El bar que desafía a Tinder

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El bar que desafía a Tinder
El bar que desafía a Tinder

“Sois unos liantes”, protesta un chico joven, con rasgos asiáticos, de unos 20 años. Los cuatro que van con él dudan. “Venga, va, que está lleno de tías”, dice uno. “No, macho, vamos a mirar otro sitio”, propone un tercero. En pocos minutos, la decisión está tomada: “Nada. A esa de al lado: aquí son muy mayores”. La espantada de este grupo de amigos se produce después de un breve rastreo –cubatas en mano- por la cola que aguarda en la entrada de Single Love. Este local es una de las opciones con más éxito de ocio nocturno en Móstoles. Sus reclamos en medios de comunicación, que la publicitan como “la discoteca donde más se liga”, atrae a miles de personas de la zona cada fin de semana. En su mayoría, solteros maduros que prefieren el contacto visual, la presencia física, a las aplicaciones virtuales para encontrar pareja.

Y que se reúnen en un polígono de esta localidad del sur de Madrid en busca de una segunda oportunidad. O tercera. Algunos vienen desde su apertura, hace cinco años. Se acercan a por ese amor anunciado o buscan un ambiente relajado, lejos de la efervescencia juvenil de otras salas. Flanquean el paso varios guardias de seguridad con malos modos que se comunican entre ellos por walkie-talkies. En la puerta, dos personas despachan tiques: la entrada está a 10 euros con una consumición o a 15 con dos, aunque hay opción de reservados con botella a unos 100 euros y hasta cachimbas por 20. A pesar de la época, corre un viento de polígono a medianoche entre coches mal aparcados, cadenas de hoteles de extrarradio y un Mercadona cerrado.

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Single Love ofrece dos patios descubiertos y dos espacios de diferente música bajo techo. Cada fin de semana organiza actividades que mueve de lunes a jueves por la red. La Noche Prohibida, Golden Noght o El Festival del Amor son algunos de los nombres con que adornan las veladas. En ellas se organizan conciertos de homenaje a Hombres G o M-Clan, se incluye algún striptease con actuaciones picaronas o se fotografía en un panel a famosos como Leticia Sabater. Suenan canciones de radiofórmula: reguetón edulcorado, himnos bailongos. De vez en cuando, un éxito imperecedero. De esos que animan a una parroquia curtida en los ochenta. Luis, que espera a la intemperie, se ha acercado con un amigo. Ya ha venido en otras ocasiones. “Vivo cerca y lo hago por proximidad: así no cojo el coche”, justifica. Tiene 53 años y no busca nada concreto. “Mi propósito es divertirme, como en cualquier discoteca”, afirma.

Lo mismo dicen Carmen y Sonia, de 56 y 47 años respectivamente. Ambas son divorciadas y conocen el local desde su fundación. “Los propietarios son amigos”, indican bajo sendos vestidos ceñidos. Saludan continuamente a algunos trabajadores y a gente de la cola. Esgrimen que “una vez que pasas los 30” es donde hay que ir. Les pilla al lado de sus casas y, señalan, “no hay garrafón ni movidas”. “La noche está complicada. Cuando tienes entre 40 y 50 ya no te gusta tanto un sitio de jóvenes”, argumentan, “y aquí hay de todo”. Hablan de “gente fija” que se encuentran todos los fines de semana. Incluso personajes de los que tienen fichados todos sus pasos. Una pequeña familia que se ha formado al calor del supuesto ‘ligoteo’ y que ya queda como una pandilla de urbanización.

¿Buscan ellas una relación sentimental? “No”, responden rápido, antes de recular: “lo que surja”. ¿Y por qué aquí y no con las facilidades tecnológicas que ofrece el mundo actual? “Seguimos queriendo ver los ojos de la gente. Detrás de las pantallas no se percibe del todo cómo es la persona”, razona Sonia, que aun así tiene reservas a la hora de elegir pareja después de 15 años de matrimonio. “Hay gente bastante peculiar. Y las que vamos viniendo desde hace tiempo ya sabemos cómo funciona esto, quién se va siempre con alguien, los chavalitos que quieren pillar a mujeres mayores… ¡o los que están casados!”, enumeran.

Da la sensación de que el clima de Single Love es estable todo el año, sin altibajos. Así como el grupo de chavales que rehúye entrar en el césped de enfrente, hay quien ni siquiera mira locales de al lado, como el Cuore, con menos afluencia. Van directos a la entrada. Algunos grupos llevan parafernalia de despedida de soltera o de un cumpleaños. Y el habitual jolgorio etílico de las colas es aquí un silencio educado. Apenas se rompe por conversaciones tenues y alguna risa: nada que ver con el griterío adolescente de otros lugares. Miguel Vaquerizo, por ejemplo, fuma solo mientras espera. Pasará “a ver quién está” después de que una cita por una aplicación de móvil le introdujera en el sitio. “Vine con una chica de Toledo con la que había quedado. Ella me trajo. No lo conocía y vivo al lado”, confiesa este mostoleño de 48 años que estuvo 15 casado y tiene dos hijos. “Hay mucho divorciado de más de 40 años. Pero el ambiente es bueno. Aquí son las chicas las que entran”.

De hecho, una lo hizo con él. Ahora es su pareja (y no la de la cita que le descubrió el Single Love). Desde su experiencia, Vaquerizo divide la situación del interior como “mucho grupito” y “quien va a lo que va”. “Se viene para algo más que beber”, concede con veteranía. La mayor parte quiere “un polvo”, asegura, aunque en los tres años que lleva visitándolo ha visto varias parejas consolidadas. “Hay de todo. Esto es muy variopinto. La semana que viene voy a una boda de aquí, no te digo más”, resume.

En ese “de todo” se excluye a menores de 30. El panorama pinta más bien un aspecto de cotillón tardío en una boda, cuando los jóvenes han buscado un bar y los mayores apuran la barra libre en la sala del mesón. En un artículo de la revista Interviú de 2014, el propietario cifraba en un 72% la cantidad de divorciados de las 1.200 personas de aforo que entraban cada noche. Hoy, Ángel Luis Sanz, ese propietario, se niega a dar datos ni impresiones. Alega “una reunión” de madrugada para no prestar declaraciones y tampoco responde correos electrónicos posteriores. Lo único que expone es su intención de echar al reportero si hace preguntas a los asistentes. “Es que aquí hay que ir con cuidado. Y es un sitio que se pide mucho para rodajes”, alega el relaciones públicas, mostrando fotos de una grabación de ‘La que se avecina’.

Nada impide que la fiesta siga. A los animadores (chicos y chicas semidesnudos) se le arrima el público para tomar alguna instantánea y ser jaleado por sus amigos. Roberto, Toñi y Marte, de 42, 51 y 48 años, les atrae la “gente madura e interesante” que elige Single Love. “Es un sitio normal. Se tienen las mismas posibilidades de ligar que en cualquier otro, pero lo preferimos a chatear. Aquí tenemos el cara a cara”, explican ellas.

Hacia las tres de la mañana, el aforo no da a más. Los bailes se suceden localizados. La gran mayoría toma su copa de pie y con meneos cortos al compás. Fuera, la cola camina ligera. Con ganas de apurar la noche, están tres amigas argentinas con mucho tiempo viviendo en Madrid. Son Carolina, Johana y Natalia. Llama la atención su juventud: 37, 32 y 25 años. Cada una viene de lugares emblemáticos del sur de Madrid: Alcorcón, Getafe y Fuenlabrada. Se definen como “socias vitalicias”. “Hay una sala latina que nos gusta”, arguyen, “y está muy bien el ambiente”. También reconocen que la atmósfera es más propicia para el cortejo, aunque sea por el simple detalle de haberse autotitulado como “la discoteca del amor”. “Se nota. Ves que hay más acercamientos”, expresan las tres, solteras pero –advierten- “sin intención de nada”. Igual que Silvia, una mujer de 51 años con pose de cansancio. “Me quiero ir a dormir”, protesta quien ha venido “obligada”. “Dentro me siento como si tuviera 90 años. Parecemos del Imserso”, bromea.

Mientras, por el parque de enfrente, entre coches subidos a las aceras y botellas vacías, siguen pasando grupos indecisos. Un par de amigos miran el cartel rosa y las luces que salen de dentro.

  • ¿Y este sitio?, pregunta uno.

  • Olvídate, es para mayores, contesta el otro.

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