El bicampeón (Boca) y el que mejor juega en la Argentina (River): una historia de superclásicos sin dueño

Claudio Mauri
·4  min de lectura
Carrascal, poco influyente en el juego, trata de controlar la pelota entre Capaldo y Medina
Mauro Alfieri / LA NACION

Como a principios de 2021, otro superclásico sin dueño, ni en el resultado ni en la imposición de un modelo de juego sobre otro. Tanto Boca como River tienen motivos para la conformidad y para lamentarse. Estos partidos no terminan siendo una bisagra en la campaña de ambos, los mantiene en carrera, con una mezcla de sensaciones y sentimientos, a mitad de camino. Un equilibrio que no termina de romperse ni en la batalla táctica ni cuando el desarrollo se destraba e ingresa en el golpe por golpe.

Al igual que en enero, hubo más de un partido dentro de los 90 minutos, otra vez condicionados por las expulsiones, que hasta tuvieron similitudes con las ocurridas hace algo más de 60 días. Así como aquella vez vio la tarjeta roja Campuzano por sus manotazos, ahora fue Zambrano el que se excedió con los brazos. “Nos falta inteligencia para terminar con once”, reconoció Miguel Ángel Russo tras el final. Y si Marcelo Gallardo antes se había demorado en reemplazar a un Enzo Pérez que ya estaba amonestado, ahora no reaccionó a tiempo para sustituir a un Casco que tenía tarjera amarilla y venía caminando por la cornisa hasta ver la roja.

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La balanza sigue sin inclinarse para alguno de los dos lados, a pesar de que Boca, con el 1-0, lo pudo liquidar de contraataque con Tevez, Villa y Maroni, pero Armani se interpuso con tapadas que dejaron a su equipo en partido. Un River con más iniciativa y posesión, pero sin profundidad ni fluidez en la circulación de la pelota. Cuando más confundido estaba, sacó una acción de su repertorio: construcción por el centro, descarga al costado para la proyección de Angeleri y el centro para una nueva cabeza goleadora, la de Agustín Palavecino, que jugó su primer encuentro de titular tras haber ingresado en los cuatro anteriores. Gallardo estaba tan inquieto con el rendimiento de River, que en busca de una mejoría iba a reemplazar a Angeleri y a Palavecino, los protagonistas de la igualdad. El fútbol en ocasiones se escapa del pizarrón de los directores técnicos. “A veces pasan esas cosas”, admitió Gallardo sobre la incidencia de los imponderables sobre lo programado.

Cambiantes e imprevisibles como vienen siendo los clásicos, en unos pocos minutos el panorama se despejaba para River, porque tras el empate llegó la expulsión de Zambrano. Después fue el turno del otro arquero, Andrada, para evitar el segundo de River al desviar un remate de Angeleri.

Otro superclásico sin un ganador

Sin el lesionado Edwin Cardona, la individualidad más influyente desde que se corrigió el desatino de dejarlo en el banco en la eliminación frente a Santos, Boca atrapaba a River en su jaula táctica. A Miguel Russo le funcionó el novedoso planteo con tres zagueros centrales (Zambrano, López e Izquierdoz) y Capaldo y Fabra subidos por las bandas. Boca rara vez perdió el orden.

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Así como una pared abre una defensa, un taco orientado y profundo la desnuda. Por suerte, en un fútbol cada vez más mecanizado y estudiado, una genialidad rompe esquemas, pulveriza previsiones. En un partido que era impreciso, esa visualización inspirada no iba a salir de cualquier de un pie cualquiera. Fue el taco de Tevez, de espaldas al arco, el que puso en carrera libre hacia al área Capaldo, atropellado desde atrás por Paulo Díaz. Penal. Y Villa, autor del 2-2 en la Bombonera disputado cuando despuntaba el año, puso en ventaja a Boca, que había sido bastante selectivo en ofensiva. Atacó poco en el primer tiempo, pero cuando se desplegó demostró que podía hacer daño. Un rato antes, Armani había salvado ante una definición de Tevez en el área chica, tras una buena combinación por la izquierda entre Maroni y Fabra.

Tevez, autor de un gran pase de taco en el penal que le cometieron a Capaldo, disputa la pelota con Paulo Díaz
Mauro Alfieri / LA NACION


Tevez, autor de un gran pase de taco en el penal que le cometieron a Capaldo, disputa la pelota con Paulo Díaz (Mauro Alfieri / LA NACION/)

Si bien en River nadie está exento de un despliegue intenso y de participar en la recuperación tras pérdida de la pelota, Enzo Pérez muchas veces quedó solo para cubrir demasiados metros. Salvo Armani, y la seguridad y ubicación que mostró Maidana en su vuelta a un clásico tras dos años, en River no respondían las individualidades, sobre todo en ataque, con Suárez, Borré y Carrascal enredados en el achicamiento de espacios que proponía Boca.

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La amplia rueda de cambios sumó energías y el encuentro entraba en la faceta emocional de la que había hablado Gallardo el viernes. Por un arresto de Girotti, autor de un gol en el clásico anterior, River estuvo cerca de ganar sobre el final con una pelota que tomó un efecto diabólico a centímetros de la línea de gol. Hubiese sido un premio excesivo el 2-1. “No me pareció un buen partido. No me conforma no perder”, expresó Gallardo, con el semblante serio. A River lo persigue la fama de ser el mejor equipo de la Argentina, pero el último bicampeón es Boca. La discusión en el campo se saldó con otro empate. El debate seguirá abierto.

Marcelo Gallardo y Miguel Russo se saludan; Boca y River también quedaron a mano en el resultado
Marcelo Gallardo y Miguel Russo se saludan; Boca y River también quedaron a mano en el resultado


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