Catarina Macario apenas está empezando

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Los primeros pasos de Catarina Macario en el camino hacia el balompié profesional son fáciles de distinguir, incluso en las granulosas grabaciones en video en las que aparece jugando futbol cuando era niña. Ella no hace gambetas sobre el balón; más bien, baila sobre él. Dribla a toda velocidad para dejar atrás a las defensoras o hace un globito sobre ellas. Deja a las porteras paradas sin que puedan reaccionar para evitar el gol.

Incluso antes de entrar a la adolescencia, Macario había dominado las dos habilidades que cualquier delantero brasileño aprende desde pequeño: cómo meter el balón en el fondo de la red y cómo correr hacia la cámara más cercana para celebrar.

Aun así, Macario era diferente. El futbol está por todas partes en Brasil, así que fue natural que ella se viera atraída por el juego que se practica en sus playas, campos y calles. Sin embargo, como una niña pequeña que creció en São Luís, una ciudad costera en el noreste de Brasil, y Brasilia, la capital, solía preguntarse si convertirse en profesional era siquiera posible.

En un país en el que el 47 por ciento de la población se identifica como de raza mixta, Macario tiene tres razones para sentirse fuera de lugar: es una mujer con piel oscura que juega futbol. La discriminación y la falta de oportunidades eran comunes. También lo eran los insultos. La llamaron changa y lesbiana, solo por querer jugar.

“Tristemente, a menudo era la única chica en ese momento”, dijo Macario, cuyos primeros intentos en el deporte fueron juegos con compañeros de clase en una liga de futbol de salón y en los equipos varoniles. “Era algo muy vergonzoso ser una chica y jugar futbol”.

Macario agregó: “Sabía que amaba el futbol y quería ser una futbolista profesional, pero cuestionaba si sería posible solo por eso”.

Menos de una década después, Macario, de 21 años, ha creado un lugar para ella al lado de los jugadores más reconocidos del mundo.

En enero, se convirtió en profesional al anunciar que abandonaría la Universidad de Stanford en su último año (donde anotó 63 goles en 68 partidos) para firmar con el equipo profesional más dominante del mundo: Olympique Lyonnais Féminin. Semanas después, con su cambio de ciudadanía completo, hizo su debut con la selección nacional femenil de Estados Unidos, ganadora de la Copa del Mundo (y anotó en su segundo encuentro). El martes, fue convocada a la lista de jugadoras de Estados Unidos para un importante torneo preolímpico.

Si el ascenso de Macario continúa y ella puede triunfar en un frente a frente con jugadoras más experimentadas (Megan Rapinoe, Alex Morgan, Carli Lloyd, Rose Lavelle, Tobin Heath, Christen Press, Lynn Williams) por un lugar en la ofensiva estadounidense, se podría dirigir a los Juegos Olímpicos en julio y a una Copa del Mundo en 2023.

“Pienso que ella es el futuro de lo que la selección nacional femenil de Estados Unidos desea ser”, dijo el exentrenador de Macario en Stanford, Paul Ratcliffe, a través de una entrevista telefónica. “Yo visualizo que podrían construir un equipo en torno a ella, así de grande pienso que es ella como jugadora”.

En ocasiones, ella casi no puede creer lo lejos, y lo rápido, que ha llegado.

“Para mí, soy en esencia solo esta pequeña niña que va a jugar con las mejores futbolistas del mundo”, dijo Macario en una videollamada esta primavera desde su apartamento en Lyon, Francia. “Es un poco intimidante, pero al mismo tiempo, ese es el reto, es la razón por la que elegí estar aquí”.

Con el balón, Macario es llamativamente rápida, lo suficientemente poderosa para crear espacios y lo suficientemente hábil para dejar atrás a las defensoras. Después del primer gol de Macario para la selección nacional, Rapinoe la llamó un “tipo diferente de jugadora”. Otros la han puesto a otro nivel: al compararla con la seis veces jugadora mundial del año, la brasileña Marta.

Incluso en su infancia, Macario destacaba. Afirma que no puede recordar el número de lámparas que ella y su hermano mayor rompieron mientras jugaban futbol en su apartamento en Brasil, pero se acuerda de las horas adicionales que dedicó a practicar con su padre antes de los entrenamientos para alimentar su talento. Eran lo que usaba para responder a la discriminación, los obstáculos y las personas que le dijeron que una chica no tenía lugar en el futbol y mostrarles que merecía uno “con base en lo que hacía en la cancha”.

“Tal vez, hasta soy mejor que tú”, agregó.

No obstante, cuando cumplió 12 años, una regla le impidió continuar jugando con los chicos en Brasilia, donde su familia vivía. Sin ningún equipo femenil competitivo como una opción, la familia dio un salto de fe, dijo Macario, y decidió permitirle que se mudara a Estados Unidos con su padre y hermano para asegurar un mejor futuro.

Cuando los integrantes de la familia llegaron a San Diego, no hablaban inglés y lidiaban con el estar separados de la madre de Macario, quien permaneció en Brasil, donde trabajaba como médica. La relación a larga distancia continuó durante siete años. Su madre todavía vive en Brasil y tiene planes de viajar a Francia.

“La única cosa que nos mantenía unidas, de alguna manera, era el hecho de que yo jugaba futbol y que estaba mejorando”, dijo Macario.

La brillante carrera juvenil atrajo la atención de los principales equipos universitarios, pero había una presión constante, dijo, para seguir adelante, para hacer que los sacrificios de la familia valieran la pena.

Su empinado ascenso de estrella universitaria a profesional de tiempo completo fue rápido después de que se convirtió en ciudadana estadounidense en octubre pasado. Horas antes, la convocaron a su primer entrenamiento con la selección nacional mayor. Sin embargo, para cumplir con las condiciones para jugar, primero necesitaba la aprobación de la FIFA, el órgano rector del futbol mundial. Cuando la recibieron en enero, el entrenador de la selección femenil estadounidense, Vlatko Andonovski, no perdió tiempo y la incorporó al grupo.

Aunque la parte más sorprendente de su trayectoria (de fenómeno anotador juvenil en el sur de California pasando por campeona nacional en Stanford y seleccionada nacional femenil hasta Lyon) podría ser la velocidad con la que todo ocurrió, ella afirma que sabe que todavía tiene mucho por aprender.

“Todavía no estoy a ese nivel”, dijo sobre entrenar con compañeras de equipo internacionales como la defensora del Lyon Nikita Parris o al lado de delanteras que ha admirado desde hace mucho tiempo, como Lloyd. “Durante los entrenamientos, son muy intensas. Casi hace que los juegos sean fáciles”.

Ahora comparte el campo con ellas y otras, y espera continuar haciéndolo durante muchos años por venir. Al visualizar su futuro, afirmó que sus metas son sencillas.

“Ganarlo todo”, dijo riéndose.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company