Abierto de Australia: el talento de Kyrgios y la noche mágica en la que el tenis recuperó el fervor

Sebastián Torok
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En algún sitio, John Cain habrá sonreído. Referente del Partido Laborista Australiano y primer ministro del estado de Victoria (cuya capital es Melbourne) entre 1982 y 1990, dejó su huella tras fallecer en 2019 después de sufrir un derrame cerebral. Cain fue una referencia y gran responsable del estatus que ostenta el Abierto de Australia. Durante su mandato, en 1988, impulsó la creación del Melbourne Park (antes conocido como Flinders Park), un centro moderno y amplio para trasladar el Grand Slam del romántico pero antiguo Kooyong Lawn Tennis Club. Se cree que esa fue una de las razones por las que todavía hoy el primer grande de la temporada logró crecer, se celebra en Melbourne y no se marchó, por ejemplo, a sitios con mayor poderío económico (China) que en su momento hicieron fuerza para adueñarse de la primera gran cita del circuito.

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En algún rincón habrá sonreído, Cain, seguramente. Desde diciembre pasado, uno de los estadios más valiosos del Australian Open dejó de tener un nombre comercial (Hisense) para llamarse John Cain Arena. El anuncio lo hizo, hace un tiempo, el actual primer ministro de Victoria, Daniel Andrews. Había sido escenario de buenos partidos el estadio con capacidad para 10.500 espectadores durante los primeros dos días del torneo aussie 2021, sin embargo, nada como el cierre de la tercera jornada. Nick Kyrgios, el tenista que parece no tener término medio y jamás pasa inadvertido, fue la estrella de un match que le devolvió el fervor al tenis. Prácticamente sin público desde la reanudación del tour en agosto pasado, el John Cain Arena lució una atmósfera comparable a la de las mejores jornadas de Copa Davis y los australianos vibraron con la victoria del actual 47° del ranking, que salvó dos match points, por 5-7, 6-4, 3-6, 7-6 (7-2) y 6-4 frente al francés Ugo Humbert, de talentosos 22 años y 29° favorito.

"No sé cómo hice esto, honestamente. Es uno de los partidos más locos que he jugado", admitió Kyrgios, tras el encuentro de tres horas y 25 minutos, charlando con Jim Courier (1° del mundo en 1992 y desde hace años un hábil entrevistador) dentro de la cancha, mientras las tribunas ardían de la emoción. "Fue un partido extraño, si ustedes estaban dentro de mi cabeza..., había algunos pensamientos oscuros allí. Esta es mi carrera, vivo para pelear otro día y espero poder seguir jugando al tenis frente a ustedes", soltó el ex número 13 del ranking y los espectadores se rindieron ante él. Dio un verdadero espectáculo, Kyrgios. Se alimentó del público y el público, con algunos excesos contra Humbert (celebrando errores en el servicio, por ejemplo), se alimentó de Kyrgios. El nacido en Canberra volvió a demostrar que si se lo propone y no entra en esa versión insolente con la que tantas veces se autoboicotea (y que lo llevó a recibir diversas multas económicas), pocos tienen su nivel.

Zurdo, nacido en Metz y de 1.88 metro, Humbert es un tenista muy serio, que la temporada pasada ganó dos títulos de la ATP (Auckland y Amberes). Con tiros limpios y frescura en los movimientos, generó asombro en 2019 cuando alcanzó la cuarta ronda de Wimbledon. Ahora llegó a su tercer main draw de Australia, siendo preclasificado, y después de debutar venciendo al japonés Yasutaka Uchiyama en cuatro sets, construyó una sólida tarea durante una buena porción del partido frente a Kyrgios. Es más, llegó a servir para ganar el encuentro en el 5-4 del cuarto set y tuvo dos match points, pero los desperdició. El público empujó a Kyrgios, que empezó a lanzar tiros poderosos desde cualquier sector del court (el revés cruzado, casi al ras, es una obra de arte).

No pudo con su genio, el australiano: hizo un saque de abajo fallido y discutió varias veces con la jueza de silla serbia Marijana Veljovic por considerar que el dispositivo de la red que marcaba el "let" estaba funcionando mal. Sin embargo, esta vez, se despojó pronto de los demonios. Entendió la jugada. Comprendió, casi como nunca en medio de los nervios y la vorágine, que no podía defraudar, en medio del dolor por una pandemia, a los que bramaban por él en las tribunas. No podía dejarlos sin un triunfo. Y así se encarriló, lúcido, finalizando con 30 aces, con un 68% de primeros servicios, un 80% de puntos ganados con el primer saque, servicios a 221 km/h y 68 tiros ganadores (43 errores no forzados). Humbert cruzó la cancha para felicitarlo a Kyrgios, sabiendo que habían hecho un gran show.

El regreso del circuito, en agosto del año pasado, no fue un incentivo para Kyrgios. La situación sanitaria global (y las restricciones de Australia con el fin de controlar el virus, acción que, de cierta manera logró) lo llevó a quedarse en su país, sin competir. Hasta hace unos días en uno de los dos ATP 250 de la bautizada Melbourne Summer Series, en el Murray River Open, Kyrgios no había vuelto a jugar: estuvo 342 días sin jugar, desde febrero en Acapulco. Eliminado en los octavos de final frente a Borna Coric, comenzó el Australian Open con incertidumbre. Superó el debut con un triple 6-4 ante el portugués Frederico Ferreira Silva y tomó impulso.

Ama jugar en el John Cain Arena, Kyrgios; inclusive por encima del Rod Laver Arena, el estadio central. Afirma que al tener precios más populares que en el escenario principal se nutre de mucha más gente que piensa como él. Real o no, lo cierto es que encontró combustible mirando hacia las tribunas. En pocas horas se enfrentará, por la 3ª ronda, con el austriaco Dominic Thiem, el tercer favorito y vigente campeón del US Open; el desafío será de otra categoría; lo sabe. Hay sólo un antecedente entre ambos, pero con otra realidad: en la segunda ronda de Niza 2015: el europeo, siendo 42° del ranking, triunfó por 3-4 y retiro del jugador que era 30°. El contexto, ahora, es muy distinto y Kyrgios tendrá el envión de una noche mágica.

Seguramente, en algún sitio, John Cain habrá sonreído.