Las botas desatadas

Agencia EFE
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Madrid, 25 nov (EFE).- Ver a Maradona en un entrenamiento `limpiar' jugadores como si fueran conos era como ir a un parque de atracciones. Los regates, las fintas, el amago, y la sorpresa invitaban a sus compañeros a ser testigos directos de días inolvidables en sus vidas.

A Maradona, a menudo, le gustaba calentar con las botas desatadas. Era una manía. Entraba en trance. Se olvidaba de todo. Un síntoma de máxima concentración, de decirle al mundo, que era el número uno, con cordones ajustados, o sin ellos. Tenía problemas en los tobillos. Liberaba así presión. Era el mejor.

Diego es la pelota. Y la pelota es de Diego. Los genios son recordados siempre por su profesión. El Maradona futbolista en Argentina siempre fue un ser adorado. Aún hoy, 34 años después de ganar el Mundial de México '86, su camiseta, la de verdad, aquella con el logo de Le Coq Sportif, sigue vendiéndose en las calles de Buenos Aires.

Maradona siempre fue una marca registrada. Jugador fuerte, con un tren inferior potente, derribarle no era fácil. Fue canchero, peleón, amable con la gente joven. Defensor de causas perdidas, un día dio un paso en falso y ya no pudo volver atrás. Eduardo Galeano lo definió con esta hermosa frase. "Los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero. Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio". Descanse en paz. Maradona, para siempre.

Por Luis Villarejo

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