Más allá de la goleada: Boca quiere recuperar su identidad y ya imagina otro mano a mano con River

Pablo Lisotto
·6  min de lectura
Medina y Soldano se acercan a saluda ra Zárate, tras el penal que sentenció el 3 a 0 sobre Defensores de Belgrano
LA NACION/Santiago Hafford

Boca es una moneda al aire. Desde hace unos meses deambula por las canchas tratando de encontrar una identidad. Cuando el azar o alguna de sus individualidades se activan, todo es sonrisas. De lo contrario, hay caras largas.

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Anoche, en la otoñal noche de La Plata, cayó del lado positivo. El 3 a 0 sobre Defensores de Belgrano no solo descomprime un contexto futbolísticamente desfavorable, sino que además le permite avanzar a los octavos de final de la Copa Argentina. Con un dato extra: si River derrota a Atlético Tucumán, habrá Superclásico.

Se le allanó demasiado pronto el camino al conjunto Xeneize. Con un claro protagonismo desde el inicio de juego, a los 10 minutos se encontró con un claro penal de Sosa (mano, tras un córner ejecutado por Zárate desde la derecha). El exVélez la colocó con precisión junto al poste derecho y celebró con ganas.

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Antes y después fue todo de Boca en esa primera etapa. A los 2 minutos hubo un buen centro desde la izquierda que fue cabeceado apenas desviado por Rojo. Hubo dos tiros libres muy peligrosos desde la puerta del área ideales para Cardona. Lesionado el colombiano, los malograron primero Zárate, de la izquierda, y luego Obando, desde la derecha. El joven volante ofensivo tuvo otras dos chances en una misma jugada, pero en ambas perdió contra Pietrobono, luego de un muy buen desborde de Zeballos por la derecha.

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A Defensores le pesó la diferencia de categoría y desaprovechó un contexto casi ideal para hacer historia. En vez de emular a Claypole e ir a buscar el golpe de nocaut ante un Boca que llegaba groggy a este encuentro, optó por interpretar el rol de sparring. Lejos de Rossi, el Dragón no se animó, se fue complicando solo y al comienzo abusó del juego brusco: además del penal cometió 6 faltas en los primeros 10 minutos.

La única clara en favor de los dirigidos por Esmerado fue un gran tiro libre de Olivares, que sacudió el travesaño a los 8 minutos del complemento. El azar jugó para Boca, porque el rebote dio en Rossi y salió hacia un costado. En la primera parte había tenido otra, gracias a la única falla de Rojo en toda la noche. El experimentado defensor se demoró en una salida desde atrás, López lo apuró y el exEstudiantes le terminó dando un manotazo en el rostro para ganar la posición. El tiro libre se fue lejos.

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Más allá del resultado favorable, fue un buen partido de Boca. Con actitud, con voluntad. Con la frescura de Almendra, Varela y Obando (la figura) en el mediocampo. Con un Zeballos atrevido que enloqueció a Nadal en el mano a mano por la derecha. Con un Soldano siempre comprometido, pero lejos de la red. Y con un Zárate más suelto que nunca, tal vez relajado al no estar ni Tevez ni Ábila entre los convocados, y con la lucidez de saber elegir cuándo hacer la personal y cuándo jugar en equipo.

Debió definirlo antes el Xeneize. Su falta de decisión pudo haberle costado caro. Pero Defensores no pudo. Y entonces llegó el segundo (buen desborde de Obando por la izquierda y centro atrás aprovechado por Mas a los 17) y el 3 a 0, otra vez de Zárate, de penal a los 30. El ex Vélez le ofreció el tiro desde los once metros a Soldano, que no aceptó la invitación.

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Más allá de la efervescencia, se repite un concepto: desde hace un tiempo largo que no existe una respuesta contundente a una pregunta sencilla: ¿a qué juega Boca? Y el interrogante excede a la actual conducción de Russo. Porque lo mismo murmuraban los hinchas durante buena parte del ciclo Alfaro, e incluso en pasajes del de Guillermo Barros Schelotto. El Mellizo fue tal vez el último que apostó a una idea ofensiva que durante buena parte de su ciclo le funcionó con éxito.

El festejo de Mas, capitán y goleador de Boca ante Defe
LA NACION/Santiago Hafford


El festejo de Mas, capitán y goleador de Boca ante Defe (LA NACION/Santiago Hafford/)

El bajo nivel del ámbito local lo obnubila. Lo engaña. Aun cuando las estadísticas así lo determinan, golpearse el pecho y gritar a viva voz que el equipo de la Ribera es el campeón vigente de los últimos dos torneos organizados por la AFA (Superliga y Copa Maradona) sin reconocer sus limitaciones, es igual a hacerse trampa jugando al solitario.

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En este contexto de euforias y depresiones deportivas aparecen, encadenadas, la lluvia de goles ante Vélez en Liniers (histórico 7 a 1) y la apretada victoria 2-1 sobre Claypole, que rozó el papelón. Los interesantes planteos frente a River y el desalmado 0-3 ante Santos, en Brasil, por las semifinales de la Copa Libertadores. Este partido con Defensores se sumó a esa montaña rusa. Y al equipo lo encontró en subida. Con un Rossi sobrio como siempre, con un Rojo que impone desde la última línea toda su jerarquía, con la frescura de la nueva generación en el medio y, aún sin descollar, con el mejor Zárate desde que Russo volvió a Boca.

En el horizonte vuelve a aparecer River. Siempre y cuando el Millonario supere por esta misma instancia a Atlético Tucumán (una llave que aún no tiene fecha definida), habrá Superclásico en los octavos de final de la Copa Argentina.

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De darse, será el primer mano a mano de la gestión Riquelme contra los de Marcelo Gallardo, el monstruo que supo devorarse en fila a Daniel Angelici, Rodolfo Arruabarrena, los mellizos Barros Schelotto y Alfaro en cinco serie consecutivas de 2014 a hoy, por diferentes competencias: Sudamericana, Libertadores (3) y Supercopa Argentina.

Boca respira, aliviado. Con decisión, goles y buenos pasajes de juego, se sacó de encima un partido incómodo desde lo emocional más que desde lo futbolístico. Y logró el cuarto triunfo del año sobre 13 partidos (7 empates y dos derrotas, y un 48% de eficacia). Su ilusión y objetivo es, de aquí en adelante, recuperar la regularidad de comienzos de 2020 y una idea de juego clara, que exceda a los nombres que la interpreten.