Un informe destapa el infierno del abuso sexual en el fútbol juvenil inglés

Luis Tejo
·8  min de lectura
Varios futbolistas disputan el balón durante un partido de juveniles entre el Everton y el Wigan
Un partido de juveniles en el fútbol inglés. Foto: Tony McArdle/Everton FC via Getty Images.

Los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos. Con ánimo de contentarles, de que se diviertan y de que de paso practiquen actividades sanas y beneficiosas, muchos inscriben a sus retoños en actividades deportivas; en nuestro entorno, el fútbol suele estar entre las más populares. Lo que no imaginan es que algo que hacen con la mejor de las intenciones, y que en principio no tendría que aportar más que beneficios, puede acabar convirtiéndose en una pesadilla terrible

Para muchos críos en Inglaterra el juego de la pelota, lejos de ser un espacio seguro, se convirtió en un infierno de abuso sexual por parte de algunos entrenadores y otros adultos. En las últimas décadas se han detectado casos en al menos ocho clubes profesionales, incluyendo algunos del más alto nivel como el Manchester City, el Chelsea, el Newcastle o el Aston Villa. Así se desprende, tal como informa The Guardian, de un informe que ha presentado Clive Sheldon, uno de los juristas más prestigiosos del Reino Unido.

Lo más grave del asunto es que, según el documento de 700 páginas que entregó Sheldon a la Football Association (el organismo que rige el fútbol en Inglaterra), la propia FA no hizo nada para evitar que tales casos se produjeran. Tras cuatro años de investigación, el abogado ha llegado a la conclusión de que durante mucho tiempo se fue extremadamente permisivo con depredadores sexuales bien conocidos. Fue un "fracaso institucional" porque la federación "actuó de forma excesivamente lenta a la hora de introducir las medidas adecuadas de protección. Hay fallos significativos para los que no hay excusa".

Se citan ejemplos concretos, como el de Barry Bennell. Este criminal trabajó durante muchos años en las categorías inferiores de equipos como el Crewe Alexandra (actualmente en la League One, tercera categoría) o el Manchester City durante los años '80 y '90. En 1998 fue condenado a nueve años de cárcel por 23 abusos confirmados (aunque se sospecha que puede haber centenares de víctimas), pero cuando salió de prisión adoptó una identidad falsa y continuó vinculado al mundo del fútbol juvenil.

Su caso no tuvo demasiada repercusión, puesto que a mediados de los '90 se había marchado a Estados Unidos, hasta que en 2016 el antiguo futbolista Andy Woodward publicó un libro relatando los abusos que había sufrido durante su carrera. Este testimonio fue el detonante de que otros muchos afectados contaran los horrores que habían sufrido durante su adolescencia, cuando estaban a sus órdenes. Así, en 2018 Bennell fue juzgado de nuevo y sentenciado a 30 años.

De izquierda a derecha, Steve Walters, Micky Fallon y Chris Unsworth, víctimas durante su adolescencia de abuso sexual por parte del entrenador Barry Bennell, atienden a la prensa tras el juicio que le condenó por estos hechos en 2018.
De izquierda a derecha, Steve Walters, Micky Fallon y Chris Unsworth, víctimas durante su adolescencia de abuso sexual por parte del entrenador Barry Bennell, atienden a la prensa tras el juicio que le condenó por estos hechos en 2018. Foto: Anthony Devlin/AFP via Getty Images.

Otro depredador identificado es Frank Roper, quien desde los años '60 había trabajado para el Blackpool. A sus órdenes habían estado, durante su infancia, jugadores como Paul Stewart, años más tarde internacional por Inglaterra. A Roper se le llegó a juzgar por "asalto indecente a un menor" varias veces entre 1960 y 1984, pero nada de eso impidió que siguiera colaborando con equipos juveniles. "Ni se hicieron los controles más básicos, ni existía mecanismo formal alguno para que los clubes hubieran podido obtener información sobre esas condenas", clama el informe.

Sheldon asegura que el problema viene de muy antiguo, pero considera que antes de 1995 no se puede acusar de forma específica al mundo del fútbol porque estaba generalizado en todos los ámbitos de la sociedad británica. "Había en general una ignorancia profunda y mucha ingenuidad entre los adultos responsables sobre los riesgos de abuso para los niños; se apelaba al sentido común y a la experiencia para protegerles. En esa época se consideraba que el abuso, cuando ocurría, se daba en el entorno familiar o en residencias, no en el mundo del deporte".

No obstante, incluso entonces se desatendían las "señales de alarma", como los rumores que circulaban sobre determinados entrenadores o las escasísimas protestas concretas que plantearon algunos jugadores. Sheldon indica que los casos en que las propias víctimas llegaron a denunciar son "excepcionalmente raros". Lo explica porque, según le contaron algunos de los que sufrieron abusos de jóvenes, por un lado los perpetradores tenían reputación de técnicos exitosos, lo que implica que hablar contra ellos no iba a tener credibilidad, y por otro que dentro de las canteras de los clubes se generaban ambientes de manipulación, vergüenza, miedo y bullying que forzaban a los adolescentes a mantenerse en silencio.

El problema, precisamente, es que las víctimas, que se cuentan por centenares, no tenían forma de dar a conocer lo que estaba ocurriendo. Y las pocas veces que lo lograban se topaban con muros de incomprensión. Sheldon recuerda un suceso específico de 1975, en el que Eddie Heath, entonces al frente de los juveniles del Chelsea, fue denunciado por el padre de un canterano que sospechaba que ocurría algo turbio. Dario Gradi, entonces entrenador asistente de los blues (y más tarde jefe en el Crewe, donde contrató a Bennell en varias ocasiones), frenó cualquier investigación y, 40 años más tarde, le dijo al jurista que "no consideraba que meter las manos en los pantalones de un muchacho fuera abuso sexual".

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Clive Sheldon le cuenta a Laura Scott [reportera de la BBC] que Dario Gradi conocía los rumores sobre el entrenador juvenil Barry Bennell y que los chicos se quedaban regularmente a dormir en su casa: "Gradi debería haber hablado con los chicos. De haberlo hecho, probablemente estos le hubieran contado el abuso que sufrían".

Abusadores como Heath, Bennell o Roper se presentaban como "mentores" que ayudaban a los jóvenes futbolistas a progresar y nadie se sorprendía de que, por ejemplo, se llevaran a los niños a dormir a sus domicilios. Se veía como una forma de trabajar tan válida como cualquier otra y se confiaba en ellos, sin aplicar ningún tipo de control. Gradi y otros dirigentes ni conocían ni tenían forma de saber lo que ocurría en los vestuarios. De ahí que en un cuarto de siglo, entre 1970 y 1995, apenas se registraran cuatro denuncias pese a que ahora se sepa que hubo muchos más casos.

Había una falta sistemática de cultura de protección de la infancia. Esto explica, por ejemplo, que el Newcastle tardara meses en despedir a George Ormond desde que comenzaron las investigaciones sobre él; años más tarde, en 2018, se le juzgó y condenó a 20 años de cárcel. O que no se hubiera establecido ninguna vigilancia sobre Bob Higgins durante sus etapas en el Peterborough y el Southampton; "si se hubiera hecho, posiblemente se habría podido evitar varios casos de abuso", indica el informe.

Sheldon reconoce que desde el año 2000 la situación ha mejorado mucho porque la FA ha empezado a adoptar medidas para evitar que tales situaciones se siguen produciendo, aunque ha reprochado a la entidad la lentitud a la hora de ponerse en marcha, puesto que desde al menos cinco años antes la opinión pública británica en general, y el mundo del deporte en particular, empezaron a cambiar su mentalidad con respecto a este asunto. En todo caso, el abogado considera que aún se debe progresar al respecto, mediante acciones como dedicar personal de forma específica a controlar el comportamiento de los entrenadores, o crear programas para fomentar que los chicos denuncien cuando se consideren víctimas.

El Offside Trust, una organización que agrupa a afectados y supervivientes de los abusos, considera que las propuestas son escasas y opina que es "profundamente decepcionante" que "se haya perdido una oportunidad para crear un estándar de categoría mundial para la protección de los menores". "Las recomendaciones que plantea Sheldon son obvias para cualquiera que se pare a pensarlo tras un par de semanas de conocerse el escándalo [en 2016, con la denuncia de Woodward]. La FA tendría que haber adoptado de inmediato cambios básicos, sin esperar a que se lo dijera un documento de 700 páginas".

La propia Football Association, por su parte, ha emitido un comunicado en el que, aunque recuerda que el informe Sheldon no le achaca culpabilidad en lo ocurrido antes de 1995, ofrece sus "disculpas de corazón" y asume su parte de responsabilidad por no haber sabido actuar para prevenir los abusos. Tanto la Premier League como la English Football League (que agrupa desde la segunda hasta la cuarta categoría) también se han disculpado públicamente y han asegurado que implantarán todas las propuestas del informe; de igual manera se han expresado algunos de los clubes afectados. Toda la sociedad británica confía en que el propósito de enmienda sea sincero, los cambios sean reales y efectivos, y la lacra del abuso de menores desaparezca del fútbol.

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