Bienvenido al hospital de halcones de Catar; por favor, tome un número

Tariq Panja
El cuidador de halcones en la recepción del hospital de halcones en Doha, Catar, el 6 de octubre de 2019. En el hospital de halcones de Doha, se forma una fila para consultas desde temprano, pero si eres de alcurnia te la puedes saltar. (Olya Morvan/The New York Times)
El cuidador de halcones en la recepción del hospital de halcones en Doha, Catar, el 6 de octubre de 2019. En el hospital de halcones de Doha, se forma una fila para consultas desde temprano, pero si eres de alcurnia te la puedes saltar. (Olya Morvan/The New York Times)

DOHA, Catar — Apenas abre la clínica, los pacientes y sus guardianes empiezan a llegar en un flujo constante.

En la sala de espera, se percibe ansiedad mezclada con tedio. Algunos visitantes deambulan por los pisos de mármol. Otros se acomodan en los sillones, hojeando revistas. Los más frustrados se acercan para presionar a los recepcionistas agobiados, exigiendo que los atiendan inmediatamente.

¿Y esa decena de halcones? No te alarmes. Están aquí a propósito.

Esta mañana es como cualquier otra en la clínica, el Hospital de Halcones Souq Waqif, que, como su nombre claramente lo indica, es un centro dedicado por completo a tratar a un miembro de la familia de las aves rapaces. Escondido en una esquina de la plaza principal del centro histórico, donde miles de fanáticos del futbol se han reunido para la Copa Mundial de la FIFA, hay un centro médico como pocos otros.

En Catar, como en muchos otros países del golfo Pérsico, el halcón desempeña una variedad de papeles, desde mascota hasta símbolo de estatus y competidor en carreras. Pero los halcones también son un vínculo apreciado e importante para la cultura ancestral beduina de la región.

Actualmente, las aves más codiciadas son objeto de intercambio comercial por cifras que pueden llegar a los miles de dólares. Pero las mejores valen unos cuantos millones para los hombres (y siempre son hombres los que tratan con los halcones) que invierten fortunas enteras en un pasatiempo milenario en el país más rico del mundo.

Sin embargo, en ocasiones esas aves se lesionan o se enferman, por eso las personas responsables de estos animales acaban en el Hospital de Halcones Souq Waqif, esperando su turno.

Manos entrenadas

Tres médicos se agrupan en torno al paciente. Las brillantes lámparas LED que penden sobre sus cabezas alumbran la mesa de operaciones. Una radiografía de cuerpo completo filtraba la luz de la pantalla donde estaba colocada en una esquina de la habitación, mientras que los pitidos constantes de un monitor de signos vitales hacían las veces de una banda sonora.

El problema inmediato del paciente, un caso agudo de cabeza inclinada, se identificó con prontitud. Ahora había que descubrir la causa. ¿Una lesión? ¿Influenza? ¿Algo peor? El halcón no podría estar en un mejor lugar para encontrar la respuesta.

Prasoon Ibrahim, de 38 años, lleva ocho años trabajando en el hospital, pero se sigue sorprendiendo cuando se detiene a pensar en los recursos con los que cuenta. Sentado en la concurrida sala de espera, que podría parecer la sala de emergencias de cualquier hospital del mundo a no ser porque todas las personas están acompañadas de un ave rapaz posada sobre sus manos enguantadas, Ibrahim enlista de manera automática todos los posibles tratamientos y el equipo especial que ofrece el hospital: exámenes de sangre y riñones; remplazo de plumas; endoscopías. Hablando cada vez más rápido, finalmente se detiene para respirar y dice: “Tenemos todo”.

Proveniente del sur de India, como casi todo el personal del hospital, Ibrahim, que tiene un doctorado en biología molecular, trabajó en un hospital normal antes de asumir su puesto actual. Y, como la mayoría de sus colegas, dijo, nunca había trabajado en ningún lugar con tanta tecnología de punta como la que ahora tiene a su disposición.

“En mi laboratorio, vi un secuenciador de ADN por primera vez”, dijo abriendo los ojos, como expresión de su sorpresa.

El centro, dispuesto en varios pisos y subsidiado por el gobernante de Catar, trata a aproximadamente 150 halcones al día. La mayoría de las aves van a revisiones generales luego de que las compran en las innumerables tiendas que venden halcones ahí cerca, o para que les hagan lo que el personal describe, sin dejo de ironía, como un “mani-pedi”, el equivalente a una manicura en la que afilan el pico y las garras del halcón anestesiado. Otros llegan para que les coloquen dispositivos GPS y radiotransmisores a fin de que los dueños sepan dónde están cuando las llevan a cazar. Los dispositivos generalmente se ponen en las plumas de la cola, aunque algunos requieren de una cirugía de implantación más invasiva.

El trabajo más serio, cirugía ortopédica para arreglar huesos rotos que en la vida silvestre significarían la muerte, se lleva a cabo en una unidad para tratamientos hospitalarios ubicada en otro piso.

En el área de tratamiento general, a la que solo tienen acceso el personal y sus pacientes, se divide a los técnicos en secciones especializadas; el espacio central está reservado para un grupo de trabajadores encargados de las computadoras. Analizan muestras fecales y de sangre, así como faríngeas, bajo microscopios de alta potencia que proyectan las imágenes en pantallas enormes. Cualquier cosa fuera de lo normal se marca para que la revise el pequeño grupo de médicos de alto rango vestidos con ropa quirúrgica verde que están de turno en el área.

En el otro extremo, otro grupo de personas está ocupado tratando de remplazar una pluma de la cola de un peregrino que parece ser un ave cara. “Cada especie tiene un patrón distinto, y cada pluma su propio patrón”, afirmó el técnico Abdul Nasser Parolil. Estiró el brazo para abrir unos cajones donde había una selección sorprendentemente amplia de plumas de diversos tamaños, colores y patrones.

Muchos de los miembros del personal reconocen que han aprendido su quehacer sobre la marcha; ninguno se había capacitado para trabajar con halcones antes de su empleo en este hospital o en otros centros parecidos de Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos. Algunos, como Prasoon, tienen formación en atención médica. En el caso de otras personas, el trabajo que realizan tiene poco que ver con lo que hacían en sus lugares de origen, antes de que la promesa de un salario alto los atrajera hacia el Golfo.

Mientras un poco de polvo salía volando del pico del gerifalte que Jahangir Mohamed estaba limando con una herramienta que parecía una lijadora eléctrica, explicó que había sido instructor de artes marciales en Kerala, su estado natal, en India. Llegó a ser cinta negra con un dan de tercer grado en karate, pero ya lleva más de diez años en Catar.

“Antes no entendía nada”, dijo, señalando a Parolil, que estaba concentrado en la pluma del peregrino. “Llegué aquí y aprendí observando”.

Uno de los hombres más respetados y de más edad es Wilson Joseph, de 54 años, que ya cumplió veinte años trabajando con halcones. Comenzó como cajero en un centro médico más pequeño en Arabia Saudita. Joseph comentó que era abogado penalista en India. Antes de llegar al Golfo nunca había visto un halcón, y mucho menos les había brindado atención médica. “Pero quería cuidar a mi familia, ganar más dinero”, dijo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2019 The New York Times Company

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