrecieron garantías contundentes para un partido que movería decenas de miles de personas por la ciudad. "¿Y si los que pierden se enojan y quieren reventar todo?", dijo alguien en la reunión. Conmebol entendió que no era momento de improvisar. Menos, cuando la propia sede de la entidad está en las afueras de la capital paraguaya. Fue la propia confederación la que descartó al estadio de Cerro Porteño. Había que seguir buscando.

"Miren que hubo una sola ciudad que en este último tiempo puso todo a disposición del partido. Esa ciudad es Medellín", dijo Conmebol, representada en la reunión por el presidente Domínguez, su director de desarrollo, Gonzalo Belloso, y su secretario general, José Manuel Astigarraga. La ciudad colombiana fue puesta a consideración de los clubes. El Atanasio Girardot, su estadio principal, tiene capacidad para casi 45 mil personas, idéntico número al del estadio Nacional de Chile. Pero la propuesta no tuvo quórum. Por lejanía, sobre todo, y por el incordio que sería para los hinchas (y planteles) tener que hacer dos vuelos para llegar: hay que hacerlo vía Bogotá.

Las horas pasaban y el partido seguía sin sede. Hubo un cuarto intermedio y tiempo para chequear los celulares. Agustín Lozano, el presidente de la Federación Peruana de Fútbol (FPF) había sido contactado el día anterior por la propia Conmebol. Tenía una bala. Una sola posibilidad para dar en el blanco y organizar la final. El partido del año. Para eso necesitaba que todas las ciudades candidatas que estaban antes que Lima se bajaran. La premisa se había cumplido.

Lozano les escribió a los ejecutivos de Conmebol. Había hecho los deberes. Tenía hasta el compromiso del presidente Martín Vizcarra para otorgar todas las garantías que Conmebol precisara. En paralelo, la FPF habló con los administradores del estadio Monumental (el club Universitario de Deportes) y pidió todas las certificaciones. Lozano incluso transmitió la voluntad del presidente Vizcarra de hablar con Alejandro Domínguez y ponerse a disposición.

El presidente de Conmebol, entonces, propuso Lima, "una ciudad equidistante para los dos equipos", que tiene un estadio con capacidad para más de 70 mil personas, amplia oferta hotelera y vuelos directos todos los días. El estadio más grande le cerró a Flamengo. River entendió las razones que motivaron el cambio de Santiago. Aceptó Lima. Al fin, hubo fumata blanca en la sede de la Conmebol. Y Lima encontró un partido que hasta hace unos días parecía imposible. El partido más importante del año.

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