Anfield, un concierto sin música

Agencia EFE
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Liverpool, 14 abr (EFE).- Los nombres de los grupos que han tocado en el Cavern Club de Liverpool aparecen incrustados en los ladrillos de sus alrededores, igual que aquellos que han liderado las grandes remontadas en la historia de Anfield están grabados a fuego en la memoria de los aficionados.

Oasis, Queen, Los Kinks, Arctic Monkeys... Son muchos las bandas y artistas que se agolpan en el rojo de la Mathew Street, una calle que arranca con una estatua, a modo de 'gárgola', de los Beatles, y que absorbe con el sonido de sus adoquines, ya que cada paso desprende una nota de los 'Fab Four'.

Es un ambiente que durante cuatro meses ha permanecido silenciado. Cuatro meses en los que el confinamiento del Reino Unido apagó los bares y restaurantes del país, hasta que este lunes creó un pequeño hilo de esperanza con la apertura de las terrazas. Esto caldeará los ánimos en las orillas del Cavern, ubicado en el corazón de la Mathew Street.

Estarán aseguradas las peleas en su fachada. No por entrar al mítico primer escenario -en el Reino Unido- de los Beatles, sino porque tanto los fanáticos del Real Madrid como los del Liverpool pugnarán por ver quién consigue que la estatua de John Lennon, tranquilamente apoyado en el ladrillo, luzca durante más tiempo su bufanda.

Aunque Lennon, ahora vestido con los colores de cualquier equipo que pase por Liverpool, nunca se identificase con una camiseta en concreto, igual que sus compañeros de grupo Paul McCartney, políticamente correcto a partes iguales entre Everton y Liverpool, y George Harrison. "Si hubiera un tercer equipo de fútbol en Liverpool sería de ese", dijo Harrison. Solo Ringo Starr, aficionado del Arsenal, rompió la tónica.

El club de su despegue, eso sí, permanecerá callado. No habrá visitas a un templo que sabe como nadie lo que es estar cerrado. Inspirado en los garitos de jazz de París y abierto por primera vez en 1957, el Cavern desapareció del mapa en dos ocasiones. Una en 1973, diez años después del último concierto de los Beatles, y otra en 1989.

La primera, motivada porque la 'Renfe' británica se hizo con los edificios para la construcción del metro de la ciudad y que terminó con la reapertura del club en una nueva ubicación; la segunda, porque perdieron la licencia después de que un cliente fuera agredido, llevando a sus dueños a la cárcel.

Para callar Anfield ha hecho falta algo más que una pelea o los deseos de expansión del ferrocarril británico. Ha hecho falta una pandemia mundial.

Las gargantas que entonaron el 'You'll Never Walk Alone' antes y después de que el Liverpool levantase un 3-0 al Barcelona en 2019 se tendrán que quedar en sus casas. O en las terrazas de los bares contiguos a Anfield, pero no podrán peregrinarse a una de las puertas laterales del estadio para recibir entre bengalas a los suyos.

A nadie se le erizará el pelo cuando el himno más épico del mundo del fútbol pare de sonar en la megafonía del estadio y la gente recoja el tema con sus voces.

La caldera, el concierto continuo en que se convierte un encuentro de los 'Reds', dará paso al silencio. Será un concierto sin música. Un partido 'a capela. Una versión instrumental de una de las mejores canciones de la historia.

Un solo de guitarra tocado con la misma frialdad con la que Mark David Chapman cercenó en 1980 las opciones de que los Beatles volvieran alguna vez al Cavern, el lugar que abandonaron en 1963 y al que Brian Epstein prometió que regresarían algún día.

Anfield, por fortuna, sí volverá a rugir de nuevo.

Manuel Sánchez Gómez

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