Chris Nikic, eres un Ironman. Y tu viaje es extraordinario.

Kurt Streeter
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Chris Nikic con su "muro de los sueños" en su recámara en Maitland, Florida, el 14 de noviembre de 2020. (Zack Wittman/The New York Times)
Chris Nikic con su "muro de los sueños" en su recámara en Maitland, Florida, el 14 de noviembre de 2020. (Zack Wittman/The New York Times)

El cielo de Florida se había oscurecido y Chris Nikic sentía que estaba a punto de renunciar. Llevaba más de trece horas forzándose por sortear la agotadora carrera, aunque no podía recorrer el trayecto ni contar el tiempo sin ayuda.

De pronto, fue demasiado. En el aire caliente y húmedo, le costaba respirar. Le quemaban los pies mientras golpeteaba el pavimento, sentía como si las piernas fueran de concreto y parecía como si le hubieran pasado los músculos de la espalda por una trituradora.

Nikic, un muchacho de 21 años que vive con sus padres en un suburbio de Orlando, había empezado el día con determinación. Si podía superar el desafío de esta carrera —3,86 kilómetros de nado en aguas abiertas seguidos de 180 kilómetros en bicicleta y 42,2 kilómetros corriendo— y terminarla en menos de 17 horas, sería el primer competidor con síndrome de Down en completar un triatlón de Ironman.

Una hazaña de esa dimensión no solo lo iba a poner en los libros de récords, sino que también le demostraría a él y a quienes lo rodean que, de hecho, estaba listo para cosas grandes. Y si podía estar listo para cosas grandes, entonces, tal vez un día podría cumplir su sueño final: vivir de manera independiente y tener una esposa y una familia propias.

¿Sería capaz? La línea de meta estaba a 25 kilómetros de distancia, pero se estaba desmoronando.

En ese momento, Nikic juntó un mundo de paciencia y perseverancia esperanzadora, además de la energía vigorizante de la simple visión que se había fijado para la vida.

Un paso adelante, dos pasos.

Un paso. Dos pasos. Tres…

Para comprender la imposibilidad que enfrentó Nikic durante la carrera, celebrada en Panama City Beach, Florida, un sábado reciente, hay que volver a su infancia.

Chris Nikic en Maitland, Florida, el 14 de noviembre de 2020. (Zack Wittman/The New York Times)
Chris Nikic en Maitland, Florida, el 14 de noviembre de 2020. (Zack Wittman/The New York Times)

Con 5 meses, sobrevivió una intervención quirúrgica a corazón abierto. Estaba tan débil y tenía un equilibrio tan deficiente que no caminó por sí solo sino hasta que tuvo 4 años. Para evitar que se atragantara, su familia lo alimentó con comida para bebé hasta los 6 años. Cuando aprendió a correr, le tomó meses descubrir cómo mover los brazos a su costado y no mantenerlos rectos sobre la cabeza.

Tardó años en aprender a anudarse los zapatos.

Para sus padres —Nik, un entrenador corporativo de rendimiento, y Patty, un ama de casa—, fue difícil darle un cuidado y una atención adecuados a su hijo. Lo cambiaron a siete escuelas primarias, en busca de la apropiada.

A cada instante, los expertos se referían a Chris Nikic en términos de límites en vez de posibilidades.

“Siempre me sentí aislado, no considerado, excluido”, me comentó esta semana durante una videollamada, para describir las emociones que sentía al crecer.

Encontró consuelo en los deportes. Al inicio de la adolescencia, participó en carreras cortas, nadó y jugó baloncesto en las Olimpiadas Especiales. Cuando tenía unos 15 años, sus padres lo llevaron a un estacionamiento cerca de su casa y le enseñaron a andar en bicicleta. Le tomó seis meses andar 30 metros, pero, una vez que le entendió, no hubo vuelta atrás.

Después de someterse a una serie de operaciones en los oídos que minaron su fortaleza y lo dejaron confinado, tomó la determinación de hacer más de lo que hubiera hecho jamás.

En octubre pasado, con la ayuda de un grupo local de entrenamiento para adquirir resistencia y Dan Grieb, un entrenador voluntario, puso la mira en la competencia de Ironman. Era la prueba final. Si la conquistaba, iba a sentir que podía hacerlo todo.

En las primeras horas del día de la carrera, un viento frío recorría el golfo de México.

Grieb estaba en el agua como guía, amarrado a la persona a su cargo con una cuerda negra de “bungee” destinada a ofrecer una seguridad adicional. Salieron del mar picado en menos de dos horas.

Luego, Grieb ayudó a Chris Nikic a subirse a su bicicleta de diez velocidades, fijar los pies en los pedales y comenzar el largo viaje. Se iban a presentar problemas más adelante. Debido a que Nikic no podía mantener tan bien el equilibrio como para beber agua mientras pedaleaba, tuvo que detenerse y bajarse de la bicicleta para hidratarse. Cuando lo hizo en el kilómetro 35, no se había percatado de que estaba pisando un enorme montículo de hormigas rojas, las cuales se le enjambraron en los tobillos, le mordieron la piel y le provocaron hinchazón en las piernas.

Logró volverse a poner en marcha, pero chocó con la bicicleta unos kilómetros más adelante, mientras iba a toda prisa colina abajo.

De nueva cuenta, siguió su curso.

Luego, vino el segmento del maratón. Comenzó bastante bien. Mientras recorría el circuito por las calles de Panama City Beach en la oscuridad de la noche, amarrado a Grieb para que le ayudara a no caerse y permanecer en el camino, pasó al lado de un grupo pequeño de familiares y amigos que lo vitorearon como muestra de apoyo.

Sin embargo, en el kilómetro dieciséis, todo cambió. Se detuvo tanto que parecía que apenas se estaba moviendo. Empezó a quejarse del dolor. Se le veía la angustia en los ojos. “Parecía un zombi”, comentó su hermana, Jacky. “Como si estuviera absolutamente agotado”.

Sus seguidores lo rodearon y le dieron abrazos, con la esperanza de subirle el ánimo.

Nik Nikic agarró a su hijo, lo acercó y le susurró en el oído: “¿Vas a dejar que gane el dolor o que ganen tus sueños?”.

Chris Nikic sabía que no solo se trataba de terminar un Ironman, sino de demostrarse lo que podía lograr en el futuro. Su propia casa. Independencia. Una esposa tan cálida y hermosa como su madre.

“Mis sueños van a ganar”, le respondió a su padre.

Comenzó a correr de nuevo.

Un paso adelante. Dos. Tres. Un paso. Dos. Tres.

Encontró su ritmo. Nada podía detenerlo. Cruzó la línea de meta con los brazos en alto en señal de celebración y con un poco de tiempo de sobra: 16 horas, 46 minutos, 9 segundos.

“Aprendí que no existen los límites”, comentó cuando hablamos días después. “No me limiten”.

Haz una caravana, Chris Nikic, por aferrarte a tus sueños, por tu paciencia, perseverancia esperanzadora y valentía. Nos serviría un poco de eso en este mundo.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company