Los colombianos fueron a la cancha a ver a Lionel Messi, que entregó ráfagas de nostalgia y sigue desesperándose por el gol

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Las manos de David Ospina se anticipan a Lionel Messi en el 2-2 entre Colombia y la Argentina de la eliminatoria para el Mundial Qatar 2022.
RAUL ARBOLEDA

Ni la crisis social, ni la pandemia: Lionel Messi es un viento que se lleva todo por delante. Su figura es un imán: si juega –en Barranquilla, en este caso, pero podría ser en cualquier lugar del mundo–, tiene que haber alguien en la cancha para contemplarlo. Para disfrutarlo, para sentirlo cerca. Lo sabemos todos: no es lo mismo mirarlo por televisión. La tecnología es una estafa: la imagen es en K4 y ofrece todos los planos en full HD, pero a Leo hay que verlo en persona para creerlo. Parece una broma social, política, sanitaria: Colombia está convulsionado y el coronavirus no afloja, pero si juega Leo, todo es posible.

Hubo casi unos 10.000 hinchas. Sorprendidos por la actuación local, encandilados por el capitán argentino. Más allá del nuevo perfil de selección del rosarino: aparece sólo cuando es imprescindible. Se corre de la escena cuando el equipo se asienta, se consolida, más allá de los cambios exagerados y bruscos de un partido a otro. Y hasta en la misma batalla. Con Lionel Scaloni cualquier cosa es posible. La Pulga participa poco; suele hacerlo de maravillas. Un capitán recostado sobre la derecha, involucrado de vez en cuando. Al rato, vuelve a ser 10: un tiro libre ideal encuentra las manos de David Ospina en el final del primer tiempo.

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En los ensayos, un grupo nutrido de fanáticos lo aplaudió y le hizo reverencias. Ocurrió lo mismo antes del primer pitazo. Tal vez, se trata de que el mundo futbolero está tomando nota: Leo va a cumplir 34 años el 24 de este mes. ¿Cuántas gambetas le quedan, cuántos goles eléctricos –de esos en que arranca por la derecha y define a un ángulo del lado opuesto– le restan? Un par de temporadas, no más.

Lionel Messi disputa la pelota con Wilmar Barrios.
RAUL ARBOLEDA


Lionel Messi disputa la pelota con Wilmar Barrios. (RAUL ARBOLEDA/)

Ya juega la nostalgia, con la urgencia de dar una vuelta olímpica de selección. Al menos, una. La melancolía con los grandes lo abarca todo. También, un día va a retirarse Roger Federer, que cuida su cuerpo, decide retirarse a tiempo, porque la arcilla de Roland Garros destroza sus rodillas: el 8 de agosto va a cumplir 40. El rosarino es diferente: quiere estar en todos lados, al mismo tiempo. Los dos son locales siempre, más allá de donde jueguen. Todos simpatizan por ellos.

El capitán volvió al estadio Metropolitano luego de casi una década. La última visita había sido el 15 de noviembre de 2011, por la cuarta jornada de las eliminatorias rumbo a Brasil 2014. Ese día Dorlan Pabón abrió el marcador, Leo igualó y Sergio Agüero selló la victoria para el equipo de Alejandro Sabella, que a partir de allí sintió un impulso ganador. Messi había anotado tres tantos en tres partidos frente a Colombia y… en tres eliminatorias. Las otras: el 21 de noviembre de 2007, cuando ganó Colombia por 2 a 1, y el 15 de noviembre de 2016, cuando se impuso la Argentina por 3 a 0.

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Esta vez, con mira en Qatar 2022, el 2-0, sellado a los 7 minutos del primer capítulo una genialidad de Leandro Paredes, fue elaborado luego de una pifia de Leo, impropia de su grandeza. El crack trotaba y elegía a sus cómplices con sus pases, recostado sobre la derecha, sin necesidad de frotar la lámpara ni de inclinarse excesivamente por la gambeta. No hacía falta, si globalmente el partido le pertenecía a la Argentina.

¡Qué tiro libre!

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No protagonizó pequeñas sociedades. No se citó con Giovani Lo Celso, no se entendió con Paredes, habla un idioma que no era el de Nico González, y Lautaro Martínez quedaba demasiado lejos. Retrasado, casi como enganche, encontró más espacios, y en el barullo de los minutos finales, Ospina le contuvo otro tiro libre, que tenía destino de ángulo. Al rato, una asistencia a Lautaro fue desperdiciada por el delantero de Inter. Messi levantaba la mano de a ratos, con ráfagas generalmente convincentes.

Es el dueño de la pelota, aun tocándola de vez en cuando. Porque cuando arranca, cuando eclipsa, algo bueno puede suceder. Sufrió como a una puñalada el empate, porque tuvo en sus pies la victoria. Los colombianos disfrutaron de esas pequeñas, mínimas historias del rosarino. Los argentinos seguimos soñándolo con una copa entre sus manos.

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