La última excentricidad de Rublev nos distancia aún más de los nuevos campeones

Guillermo Ortiz
·5  min de lectura
Russia's Andrey Rublev reacts during his ATP Barcelona Open tennis tournament singles match against Spain's Albert Ramos at the Real Club de Tenis in Barcelona on April 22, 2021. (Photo by Josep LAGO / AFP) (Photo by JOSEP LAGO/AFP via Getty Images)
Photo by JOSEP LAGO/AFP via Getty Images

Que Andrei Rublev era un excelente tenista lo sabíamos desde que en 2015 se llevara por delante a España en una eliminatoria de Copa Davis. Contaba por entonces con solo 17 años y, de hecho, lo que sorprende es que haya tardado tiempo en colarse en el top ten. El ruso, que lleva un año y medio colosal, se encuentra estos días en Barcelona disputando el Open Godó, que no entiende de crisis y vuelve a contar con varios de los mejores jugadores del planeta. En su primera ronda, día plomizo, se enfrentó al italiano Federico Gaio. Cual sería la sorpresa, tanto de su rival como del juez de silla cuando ambos descubrieron que Rublev se había presentado a jugar sin raqueta.

Es de suponer que estas son cosas que pueden pasar y que pasan de vez en cuando. Las estrellas de cualquier tipo acaban demasiado distanciadas de la realidad del día a día. Delegan y delegan hasta el punto de que el encargado del cordaje de las raquetas es uno, el encargado de meterlas en la funda es otro y él solo tiene que ir a la pista a la hora convenida mientras algún recogepelotas le acerca la bebida de su elección. El asunto no es ese. Rublev podría haber reaccionado a ese olvido con unas risas o con unas disculpas. Prefirió hacerlo con algo que se acercaba mucho a la chulería y la falta de respeto.

A lo largo del minuto y pico de vídeo que rescató la plataforma de tenis en directo Tennis TV, a Rublev se le ve ausente, como si no quisiera estar ahí, casi enfadado, con la sensación de que alguien le debía algo. El juez se ofrece a ayudarle y Gaio se limita a asistir perplejo a la situación. "Mientras llegan las tuyas, puedes ir calentando con esta", le dice el árbitro en un momento dado... y a Rublev parece sentarle mal. No entiende que le están esperando, no entiende que es su obligación cuidar de su equipamiento, no entiende que la gente no está ahí para perder el tiempo porque él se ha despistado. Es una estrella y exige ese trato.

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Es curioso que este incidente -por lo demás, banal, Rublev ganó el partido y de hecho ya está en cuartos de final- suceda dos semanas después del escándalo que afectó a la tenista australiana Astra Sharma en Bogotá, cuando le quitaron un juego por la desidia del árbitro y encima le cayó a ella la bronca. Decíamos entonces que nos costaba imaginar ese mismo trato a un hombre y poco ha tardado el tiempo en darnos la razón. A Rublev no se le mete prisa, no se le reprocha el despiste y solo falta pedirle perdón. Todo son facilidades, no vaya a decidir que el año que viene no vuelve al torneo.

El problema de la nueva generación de tenistas nacidos entre mediados y finales de los 90 no es solo que no hayan ganado un torneo grande en su vida -el tenista más joven en llevarse un grand slam es Dominic Thiem, nacido en 1993- y que solo ahora empiecen a ganar con mayor asiduidad a Nadal o Djokovic, que rozan los 35 y 34 años respectivamente, sino que conducen su vida de una manera muy extraña. Ser joven y multimillonario siempre ha sido una combinación peligrosa, pero hay generaciones y generaciones. Quizá estábamos demasiado acostumbrados a la profesionalidad de los nacidos en los 80. No solo Djokovic, Federer y Nadal sino también los Roddick, Hewitt y otros grandes campeones, pero lo que hemos visto en el último año ha sido muy decepcionante.

Es muy complicado empatizar con gente que se va de fiesta en plena pandemia y acaba contagiando a todo el mundo. Alexander Zverev, por ejemplo, ocupa más espacio en prensa por su azarosa vida sentimental que por sus resultados deportivos. De Nick Kyrgios mejor ni hablamos, claro. Coquetear con la vida de estrella de rock está bien pero para eso tienes que ser Keith Richards. Aún recordamos a Daniil Medvedev comportándose como un engreído en el US Open de 2019, hasta el punto de que toda la grada se puso en su contra partido tras partido. 

Aparte, todavía tenemos a los Fabio Fognini o a los Benoit Paire de turno. Seamos claros: el tenis tiene ante sí un reto gigantesco. La pandemia no solo ha arrasado con el calendario y ha alterado los rankings sino que ha distanciado aún más a su audiencia potencial. Los tres pilares mediáticos y deportivos que han sostenido el invento durante los últimos 15 años están al borde de la retirada. No puede ser que el tenis solo llegue a los titulares porque tal jugador ha sido descalificado o tal otro ha decidido dejar de jugar un torneo fallando a propósito.

La ATP necesita ahora un modelo claro -que no tiene, porque ahí está Djokovic trabajando en una alternativa- y necesita figuras atractivas que sean referentes tanto fuera como dentro de la pista. Y si no lo van a ser fuera, que tampoco es un requisito ineludible, al menos que lo sean dentro, jueguen de maravilla y ganen títulos de prestigio. De hecho, con que se presenten con su raqueta y con ganas de jugar, igual nos vale. No es momento de tonterías, desde luego, y cada día nos depara una nueva.

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