Se acabó la Superliga. ¿Ahora qué?

Rory Smith
·13  min de lectura

Después de todo lo dicho y hecho, todavía hay algo que no sabemos. No sabemos qué quiere hacer la docena de capitalistas de riesgo, industrialistas y principitos petroquímicos detrás de la Superliga. Sabemos cómo iba a lucir el futuro que planearon. Sabemos, o al menos podemos imaginarnos, el daño que podrían haber hecho.

Pero, en realidad, no sabemos por qué.

Claro está, tenemos los lugares comunes, las lisonjas que ofreció Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid, en esa aparición descarada en un estridente programa español de debates: que esta era la única manera de salvar al fútbol, que el oleaje alto levanta todos los botes, que no había otra opción.

Dinero... o no

También conocemos la arrogancia, la explicación de la navaja de Ockham: en el fondo, el objetivo de todo esto fue solo el dinero, la búsqueda incesante, insaciable, metastatizada de dinero, un intento cínico y avaricioso por acumular lo más posible, de quienes ya tienen mucho más que la mayoría de las personas, y mucho más de lo que necesitan.

Sin embargo, aunque uno de esos puntos es más válido que los demás, ninguno brinda una explicación satisfactoria para saber qué unió al grupo dispar de doce dueños de clubes detrás de un complot chambón como la Superliga. Después de todo, han pasado buena parte de la última década riñendo entre ellos. Sus motivos, prioridades y preocupaciones son muy distintos. Con la cabeza fría, no son tanto la solución del otro, sino más bien el problema del otro. Por eso, se mantiene en pie la pregunta: ¿por qué?

Tres grupos

Tal vez sea más fácil dividir a los doce en tres grupos. 

  • En uno, los equipos ingleses con dueños estadounidenses o con influencia estadounidense: el Liverpool, el Manchester United , el Arsenal y el Tottenham. Su objetivo no solo es ganar más dinero, también es gastar menos. Quieren controles de costos, límites salariales, regulación financiera. También quieren un ingreso estable y gastos restringidos.

  • Su problema es la presencia del segundo grupo en el fútbol europeo: los equipos atípicos, el Manchester City y el Chelsea, con respaldo de dueños que prefieren la abolición de esas limitantes. Su principal interés es usar su capital privado para obtener una ventaja competitiva. No se involucraron en el fútbol para ganar dinero. Les interesa poco el balance. Aparecieron para obtener el reconocimiento popular y, por medio de este, una legitimidad política y cultural.

  • Y luego está el tercer grupo, conformado por los seis equipos españoles e italianos. Su problema no solo es la riqueza infinita del Manchester City, el Chelsea y unos pocos más, sino también la existencia del primer grupo. El titán económico que es la Liga Premier ha inflado los salarios en toda Europa. Ha puesto en desventaja en el mercado de transferencias al Real Madrid, al Barcelona y al resto. Los ha obligado a tener montañas de deuda y a enfrentar un futuro de segunda clase a pesar de considerarse a sí mismos equipos en la vanguardia del fútbol.

Claramente, todos decidieron —algunos con bastante más detenimiento que otros— que una superliga era su oportunidad. El primer grupo iba a ser capaz de redactar varias medidas para el control de costos, para afectar el poder del segundo grupo, equilibrar su propio campo de juego privado; a cambio, el City y el Chelsea iban a obtener el prestigio que hizo funcionar los proyectos del primer grupo. Mientras tanto, el tercer grupo ya no iba a tener que contemplar con anhelo los acuerdos televisivos de la Liga Premier.

(VIDEO) Qué es la Superliga europea de fútbol y por qué naufragó en solo 48 horas

Juego de poderes

Por supuesto, es una bendición que el plan no haya llegado a buen puerto. El deporte en conjunto celebró como una victoria el hundimiento del proyecto a 48 horas de ser lanzado —estropeado, casi de inmediato, gracias a una combinación impactante de planeación poco profesional, comunicaciones chapuceras y una reacción negativa subestimada—, un golpe de las masas a los aristócratas, una nariz sangrante de las fuerzas del capitalismo mundial.

Y, hasta cierto grado, eso fue precisamente lo que sucedió. La amenaza de una superliga, de una manera u otra, se ha cernido durante décadas como una nube sobre el fútbol europeo. Ha salido a colación un año sí y un año no, pero ha aparecido en todas las negociaciones relacionadas con la división del dinero que genera, en particular, la Liga de Campeones.

Ahora ya desapareció. Es posible que, para cuando acabe este fin de semana, cuando el Manchester City o el Tottenham celebren la obtención de la Copa de la Liga , cuando el Bayern de Múnich esté más cerca que nunca de otro título de la Bundesliga, cuando el Inter de Milán alcance otra corona de la Serie A, todo esto se sentirá como un delirio febril. En la superficie, lo dejaremos detrás. La insurrección habrá sido derrotada, condenada al pasado. Todo regresará a la normalidad.

Sin embargo, eso es un espejismo porque, aunque la Superliga nunca tuvo la oportunidad de celebrar un partido —apenas tuvo tiempo de crear un sitio web—, todavía podría ser el catalizador para la salvación del fútbol. Después de todo, le ha arrancado de las manos la influencia a la élite. Jugaron sus cartas y todo resultó un engaño. Ahora, por primera vez en años, el poder reside en la fuerza colectiva de las luces menos brillantes del juego.

Equivocación

Deberán usarlo. La Superliga se equivocó en casi todos los niveles pero, aunque sus arquitectos nunca terminaron por tener el valor de salir en público y decirlo, acertó en una cosa. La economía y el ecosistema del fútbol, como están ahora, no funcionan.

Fue una manera de reconocer el punto que a final de cuentas explica cómo doce equipos, en esos tres grupos distintivos, pudieron juntarse bajo la misma bandera, aunque haya sido durante un momento breve, aunque haya dado la impresión de que fue sin percatarse de que estaba adornada con un cráneo y dos huesos cruzados.

El statu quo no les funciona a los dueños estadounidenses que necesitan controles de costos. No les funciona a las lujosas casas antiguas de la Europa continental, las cuales no pueden competir con la riqueza de la Liga Premier. E, infinitamente más importante, no le funciona a casi nadie más.

No les funciona a los equipos condenados a ser la carne de cañón del Manchester City o el Paris Saint-Germain , ni a las competencias nacionales devastadas bajo las larga sombras de la Liga Premier, La Liga y la Bundesliga, ni a los nombres famosos —Ajax, Benfica y Estrella Roja de Belgrado— reducidos a papeles secundarios en los torneos europeos, cada vez más lejos de un retorno a sus días de gloria.

Eso lo sabe Aleksander Ceferin, el presidente de la UEFA y el hombre que encabezó el contrataque de la que llegará a conocerse como la Guerra del Domingo al Martes. El problema del equilibrio competitivo motivó el ascenso a su puesto actual. Una de las muchas ironías de todo este lamentable fárrago no es solo que también lo supieran los rivales de Ceferin en el campo de batalla, sino que le hayan dado la oportunidad perfecta de hacer algo al respecto.

(VIDEO) Superliga Europea nació muerta

Cambio necesario

Los órganos rectores que se opusieron a la Superliga son héroes improbables. Después de todo, la UEFA no ha sido menos cómplice que las ligas y las federaciones nacionales de vender el fútbol al mejor postor. Durante décadas, no solo se ha sentado a ver, sino que también ha promovido de manera activa el influjo de dinero en el juego, no ha cuestionado ni una sola vez hacia dónde podía llevar todo eso.

Una interpretación caritativa sería que todos ellos estaban cautivos, o temerosos, de los equipos de la élite. Sin embargo, de pronto ya no hay razones para tener miedo. Detrás de Ceferin hay una confederación de gobiernos, ejecutivos, jugadores y aficionados que han dejado clara su objeción a que el fútbol realice un viaje inexorable por ese mismo camino.

Ahora existe el ímpetu y el apetito de cambio: no su cambio, el tipo que iba a atrincherar a la élite en sus palacios, aislarlas de las corrientes y las crisis fuera de sus puertas, sino uno que podría permitir que más equipos se beneficien de las recompensas que los clubes separatistas buscaban acordonar para ellos.

La forma que podría adoptar está abierta a discusión. ¿Echar atrás las reformas a la Liga de Campeones que se aprobaron esta semana mientras una guerra civil envolvía el fútbol? ¿Volver a equilibrar la manera en que se comparte el dinero en la Liga Premier, después de años de una erosión gradual del principio igualitario que representa el cimiento de la competencia? ¿Un aumento en los pagos solidarios de la UEFA a todo el continente?

Sin importar cuál sea la siguiente maniobra, se requiere más que el compromiso de todas las partes que se opusieron a la Superliga y la disposición de los legisladores para actuar, en vez de tan solo obtener puntos políticos fáciles. También se necesita que los aficionados establezcan, entre ellos mismos, qué tan lejos están dispuestos a ir, a qué se refieren exactamente con un cambio.

Imagen y semejanza

En esas primeras horas tras el anuncio de la Superliga, se arraigó una narrativa, en especial en Inglaterra. Según dicen, era un intento de los dueños estadounidenses por hacer una nueva versión del fútbol a su propia imagen: querían una liga cerrada, más parecida a la NFL o la NBA, una en la que la estabilidad de lugar produjera seguridad de ingresos.

El paralelismo era imperfecto, claro está; en realidad, no era nada más que una clave para explicar y satanizar la estructura de la propuesta de escisión. En todo caso, de hecho, el fútbol europeo podría adoptar una forma más parecida a los modelos estadounidenses gracias a las sugerencias de cambios realizadas después del lanzamiento de la Superliga y su colapso inmediato.

Variedad y dinastía

La principal diferencia entre los deportes de Estados Unidos y el fútbol de Europa es la dinastía. En las principales ligas de Norteamérica, de vez en cuando aparecen equipos dominantes: los Golden State Warriors ganan tres campeonatos en cuatro temporadas; los Patriotas de Nueva Inglaterra mantienen su éxito durante casi dos décadas.

Sin embargo, como regla, se implementa un sistema de controles y equilibrios —por medio del reclutamiento de jugadores y la presencia de un límite salarial— para garantizar que el débil de hoy al menos tenga una oportunidad de volverse el fuerte del mañana.

El fútbol no tiene ese tipo de mecanismos. En cambio, su motivación es un deseo de éxito, pero no solo momentáneo, sino perpetuo.

El fútbol es un deporte definido por la dinastía. Es la razón por la que no solo los equipos como el Barcelona y el Real Madrid —en teoría, propiedad de sus miembros, y por lo tanto a cargo de presidentes que deben buscar la reelección—, sino también las entidades privadas, como la Juventus y el Manchester United, gastan a destajo en la búsqueda del éxito.

Los ejecutivos de esos equipos saben que no es posible mantenerse al margen una temporada. No es posible reconstruir con lentitud y cuidado para obtener un objetivo distante. Se espera que los equipos compitan ahora, ganen ahora. Si no lo hacen, los entrenadores son despedidos y los jugadores son vendidos, y nuevos entrenadores son contratados y nuevos jugadores son comprados.

Una temporada que el Bayern de Múnich no gane la Bundesliga es un desastre. Este verano, la Juventus tal vez despida a un entrenador novato porque no ha ganado la Serie A… no solo en su primera temporada con el club, sino que en su primera temporada, punto final. En algunas ocasiones, se ha tratado al Liverpool como un hazmerreír porque una larga lista de lesionados impidió que ganara un segundo título de Liga Premier un año después de haber obtenido su primero en 30 años.

Nunca suficiente

Estos son los valores dominantes en el deporte: en palabras de Alex Ferguson, una vez que ganas un trofeo, te olvidas de él y buscas ganar el siguiente. No obstante, aunque es parte del atractivo del fútbol —que una victoria nunca sea suficiente—, es un problema para los directivos de los clubes: siempre hay otro triunfo que planear, siempre otro pico que conquistar, siempre otro jugador que comprar. A final de cuentas, los aficionados están condicionados a esperar eso y por lo tanto eso exigen.

Pérez lo entiende por instinto. Por eso, en su segunda aparición televisada de la semana, mencionó que, sin una Superliga, el Real Madrid no podría permitirse contratar a futbolistas como Kylian Mbappé o Erling Haaland. Como Pérez lo concibe, las cuentas simplemente no le dan (aunque, de hecho, eso nunca lo ha detenido antes).

Fue un ardid transparente, una suerte de chantaje emocional. Pérez sabe que lo más importante para los aficionados del Real Madrid es que el club haga el tipo de contrataciones, construya el tipo de equipos, que puedan ganar la Liga de Campeones, no solo este año, sino también el siguiente. Dennos lo que queremos, dijo, y podremos darles lo que quieren.

Sin embargo, ese enfoque no es sostenible en un modelo en el que la riqueza se reparte de un modo más igualitario. No lo hace malo: ni siquiera lo hace peor de lo que tiene ahora el fútbol. No obstante, lo hace diferente y, sin cambios en la manera de gobernar el deporte y las expectativas de los aficionados, también podría ser insostenible.

Claro está que no es posible obligar a la élite a renunciar a más de sus ingresos en un juego que sigue abierto a inversiones del tipo que sobrealimentaron al Chelsea o al Manchester City. No se sostendría: lo único que podría pasar es que, con la ayuda de nuevo respaldo financiero, el Everton, el Newcastle United o el Harrogate Town pisoteen el paisaje libres de responsabilidad.

Sería más complicado que los aficionados redefinan el aspecto del éxito. Cuando los seguidores del Manchester United piden la introducción de la admirable regla 50+1 —prestada del fútbol alemán—, ¿están preparados para tolerar lo que le sigue? ¿Una moderación de las oportunidades de su propio equipo para obtener trofeos?

¿Los aficionados del Liverpool que de verdad están condenando la avaricia de sus dueños estarán a gusto de pasar un año o dos en el séptimo lugar mientras se reconstruye el equipo? ¿Los seguidores del Chelsea en las calles quieren un mundo donde una buena década implique un título de liga? Esto insinuaba Pérez: él debe ganar dinero porque así se lo exigen sus aficionados, así que, para satisfacer esa demanda, necesita más dinero.

La duda que queda

El deseo de compartir más el fruto generoso del crecimiento del fútbol es sincero y moralmente sensato. La idea de una docena o más de equipos con la esperanza genuina de ganar el campeonato al inicio de cada temporada —en vez del puñado de clubes que lo logran ahora— suena ligeramente idílico, como un regreso a las raíces del fútbol.

No obstante, cuando hablamos de un costo: esto equivaldría a que, al final de la campaña, un equipo que suele pertenecer a la élite sería menos propenso a ser el que mantiene la cabeza en alto. La redistribución de la riqueza también implica la redistribución del éxito.

Entonces, aquí hay algo más que no sabemos: ¿los aficionados que intimidaron a sus dueños esta semana por su avaricia, ambición y soberbia quieren que esto sea el inicio de algo nuevo, o simplemente la salvaguarda de lo antiguo? El tamaño del cambio dependerá de la respuesta.

This article originally appeared in The New York Times.