Así ha arruinado Trump la autoridad democrática que EE.UU. ha paseado por el mundo durante décadas

Gonzalo Aguirregomezcorta
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Seguidores de Donald Trump ocuparon el Capitolio. (Getty Images)
Seguidores de Donald Trump ocuparon el Capitolio. (Getty Images)

A lo largo de la historia, el Capitolio de Washington D.C. ha sido tomado en dos ocasiones. Una fue en 1814 por las tropas británicas que entraron en la capital de Estados Unidos con la intención de quemar edificios oficiales durante la llamada Guerra de 1812; la otra sucedió este miércoles 6 de enero, el día en que los miembros del Senado y del Congreso fueron evacuados tras la ocupación del edificio por parte de varios seguidores radicales de Donald Trump. En estos cerca de 207 años que han pasado entre ambos eventos, la autoridad moral estadounidense en el mundo siempre se sostuvo gracias a la fortaleza de su democracia, un ejemplo a seguir paseado con orgullo; por las buenas y por las malas.

Diseccionar las razones de por qué un grupo de privilegiados ciudadanos estadounidenses decidieron entrar en el Capitolio sin apenas oposición de las autoridades - dentro, una mujer falleció por un disparo - es hacer un repaso de cómo el todavía presidente de EE.UU. ha sido capaz de convencer a un enorme sector de la población de que su causa es justa, su realidad es la verdadera y de que ser patriota es una cuestión que va más allá de los preceptos constitucionales, que pasa a ser un ejercicio de fe ciega más propia de otros países en los que EE.UU aplicó o pretendió aplicar su justicia democrática a lo largo de la historia.

Nadie ha dudado jamás de las garantías democráticas estadounidenses, cuyos pilares comenzaron a cimentarse con la Constitución de 1789. Nadie se ha atrevido a cuestionar su solidez. Los problemas de líderes autoritarios, de sociedades fracturadas y de falta de estabilidad política se percibieron desde lejos, como una realidad que nunca afectaría a EE.UU. - siempre que no hubieran conflictos bélicos con intervención estadounidense -. Durante la Guerra Fría, EE.UU. basó su política exterior - al menos de cara a sus ciudadanos - en un proceso democratizador global que encontró tantos adeptos como enemigos. La estrategia estadounidense de asegurar un mundo de democracias liberales siempre fue una manera de asentar su poder, de encontrar un estatus quo que sirviera a sus intereses económicos, migratorios, de desarrollo… La etiqueta de país salvador fue efectiva dentro de sus fronteras - con excepciones - y entre líderes amigos, aunque otros - enemigos y meros observadores - lo vivieran como injerencias inadmisibles.

Tropas estadounidenses durante la guerra de Vietnam. (Getty Images)
Tropas estadounidenses durante la guerra de Vietnam. (Getty Images)

Todo ello con la carta de presentación que mejor han sabido vender: la democracia, su democracia. Intocable, robusta, sustentada gracias a unas instituciones imposibles de reventar. Admirada por derecho, más allá de los errores bélicos históricos o de su contribución para alzar a líderes militares de derechas en varios países. La democracia en EE.UU. fue piedra angular del americanismo, término que selló en piedra Theodore Roosevelt, y que explicó en una frase “(…) es una cuestión de espíritu, de convicción y de propósito, no de credo o de lugar de nacimiento” y que evolucionó - con la moral por las nubes tras su determinante contribución en la Segunda Guerra Mundial - en el excepcionalismo estadounidense, es decir, en la teoría arraigada donde se sostiene que EE.UU. es diferente a las demás naciones gracias a valores como la libertad, la igualdad ante la ley, la responsabilidad individual, el republicanismo, su sistema económico y, por supuesto, gracias a su democracia representativa. Tras este concepto viene un sentimiento de superioridad donde creyó tener la misión de transformar el mundo.

Así hasta que el poder de la ‘mejor’ democracia pierde su esencia y muestra su fragilidad en estado puro. Por primera vez en casi 207 años, los cimientos democráticos estadounidenses se han tambaleado y este nivel de exposición, de crudeza, de canibalismo político comandado por Trump y trasladado a un sector de sus seguidores ha hecho que la marca EE.UU., se haya visto afectada, que su imagen en el exterior haya quedado trastocada. Se trata, probablemente, del último descosido de la legislatura del presidente saliente, la última intentona de revertir unas elecciones legítimas, su vergonzante jugada final, ésa que pondrá la guinda al pastel de su legado: el cómo dos semanas antes de su marcha de la Casa Blanca, alentó a sus masas a que atentaran contra la democracia que tanto dice defender.

Uno de los seguidores de Donald Trump que entraron en el despacho de Nancy Pelosi (Getty Images)
Uno de los seguidores de Donald Trump que entraron en el despacho de Nancy Pelosi (Getty Images)

En cuatro años de mandato, especialmente desde la campaña electoral hasta la invasión del Capitolio, Trump ha tejido una estrategia sustentada por falsedades, teorías conspiratorias y discursos irresponsables que ha servido para arrastrar a las masas, a sus masas, a cometer estos crímenes a cara descubierta y jactarse de gestas como entrar en el despacho de la portavoz de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, escribir cartas con amenazas e insultos y dejarlas en su mesa, robar artículos personales y del edificio, destruir mobiliario o campar a sus anchas por las salas del poder legislativo mientras senadores y congresistas se vieron obligados a esconderse. Todo ello como consecuencia del tono que Trump, miembros de su familia, de su entorno y medios afines han replicado hasta la saciedad durante meses hasta lograr la inestabilidad buscada, la insurgencia ansiada.

A finales de septiembre de 2020, Trump fue cuestionado en una conferencia de prensa sobre si garantizaría una transición pacífica en caso de perder las elecciones. No sólo no lo hizo, sino que incluso allanó el terrero para justificar sus acciones futuras tras dar a entender que las elecciones iban a ser un fraude.

“Habrá que ver qué sucede. Sabes que he estado quejándome de las papeletas, porque son un desastre. No habrá una transición, francamente”, afirmó al periodista en la Casa Blanca.

Un mes después, durante el primer debate presidencial entre Trump y Joseph R. Biden Jr., el presidente rechazó condenar a los supremacistas blancos estadounidenses y minimizó sus acciones contra las minorías. Incluso durante toda su campaña electoral, los guiños de Trump a este sector extremista de sus votantes fue constante, hasta el punto en que ni siquiera ha reprobado seriamente a los asaltantes al Capitolio, todo lo contrario.

Donald Trump alentó a sus seguidores en Washington D.C. (Getty Images)
Donald Trump alentó a sus seguidores en Washington D.C. (Getty Images)

Sus falsedades y amenazas siguieron siendo el combustible que estimuló a sus seguidores más radicales durante sus giras por el país y continuaron en el segundo debate presidencial tras verter diversas acusaciones infundadas a su oponente. Incluso durante la noche electoral, cuando el voto por correo comenzó a decantar la balanza del lado de Biden, Trump no cesó en su empeño de catalogar las elecciones de fraude, a través de las redes sociales y de las pocas apariciones públicas que ha realizado desde entonces. Su campaña para deslegitimar las elecciones sigue siendo imparable a pesar de que más de 50 denuncias en diferentes juzgados - incluido el Tribunal Supremo - han sido desestimadas por falta de pruebas, e incluso después de que el Colegio Electoral le diera a Biden los votos necesarios - ratificados durante esta mañana en la Cámara de Representantes y el Senado tras una jornada convulsa-.

Durante la senda a su ocaso, Trump llegó al punto de intentar presionar al Secretario de Estado en Georgia, el republicano, Brad Raffensperger, a que lograra los votos necesarios para lograr la victoria en el estado tras una llamada filtrada. Sus mentiras fueron expuestas por el propio Raffensperger durante una conferencia de prensa. El último intento para revertir las elecciones fue intentar presionar a su vicepresidente, Mike Pence, - maestro de ceremonias en la ratificación de los votos del Colegio Electoral - a que no aceptara el resultado desfavorable. Y la traca final fue la de dirigirse a sus seguidores en una aparición en Washington para instarles a que marchasen al Capitolio dejándoles un mensaje claro: “Nunca recuperaremos nuestro país con debilidad”. Es la invitación a la insurrección que ha cavado su tumba política - al menos por ahora - y que ha puesto en evidencia a EE.UU. como país de garantías democráticas.

Su comunicado tras la certificación de la victoria de Biden en el que afirma que habrá una “transición ordenada” el 20 de enero llega tarde. El daño ya está hecho porque la pataleta de Trump ha guardado reminiscencias a lo que otras naciones, como varias Latinoamericanas, han vivido hace muy poco tiempo o están viviendo en la actualidad. La historia nos ha enseñado que este tipo de ataques a las instituciones son el germen de regímenes antidemocráticos, por eso, lo que ha sucedido en el Capitolio y durante los últimos meses de la legislatura de Trump no debería quedar en una anécdota.

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