Australian Open: Feliciano López, el torero que domina el tiempo en puntas de pie

Sebastián Torok
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Feliciano López domina el tiempo en puntas de pie. Si el suizo Roger Federer es un ejemplo en el arte de la vigencia, el tenista español que en septiembre próximo cumplirá 40 años no se queda atrás. Zurdo, elegante para jugar, uno de los últimos exponentes del saque y la volea, se esmera por seguir burlándose de la caída de las hojas del calendario. Fue padre, por primera vez, el 4 de enero pasado y, tras evaluarlo con su mujer, la modelo Sandra Gago, decidió viajar a Melbourne para competir en el Australian Open. Debutando, en el Melbourne Park, en la primera ronda [venció al local Li Tu por 6-7 (1-7), 6-4, 7-6 (7-4) y 6-4], prolongó su récord con 75 presencias consecutivas en certámenes de Grand Slam. Pero no se quedó allí: en la segunda rueda, volvió de un 0-2 en sets y triunfó por 5-7, 3-6, 6-3, 7-5 y 6-4 ante Lorenzo Sonego (Italia), en 3h18m. Feliciano escribió un nuevo capítulo de longevidad en el tenis.

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"Hice un esfuerzo grande dejando a mi familia en casa", susurró, con los ojos humedecidos, el 65° del ranking. "Me emocioné un poco por toda la situación general. Por el regalo que me ha dado la vida de poder estar en la tercera ronda de un Grand Slam a mi edad. Hay que intentar aprovecharlo al máximo. No me esperaba poder remontar un partido así, jugar a este nivel y seguir con vida. Aunque no parezca importante estar en la tercera ronda, en mi caso concreto es algo que valoro mucho", destacó el toledano, tras batir a un rival catorce años menor y que partió como 31° preclasificado en Melbourne. Ken Rosewall, leyenda australiana, había sido el último veterano (39 años y 234) de la historia del tenis en remontar un 0-2 en sets en un partido de Grand Slam: fue en las semifinales de Wimbledon 1974, contra el estadounidense Stan Smith.

En mayo de 2018, Feliciano (campeón de la Copa Davis en la recordada final frente a la Argentina en Mar del Plata 2008), el Torero (como lo apodan) creyó que el desenlace de su carrera se aproximaba ya que había quedado afuera del Top 100 por primera vez desde junio de 2002 y esa condición en el ranking no le permitiría jugar los grandes torneos. Se puso en funciones como director del torneo de Madrid en 2019 y, de cierta manera, desvió la atención. Pero, lejos de alejarse del circuito, se aferró.

Con un juego que se adapta a la perfección en el césped, ganó el prestigioso ATP 500 de Queen's en junio de 2019 (en singles y dobles, con Andy Murray), ascendió 60 posiciones y su carrera entró en un escenario totalmente distinto y revitalizado. En el accidentado 2020, con los cinco meses de suspensión por la pandemia, López jugó once torneos individuales (incluidos Australia, el US Open y Roland Garros, en ese orden) y cinco en dobles (con España, en pareja con Pablo Carreño Busta, llegó a la final de la ATP, ganada por Serbia). El 2021 lo encontró en un estado diferente: fue padre y, a último momento, decidió viajar a Melbourne. No se arrepiente, claro.

"Con casi 40 años no me plantearía venir en la situación en la que está todo, si no fuera por estos torneos que me dan esas ganas de entrenar cada día. Es lo que me mantiene con ilusión. Estos torneos son mucho más importantes de lo que eran", comentó Feliciano, en atptour.com. Amante del vino tinto, podría comparar su carrera con esa bebida: cuanto más añeja, mejor. "Cada año es una incertidumbre para mí. Y sobre todo cuando pasas una edad y piensas que en algún momento algo fallará en el cuerpo, mi saque no va a correr, mi cuerpo va a ir más lento de lo normal. Tampoco es normal lo que me está pasando ahora. Entonces, uno siempre tiene en la mente qué día o en qué momento, por el motivo que sea, por lo físico o porque la pelota no te corre, llegará el final", le confesó, a LA NACION, durante Wimbledon 2019. Por el momento, tiene combustible para seguir haciendo kilómetros.

Su próximo rival en Melbourne será el ruso Andrey Rublev, 8° del ranking, un desafío de máxima complejidad. Pase lo que pase, ya podrá decir que en Australia escribió un nuevo capítulo de una historia personal muy rica en el arte de las raquetas.