Por qué los animales grandes y longevos no mueren antes de cáncer (paradoja de Peto)

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Ballena jorobada (<i>Megaptera novaeangliae</i>) saltando. (Imagen creative commons vista en Pxfuels).
Ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) saltando. (Imagen creative commons vista en Pxfuels).

El cáncer lleva entre nosotros desde el origen de los tiempos. El primer caso conocido por la literatura científica corresponde a un hominino (un ancestro primigenio de los humanos) cuyos restos datan de hace 1,7 millones de años. Cuando los investigadores analizaron aquellos antiquísimos huesos hallados en una cueva de Sudáfrica, descubrieron evidencias de osteosarcoma, un tipo de cáncer agresivo que afecta a los huesos.

Pero no solo los humanos sufren cáncer. Nuestras mascotas son buena prueba de ello, ya que el cáncer es la causa principal de mortandad en gatos y perros. Lo mismo sucede en algunas aves, reptiles y peces, que viven tanto en cautividad como en estado salvaje. De hecho, estudios recientes han descubierto que incluso los dinosaurios padecían tumores (algunos de los cuales siguen por cierto afectando a nuestros niños).

En fin, en realidad el cáncer comienza cuando una célula muta de forma anormal y comienza a crecer y a dividirse incontroladamente, en un modo que interrumpe el funcionamiento normal de su ambiente biológico.  Lo cierto es que cuanto más viejos somos, más probabilidad hay de que seamos golpeados por este mal, ya que además de haberle dado más tiempo al tumor para aparecer, con la edad nuestras células se hacen más susceptibles a las mutaciones.

Una cosa curiosa que nos sucede a los humanos es que, cuanto más grande seamos físicamente (me refiero al peso y puede incluso que a la altura) más probabilidad hay de que desarrollemos tumores. La explicación es que las personas obesas o altas tienen un número mayor de células que las delgadas y bajitas. Y ya se sabe, cuantos más boletos juegues en el sorteo, mayor probabilidad de “ganar” el poco apetecible premio.

Esta observación con los humanos, llevó al epidemiólogo británico Richard Peto, hace casi cinco décadas, a suponer que cuanto mayor fuera la criatura analizada (pensemos en elefantes o ballenas) mayor debería ser la probabilidad de que murieran de cáncer, ya que una ballena puede llegar a tener 1000 veces más células que un humano.

Cuando Peto puso a prueba su teoría descubrió que esto no sucedía en la naturaleza. De hecho algunas ballenas viven hasta 200 años a pesar de alcanzar pesos de 180 toneladas. En efecto, la probabilidad de tener cáncer no es proporcional al número total de células de un mamífero, ni a su longevidad. A este aparente contrasentido, se le denomina la “paradoja de Peto”.

Pero veamos cómo es que una ballena (o un elefante) puede vivir tantos años a pesar de su enorme masa.

Comencemos con los paquidermos. Un estudio sobre el genoma de los elefantes, publicado en 2018 en la revista Cell Reports, descubrió que portan al menos 20 copias de un gen llamado p53. En humanos y otras muchas especies este gen funciona como supresor de tumores, es decir identifica los fallos en el ADN que no han sido corregidos y provoca la muerte celular para impedir que el error genético se reproduzca. Lamentablemente nosotros, así como buena parte del resto de las especies del mundo animal, solo portamos una copia de ese gen.

Elefante africano de sabana (<i>Loxodonta africana</i>). Imagen tomada en el parquue nacional Kruger, Sudáfrica. (Imagen Creative Commons vista en Wikipedia).
Elefante africano de sabana (Loxodonta africana). Imagen tomada en el parquue nacional Kruger, Sudáfrica. (Imagen Creative Commons vista en Wikipedia).

La pregunta obvia tras este estudio fue: ¿qué pasará con las ballenas? ¿Tendrán un mecanismo de control similar al de los elefantes? Para responder a esta pregunta un equipo de investigadores de la Universidad del Norte de Arizona en Flagstaff, y de la Universidad Estatal de Arizona en Temple, se propuso obtener muestras de piel de Salt, una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) hembra, que frecuenta las costas de Massachusetts. El ejemplar es sobradamente conocido por científicos y aficionados a la observación de las ballenas desde mediados de la década de 1970.

Los resultados de la secuenciación del ADN y del ARN de la piel de Salt (que se publicaron el año pasado en Molecular Biology and Evolution) se compararon con la información genética de varias especies de mamífero, incluyendo otras 10 especies de cetáceo: como la ballena azul, la ballena de Groenlandia o el cachalote.

Lo que descubrieron fue que ciertos loci genómicos (partes específicas del genoma) en las ballenas parecían haber evolucionado más rapidamente que en otros mamíferos. Estos loci contenían los genes que regulan el ciclo celular, la proliferación y los procesos intracelulares de reparación del ADN.

Además, las ballenas se diferenciaban del resto de mamíferos en que tenían muchos duplicados de los genes supresores de tumores. Esto sugiere que las ballenas son únicas, ya que para evolucionar a sus gigantescos tamaños han tenido que actualizar a buen ritmo estos importantes genes de “mantenimiento” que combaten la aparición de tumores.

Por otro lado, los científicos descubrieron que a pesar de que esas regiones concretas del genoma relacionadas con el cáncer evolucionaban más rápido en las ballenas que en el resto de los mamíferos, el resto de su ADN ha experimentado en promedio muchas menos mutaciones en comparación con otros mamíferos. Esto sugiere que sus células muestran tasas de mutación más lentas.

¿Servirá toda esta información para tratar los cánceres humanos? Bueno, esa es la idea. Si comprendemos los mecanismos que ballenas, elefantes y seguramente otras especies aún no estudiadas, han desarrollado para acorralar al cáncer, es probable que en el futuro podamos diseñar estrategias preventivas o terapias anti cáncer más efectivas.

Me enteré leyendo Medical News Today.

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