Arsène Wenger y el regalo del tiempo

Rory Smith
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Esas mañanas, nunca había suficiente tiempo. Durante años, podías poner la hora de tu reloj basándote en Arsène Wenger. La puntualidad es un rasgo extraño en el fútbol, pero Wenger era quisquilloso con ese tema. Su conferencia de prensa semanal en Colney, las instalaciones de entrenamiento del Arsenal que se encuentran a las afueras de Londres, siempre empezaban a las 9:00 a. m. Y comenzaban a las 9:00 a. m. en punto.

Había días en los que Wenger se mostraba defensivo, berrinchudo, un poco irascible, pero eran poco comunes. A menudo, en particular en los últimos años de su reinado, dio la impresión de que le alegraba hablar, chismear, ahondar en un tema o platicar de otro que hubiera captado su atención.

Casi nunca era algo que pudiera llegar a los encabezados de los periódicos: el tema de las tendencias a largo plazo en el desarrollo de los jugadores en Sudamérica siempre parecía entusiasmarlo más que la demora en el nuevo contrato de Jack Wilshere.

Sin embargo, nunca había suficiente tiempo. Para Wenger, era una cuestión de principios, incluso como estadista de edad avanzada, estar todos los días en el campo de entrenamiento antes que sus jugadores. Si no iba a llegar tarde con los medios de comunicación, por supuesto que no llegaría tarde con ellos.

Entonces, justo cuando parecía que se ponía en marcha, cuando comenzaba a conferir su sabiduría y compartir sus pensamientos, interrumpía todo —con una amabilidad impecable— y se retiraba. Las preguntas y las ideas quedaban en el aire, nunca se terminaban de consagrar.

No obstante, ahora, Wenger tiene tiempo. Más tiempo, en todo caso. Desde que dejó el Arsenal en 2018, ha sido fácil creerle que está retirado, suponer que su papel en la FIFA —como director de Desarrollo Mundial del Fútbol — conlleva un salario considerable, pero poco trabajo verdadero.

Sin embargo, si está retirado, no es muy bueno en eso. Si el trabajo de la FIFA tenía el objetivo de ser una sinecura, lo engatusaron. Le encargaron la tarea de crear un departamento de investigación que pudiera identificar las deficiencias estructurales en cada uno de los países del mundo. Está trabajando para garantizar que “todo el mundo tenga una oportunidad de jugar fútbol estructurado”. En su tiempo libre, ha escrito una autobiografía y se ha embarcado en una agenda promocional moderadamente demandante.

Tal vez esto no debería sorprender a nadie. Wenger nunca fue un candidato convincente para una vida tranquila. A Bixente Lizarazu, el exdefensa de Francia y ocasional colega de Wenger en su tiempo como comentarista de televisión, siempre le preocupó que le fuera “imposible detenerse”.

Es una caracterización que reconoce Wenger. Su estrategia en la dirección técnica fue universal. Según Wenger, se preparó como “un atleta de alto nivel: nunca salía, nunca fui a una discoteca, comía temprano, iba al gimnasio”. En sus palabras, su estrategia era “monástica”.

Todo esto tuvo un costo. En medio de los recuerdos de sus grandes equipos, su nuevo libro es más convincente cuando explica, aunque sea un poquito, los sacrificios personales. Wenger escribe que la dirección técnica es “solitaria”. Más de una vez, insinúa que no pasó tanto tiempo como podía con su hija, Lea (el orgullo que siente por ella es evidente: menciona varias veces su éxito académico en la Universidad de Cambridge).

“Si quieres logros, debes comprometerte por completo”, comentó cuando le preguntaron si se arrepentía de haber adoptado ese enfoque en su carrera. “Sin importar la vida que lleves, debes encontrar el significado de esa vida. El fútbol fue el significado de mi vida. No me arrepiento de eso”.

“Sin embargo, como en cualquier vida enfocada, se desarrollan algunos aspectos y se acaba con otros. Cuando estás en una competencia, te vuelves duro. Acabas con tu sensibilidad. Te enfocas en la eficiencia y el triunfo, pero no desarrollas otras partes de tu personalidad. Eso lo lamento. Pero no me arrepiento de la vida que viví. Haría lo mismo de nuevo”.

Su dedicación al juego permanece viva. Las metáforas que elige hablan de una vocación más elevada y una adicción de base. Incluso ahora, Wenger mencionó que “un día sin fútbol es como un día sin una misa para un cura”. Extraña entrenar —o, más que nada, la doctrina básica de ser un entrenador, ayudar a los “jugadores a maximizar el talento que tienen”— porque “si usas una droga todos los días durante 36 años, la extrañas, aunque eso signifique no volverla a usar”.

Pero ha encontrado un equilibrio. Todavía puede ser consumido por el fútbol; solo que ahora no tiene las exigencias de lo inmediato que lo distraigan de las grandes preguntas, los pensamientos más grandiosos.

Además, sigue teniendo esos pensamientos, sobre cualquier cosa y todas las cosas. Le preocupa que el desarrollo de los jugadores esté sufriendo porque los clubes son demasiado rápidos al momento de resolver los problemas de sus talentos jóvenes. “El equilibrio entre brindar apoyo a los jugadores y pedirles que usen su iniciativa se inclina demasiado hacia el apoyo”, dijo. “Debemos alentar a los jugadores a que tomen la iniciativa de nuevo, a que resuelvan sus problemas por sí mismos”.

Wenger teme que los clubes “pregunten qué pueden hacer para ayudar” demasiado rápido, ya sea ofreciendo psicólogos o entrenadores especialistas, y acepta que fue “uno de los primeros en crear el problema” porque su modernización del Arsenal provocó que los equipos emplearan una falange de entrenadores para cuidar cada uno de los aspectos del crecimiento de un jugador, y se eliminó la agencia individual.

Wenger cree que el fútbol, al nivel de la élite, está creciendo de un modo demasiado homogéneo, y se corre el riesgo de “perder las características locales”. Cree que, en una época en la que “todos juegan un poco de la misma manera, y todo el mundo cree que es el único que juega así”, existe el peligro de que la creatividad haya sido delegada al colectivo.

“El nivel técnico ha retrocedido un poco”, mencionó. “El Barcelona de hoy no es tan bueno como antes. El Real Madrid es el mismo caso. El Bayern Munich no es tan bueno como cuando tenía a Robben y a Ribérý a máxima potencia. El trabajo en equipo tiene estándares altos, pero el nivel individual ha bajado”.

En ese contexto, considera que los futbolistas creativos son reprimidos. “El físico ha tomado el control y los jugadores creativos han sido expulsados”, opinó. “Uno quiere ver jugadores como Maradona, Cruyff, Platini, Zidane. Pero desde que medimos los rendimientos físicos, esos jugadores están sufriendo”. Wenger cree que su expupilo Mesut Özil es una de las víctimas de ese cambio.

Wenger piensa que la extraordinaria colección de talentos de Francia se debe a su “exitosa política de inmigración”. Considera que es una inevitabilidad que haya una época de clubes satélite, como lo practican el Manchester City y la red de Red Bull. “No se puede tener una situación en la que el país que educó a los chicos deba pagar una megacantidad de dinero para usarlos, como sucedió con Paul Pogba o Jadon Sancho”, señaló. “Ese sistema no puede durar”.

Con respecto a la pandemia del coronavirus, sospecha que acelerará el viaje del fútbol a uno de dos futuros: una Superliga europea, un fenómeno sobre el que ha advertido durante algún tiempo, o un mundo en el cual “la Liga Premier se coma todo lo demás”. Tan solo espera que las imágenes de los estadios vacíos le enseñen al sistema que, “sin aficionados, no somos el mismo deporte”.

Además, Wenger se pregunta si la definición de éxito en el fútbol, tal vez, se ha vuelto demasiado reducida. “Vivimos en una sociedad en la que solo el ganador se lleva el crédito, y todos los demás se sienten inútiles”, mencionó. “Pero la vida no es así”.

Wenger, tal vez, es un excelente ejemplo de eso. Hace algunos años, muchos lo señalaron —en un estadio que ayudó a diseñar, trabajando en un club cuya reputación moderna fue forjada por él, en una liga que ha ayudado a definir— y le dijeron que había fracasado porque no había ganado un campeonato en poco más de una década.

Cuesta trabajo creer que Wenger extrañe todo eso: la presión, las críticas, el calor. Sin embargo, a pesar de todo lo que le ha dado al fútbol, y todo lo que el juego le ha quitado, no parece estar cansado para nada. Ahora tiene una oportunidad para hacer lo que quiera. Y lo que quiere hacer es pensar en algunas de las grandes preguntas y tratar de encontrar las respuestas. Y, por fin, parece que tiene el tiempo para hacerlo.

Un propósito en medio del sinsentido

En teoría, es posible que haya un acontecimiento deportivo más carente de significado en la historia que el triunfo 2-0 que obtuvo Dinamarca sobre Suecia el miércoles por la noche. Siempre había supuesto que una tanda de penales entre dos equipos que ya habían quedado eliminados de una competencia era la cúspide de la futilidad. No obstante, tal vez este encuentro la haya superado.

No solo porque fue un amistoso internacional en medio de una pandemia, un choque más en un calendario que está llevando a los futbolistas a sus límites físicos y a los entrenadores al borde de la paciencia.

De por sí esto ya era malo, pero lo peor es que ambos equipos —en especial, el local, Dinamarca— en esencia eran equipos improvisados, juntados de manera apresurada para compensar la falta de jugadores debido a una combinación de casos positivos de coronavirus, restricciones a los viajes y cuarentenas obligatorias. Sin embargo, la mejor ilustración de este absurdo fue que ninguno de los directores técnicos pudo asistir: ambos estaban en autoaislamiento por una posible exposición al virus (Janne Andersson de Suecia fue confirmado positivo antes de arrancar el partido).

Es difícil preparar una defensa convincente para justificar la simple ocurrencia de esta fecha FIFA. Su existencia es testimonio del vacío de la promesa de Aleksandar Ceferin de que la pandemia iba a unir al fútbol en un espíritu de compromiso mutuo. Al final, nadie se ha comprometido a nada. Todos los partidos se siguen jugando. Todos los grupos de interés se han asegurado de obtener lo que quieren, y todos esperan que los futbolistas y los aficionados se lo traguen.

Sin embargo, hay un puñado de casos en los que sirvió de algo este descanso. Por ejemplo, la selección varonil de Estados Unidos no se ha reunido en ocho meses. En ese tiempo, el perfil de la escuadra disponible para Gregg Berhalter, el entrenador, ha cambiado de manera considerable.

Los jugadores bajo el mando de Berhalter de pronto son algunas de las promesas más emocionantes del fútbol europeo: Chris Richards, Sergiño Dest, Yunus Musah y, tal vez más que todos juntos, Giovanni Reyna. Tyler Adams se ha consolidado con el RB Leipzig. Weston McKennie está prosperando en la Juventus. Tan solo tres jugadores de la escuadra de Berhalter tienen más de 26 años.

Es evidente que los choques en contra de Gales en Gales y Panamá en, bueno, Austria, le servirán enormemente a Berhalter mientras empieza a darle forma a un equipo con calidad de Copa del Mundo a partir de estas materias primas prometedoras. A pesar de todo el cinismo (merecido) para explicar por qué se están jugando estos partidos, lo anterior brinda al menos una razón válida para seguir celebrándolos. El presente del fútbol es extremadamente difícil, pero debe soportarlo si va a tener un futuro mejor y más fácil.

En caso de que te lo hayas perdido

A lo largo de los años, el fútbol ha producido un millón de historias sobre quienes triunfan a pesar de no ser favoritos: el Leicester City que ganó la Liga Premier, la Islandia que calificó al Mundial, los Estados Unidos que vencieron a Inglaterra en blanco y negro y en un glorioso Technicolor. Todos son especiales, pero muchos de los pilares de cada una de las historias son los mismos: un entrenador carismático, un heroico conjunto de futbolistas y algún secreto tras bambalinas que lo explica todo.

El Bodo/Glimt —en la antesala del campeonato noruego— está fundido en el mismo molde, pero con una excepción: en esencia es el ideal platónico de una historia de cenicienta. Este año, el equipo ha cautivado a Noruega, algo en particular conmovedor si consideramos que con la pandemia casi nadie ha visto sus juegos en vivo. El equipo debería levantar la copa el próximo fin de semana: un bálsamo para las almas de todos en este año.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company