Copa Libertadores: ni Boca ni River, y la final por la que el fútbol argentino debería bajar su efervescencia

Ariel Ruya
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Palmeiras se enfrentará con Santos este sábado, a las 17, por la final de la Copa Libertadores, en el estadio Maracaná. Todo tiene el color de Brasil. Ni River, ni Boca. Lo que abre un mensaje desafiante: este escenario le baja un poco la efervescencia al fútbol argentino, más allá de que la definición del otro certamen, la Copa Sudamericana, de menor relevancia, haya sido disputado por Defensa y Justicia y Lanús. Hay datos que revelan que nuestro fútbol, tantas veces salpicado por la improvisación, ya no está en la cúspide del fútbol en esta parte del mundo.

Soteldo, el crack de Santos

River es el mejor equipo del continente, al menos, en los últimos cinco, seis años. La Copa Sudamericana 2014, las Libertadores 2015 y 2018 y tres Recopas se ofrecen como muestra. Boca mantiene el colmillo competitivo: rara vez no alcanza las semifinales, a pesar de que el último trofeo que levantó fue en 2007. Independiente, apartado de su historia, se mantiene como el máximo ganador, con 7.

Gómez, el caudillo de Palmeiras

El fútbol argentino suma 25 títulos y nuestro prestigioso colega, sumado el que jugarán el próximo 30 en Río de Janeiro, llegará a los 20. Sigue lejos. Sin embargo, hay que espiar el pasado inmediato -y, sobre todo, la última década-, para tomar nota del retroceso de nuestro medio, que tiene relación directa con los desatinos organizativos, dirigenciales y económicos. El torneo de primera división fue reemplazado por la Superliga, que fue reemplazada por la Copa Diego Maradona, que seguramente va a ser reemplazada por otra competencia, con o sin promedios, con o sin descensos. Las rencillas y los volantazos de las autoridades, en otro espacio y, sobre todo, la fuga de promesas: los mejores (y los que no lo son tantos), se van, indudablemente. En Brasil, se mantienen el Brasileirao, la Copa Brasil y los torneos estaduales. Los cambios son mínimos si se los compara con el, a veces, desconcertante fútbol nacional.

La despedida de River

La economía es otro de los factores: un multimillonario Flamengo le ganó en el último suspiro a River la final pasada, en Lima, la primera en un escenario neutral. La copa, entonces, seguirá estando en sus vitrinas. Y desde 2010 hasta hoy, los brasileños la consiguieron en siete temporadas. La Argentina, apenas tres. Dos, River; una, San Lorenzo. Atlético Nacional llevó la restante a Colombia.

River sigue siendo el mejor, pero recibió una paliza monumental en Buenos Aires por un astuto Palmeiras, que luego demostró que no tiene la altura del equipo millonario. Sin embargo, pasó. Boca tiene mejor plantel y mayores pergaminos que Santos, pero dejó un vacío enorme en Brasil, impropio de su grandeza. Lo que pudo haber sido. y no fue: desde el 23 de octubre pasado, cuando se realizó el sorteo del camino final de la competencia, en nuestro medio -protagonistas, especialistas, fanáticos- se tomó nota de cuándo podrían enfrentarse los dos colosos. "Sólo en la final podrían jugar Boca y River", mientras se instalaba el debate de si habría que considerar "una revancha de Madrid".

El choque entre Palmeiras y Santos es una señal inequívoca para el fútbol argentino. Bajar la espuma del triunfalismo potencial. Mientras xeneizes y millonarios siguen siendo los mejores de acá nomás -más allá de que es Boca el que suele conquistar los lauros locales-, los finalistas son un despiste en el Brasileirao, que suma 32 fechas. Palmeiras está a 10 puntos de Inter, el líder, mientras que Santos se encuentra a. 17 unidades. Una muestra del fin de semana pasado: con mayoría de titulares, Palmeiras perdió 2 a 1 con Ceará (un club sin historia en primera) y Santos cayó en su casa por 4 a 3 contra Goias, antepenúltimo y en zona de descenso. Anoche, siguieron sin ganar: Palmeiras empató 1-1 con Vasco da Gama y Santos perdió por 2 a 0 con Atlético Mineiro, el equipo que dirige Jorge Sampaoli.

No pudo River, con su prepotencia internacional actual y no supo Boca, con su mística histórica. Puede ocurrir, lógicamente. El problema es que el fútbol brasileño -mientras Uruguay sigue lejos, mientras Colombia entró en un pozo y el resto.- le tomó el pulso al torneo. Aprendió a jugarlo. Hay que volar hasta 2009 para encontrar una final perdida por un equipo brasileño, cuando Estudiantes (conducido por el Profesor Alejandro Sabella) se impuso sobre Cruzeiro. Y un año antes, Liga Deportiva Universitaria (dirigida por el Patón Bauza) sobre Fluminense y una temporada atrás, el Boca de Russo y Riquelme sobre Gremio.

La alegría de Defensa y Justicia, el noble ganador de la Copa Sudamericana, es genuina: un club del ascenso en la otra cúspide internacional. Lanús fue finalista y Vélez, uno de los semifinalistas: casi todos argentinos. Es más: de los 8 mejores entre los dos certámenes, cinco fueron argentinos. La efervescencia se correspondía con la realidad: por la pandemia y el protocolo, los clubes argentinos que competían en los torneos sudamericanos fueron los últimos en volver, el 10 de agosto.

Un ejemplo: cuando River empató 2 a 2 con San Pablo, el 17 de septiembre pasado, en el regreso a la competencia, el conjunto brasileño había disputado 11 encuentros, desde el regreso del Brasileirao, a fines de julio. River pasó, San Pablo se quedó en el camino. Lo mismo ocurrió con otros conjuntos argentinos. Hasta Racing eliminó a Flamengo en el Maracaná, en la definición por penales. Pero algo les falta a nuestros equipos, en los últimos diez años, para coronar. Lo que antes le sobraba.

La despedida de Boca

"En series a un partido se hace todo muy parejo. Es muy difícil volver a entrar en ritmo. A nosotros, ¿sabés lo que nos va a costar?", planteaba Miguel Russo, antes del regreso a competir. Le costó menos de lo imaginado. "En el contexto que nos toca vivir a todos y al haber estado sin entrenar durante cinco meses, era difícil pensar que íbamos a poder estar en esta posición nuevamente. Hoy, volver a jugar una semifinal, que creo que contando la Copa Sudamericana ya son siete de ocho, es motivo de orgullo", contaba Marcelo Gallardo, en la antesala de la serie con Palmeiras.

Mientras los colosos espiaban el Maracaná, el campeón no será ni Boca ni River. Se verá por TV. Mientras, nuestro futbol debería replantearse algo más que no salir campeón.