Carlos Ferraro, un periodista de la vieja guardia que marcó a varias generaciones con su amistad y conocimientos

Claudio Mauri
·6  min de lectura
Carlos Ferraro con Oscar Ruggeri, durante la cobertura del Mundial de México '86
Carlos Ferraro con Oscar Ruggeri, durante la cobertura del Mundial de México '86

Carlitos Ferraro -así, Carlitos, porque él no permitiría que nos pusiéramos solemnes ni aun en un día tan triste- siempre entendió la vida y el periodismo con un sentido de camaradería, de integración. Jamás hacía rancho aparte. Muy dueño de sus verdades en fútbol, boxeo, automovilismo y política, le gustaba confrontarlas con las opiniones del otro. Un gran dialogante y polemista. De lo más sociable antes de que existieran las redes sociales. Imponente desde sus convicciones y esa voz carrasposa de tanto cigarrillo 43/70. Un personaje entrañable para todos aquellos que lo conocieron, sobre todo para los que compartimos con él las décadas de los 80 y 90 en la sección Deportes del anterior edificio del diario La Nación, en la calle Bouchard, vecino al Luna Park que lo recibió en tantas veladas pugilísticas.

Una descompensación apagó su vida a los 79 años en su casa de siempre, en el barrio Florida, pegada a las vías del ferrocarril General Belgrano. Carlitos se despidió en el mismo día –un 30 de abril- y en el lugar que durante años abrió sus puertas para recibir a sus compañeros de La Nación –todos, sin distinción de rango, jefes, redactores y colaboradores-para compartir un asado que empezaba al mediodía y se estiraba hasta al atardecer, cuando el inolvidable Alfredo Parga, una eminencia como especialista en automovilismo, empezaba a desgranar anécdotas. Cada 30 abril, Carlitos cumplía con el ritual de poder reunirnos a todos porque no había que escribir el diario del 1° de mayo.

Su recuerdo de Maradona en LN+

Nació el 10 de enero de 1942, estuvo casado y deja dos hijos, Ricardo y María Laura, y al nieto Santiago. Su legado en el periodismo también es imborrable para muchos de sus colegas. Es larga la lista de periodistas que, siendo jóvenes y al entrar en la redacción con el nerviosismo de todo principiante, recibían su consejo desinteresado, su palabra protectora, la orientación necesaria para ir descubriendo los secretos del oficio. Nunca se guardaba un consejo, una palabra que ayudara a distender cualquier momento de tensión. Según el interlocutor, sabía ser cálido, irónico, sensible, mordaz o sarcástico. Se sentía cómodo en el teatro de la vida y en la interacción con el otro.

Ferraro ya había sido enviado especial de La Nación al Mundial ’86 cuando tuve la oportunidad de compartir con él mi primer viaje al exterior, a Chile, para cubrir partidos de San Lorenzo y Newell’s por la Copa Libertadores, para luego seguir en Santiago con el primer Mundial de polo de bajo hándicap. Mis padres volvieron más tranquilos de la despedida en Ezeiza cuando Carlitos les aseguró que iba a estar al lado para ayudar en lo que fuera. El rol de guía le salía de manera natural.

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Fue periodista gráfico en la era que no había Internet, cuando en la redacción se formaba una nube de humo de los cigarrillos y se acumulaban los pocillos de café. Tiempos que muchos definen como la bohemia del periodismo. De la transición de la máquina de escribir Olivetti a la primera PC, todo un armatoste. Carlitos hizo ese tránsito llevando en alto sus fuertes filiaciones: racinguista de alma, fana de Chevrolet como fierrero del TC y radical de comité.

Personaje de una sola pieza, firme ante los poderosos y solidario con los más débiles, como cuando socorrió a un joven cronista que cometió un error en una nota tras haber estado suspendido. “Digan que la cagada me la mandé yo porque si no lo echan”, fue el manto protector que extendió Ferraro.

Adorador del fútbol argentino de los años 50 y 60, décadas en las se sublimaba la capacidad técnica y el juego lírico era una seña de identidad. Esos rasgos que tanto le costaba encontrar en el fútbol de los últimos tiempos, cuando se lo escuchaba rezongar al ver que un futbolista revoleaba pelotazos o era incapaz de dar un pase preciso a dos metros. “Son unos burros”, se quejaba, pero siempre daba el presente en el Cilindro de Avellaneda. Por eso, cuando la modernidad envolvió al fútbol, su único ídolo pasó a ser Rubén Paz. Su clave de acceso en la PC del diario era RubenP. Admiración que era extensiva a Uruguay, país que hubiera elegido por adopción para caminar por la Ciudad Vieja y el puerto de Montevideo, o compartir una charla con su querido colega Carlos Muñoz.

Ángel Labruna, el director técnico que en 1975 hizo campeón a River después de 18 años, fue otra de sus debilidades. No se cansaba de contar anécdotas, como cuando el entrenador metía las manos en los bolsillos y sacaba boletos de las carreras de turf o interpelaba a un cronista del diario Crónica: “¿Usted es de Crónica matutina o vespertina?”. También Alfio “Coco” Basile estaba en lo alto de su lista de afectos.

El trabajo era una vía para hacer grupo y compartir horas fuera de la redacción. Jugó los torneos internos de prensa y también fue director técnico del equipo de Deportes; pregonaba el estilo que quería ver como espectador.

Tras cubrir el Mundial de los Estados Unidos 94 junto a Carlos Losauro y Juan Zuanich, otros dos inolvidables compañeros con los que se reencontrará en algún lugar, Ferraro dejó La Nación en 1996. Su vertiente docente la canalizó siendo presidente de la escuela del Círculo de Periodistas Deportivos entre 1997 y 2007, entidad a la que que rescato de una seria crisis económica. También impartió la materia Fútbol en Deportea, donde muchos alumnos lo recuerdan como “una biblia”. Esos conocimientos le hicieron un lugar en el diario Olé, donde estuvo al frente del Diccionario Enciclopédico del Fútbol, cinco tomos que repasan letra por letra la biografía de centenares de futbolistas.

En los últimos años, su vínculo con el periodismo fue como comentarista radial de las campañas de Racing y del seleccionado argentino. “No sé si me escucharán muchos, pero yo me desahogo, digo todo lo que me parece”, contaba hasta hace poco.

Aunque las rodillas ya lo ayudaban poco a caminar, su fuerza de voluntad siempre era mayor para reencontrarse en un asado con viejos compañeros o en la inauguración de una placa conmemorativa de Carlos Losauro en la Plaza Roma, enfrente del viejo edificio de La Nación. Ya hacía años que había dejado de ser un fumador empedernido, pero nunca abandonó el culto a la amistad, a compartir recuerdos. Si leyera esta sencilla semblanza suya, con una expresión grave diría: “Y bueno, si no hay una mejor, publiquemos ésta”. Y acto seguido descerrajaría una sonrisa cómplice y pasaría su brazo sobre los hombros del interlocutor.