Conmebol, un territorio soberano: ni las balas ni la pandemia paran al fútbol

Ezequiel Fernández Moores
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La Copa Libertadores y los disturbios en Colombia.
Sebastián Domenech

Asunción es viejo territorio amigo para el fútbol siempre difícil en Sudamérica. La capital paraguaya es su casa. La Conmebol inauguró su sede en la vecina Luque en 1998, decreto incluído del gobierno paraguayo que garantizaba “inviolabilidad”, es decir, declaraba ese edificio como territorio soberano. El Vaticano en Europa. La Conmebol en Sudamérica. El documento inaugural está en el Museo anexo de la Conmebol. Lleva la firma de los diez padres fundadores, presidentes entonces de cada una de las Asociaciones miembro, casi todos ellos hoy inhabilitados o presos después de que el FBI, quién si no, desnudó en 2015 la corrupción del FIFAgate y recordó que la extraterritorialidad no es privilegio de cualquiera. Asunción es también ahora la sede elegida para albergar partidos que no deberían jugarse. Porque la pandemia azota fuerte otra vez en la región. O porque la gente estalla, como sucede desde hace días en Colombia. El gobierno de Iván Duque dio un paso atrás con su polémica Reforma Tributaria. Y hasta echó al ministro autor del proyecto. Pero siguen las protestas que derivaron en decenas de muertes, heridos, desapariciones, bloqueos y vandalismo. No importa. La Libertadores nunca puede parar.

Barras de “Los del Sur” de Atlético Nacional y “Resistencia Norte” del DIM, los dos rivales clásicos de Medellín, marcharon días atrás apenas separadas, cada una con sus colores, bombos y redoblantes. Cantaban que estaban “junto al pueblo en el paro nacional”. La ocupación de camas UCI llega en Medellín al 98 por ciento, el toque de queda comienza siempre a las 20, los jueves se extiende hasta el lunes a las 5 y los ciudadanos salen sólo un día a la semana, según su número de documento. Pero nada de eso importó a la hora de protestar. El partido de Argentinos Juniors (el jueves contra Atlético Nacional) se había mudado originalmente a Pereira pero no por las protestas, sino porque el estadio Atanasio Girardot está en plena reforma (aunque hoy suene extraño, Colombia tiene que albergar la Copa América dentro de menos de cuarenta días). No se puede jugar en Bogotá porque la pandemia prohíbe espectáculos públicos. Y no podrá jugarse en Armenia (sede alternativa) por falta de seguridad. En Cali, epicentro de las protestas, fue derribada la estatua del fundador español Sebastián de Belalcázar, “genocida”, afirman los indios Misak.

El “siga-siga” de Conmebol: cuando cualquier cosa puede suceder con el fútbol

El sociólogo Raúl Martínez (miembro de la barra de Los del Sur), me recuerda que las protestas comenzaron en rigor en 2019 y se agravaron porque el gobierno incumple además el Proceso de Paz 2012 y ya fueron asesinados unos trescientos firmantes del acuerdo. La represión oficial incluye ahora balas de plomo como las que mataron a Nicolás Guerrero, 22 años, familiar del propio alcalde de Cali. La policía disparó inclusive contra miembros de la Oficina de ONU de Derechos Humanos. Algunos videos en las redes son estremecedores.

Entretelones e historias coperos

Tampoco la pandemia puede suspender las copas sudamericanas, aún cuando exploten situaciones ridículas como las que vivió ayer Independiente de Avellaneda en Brasil. Para jugar como sea, la Conmebol se jactó de haber conseguido 50.000 dosis de Sinovac, vacuna china no autorizada todavía en la Argentina y cuya primera aplicación, según informes, tiene sólo un 3% de efectividad. Con protocolos propíos de pandemia, la Conmebol, “como nunca antes”, dice en Tiempo el colega Alejandro Wall, “funciona como el undécimo Estado del fútbol sudamericano”.

¿Fue siempre así? Recuerdo uno de mis primeros partidos de Copa Libertadores, Argentinos Juniors jugando en 1985 contra Blooming en Santa Cruz de la Sierra. Más de doscientos obreros habían sido encarcelados. “Burros, caballos, habría que fusilar a unos cuantos”, me decían horas antes del partido dirigentes y periodistas locales. Transmití mi crónica a través de radioaficionados. El partido se jugó bajo Estado de sitio y Toque de queda.

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El colega Alejandro Droznes cuenta en “De América”, libro flamante y hermoso, que su primer impacto de Libertadores fue Guayaquil (donde Boca sí pudo jugar anoche contra Barcelona). Droznes lo recuerda por una semifinal polémica que River perdió por penales contra Barcelona en 1990. Y por la nota que leyó de pibe en El Gráfico titulada “Crónica íntima de una vergüenza”. Guayaquil, recuerda Droznes, fue justamente escenario en 1822 del abrazo entre los Libertadores verdaderos, José de San Martín y Simón Bolívar. Ambos liberando pueblos. El argentino cruzando los Andes con sus Granaderos a Caballo desde el Sur, el venezolano con sus llaneros desde el Norte. Los dos echando a los españoles. Un banco español, entre otros, patrocina desde hace tiempo a la Libertadores futbolera, que tiene además televisión de Disney y placas de aerolínea qatarí. Y una final bien cercana que la Conmebol (jamás hay que olvidarlo) decidió jugar en Madrid. Un colega colombiano me recuerda una frase que, para estos casos, le atribuyen en su país al ex jugador argentino Jorge Ramoa (ex Boca y Bucaramanga entre otros): “Lo que no entiendas de fútbol, es negocio”.