A 25 años: la loca promesa de Chacho Coudet y Vitamina Sánchez para la hazaña de Rosario Central en la Copa Conmebol

Alejandro Panfil
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El 19 de diciembre de 1995, Rosario Central logró lo que en el fútbol parece casi imposible: tras perder por 4-0 en la ida de la final por la Copa Conmebol ante Atlético Mineiro, ganó por el mismo marcador en el Gigante de Arroyito y triunfó en los penales con una conversión decisiva de Rubén "Polillita" Da Silva. La locura en una ciudad ya de por sí enloquecida por el fútbol se desató por el primer título internacional en la historia del club canalla, que fue también el primero de un conjunto del interior de la Argentina.

"Tuvo todo un carácter épico, casi de esas películas malas norteamericanas en que al final gana el muchachito sobre la hora". Así lo describió en su momento Roberto Fontanarrosa. Y en ese guión cinematográfico en que el equipo que tenía a Claudio Taffarel, entonces campeón del mundo, iba a Rosario prácticamente para que le entregaran el trofeo, hubo dos situaciones que terminaron siendo fundamentales, que cambiaron la historia del filme: la decisión sobre qué hacer ante graves urgencias económicas y una insólita vigilia.

La primera fue no darse de baja del torneo antes de la revancha en los cuartos de final y como visitante de Cobreloa. El conjunto argentino había logrado un 2-0 en el Gigante y su rival manifestaba que era un resultado tranquilamente remontable en los 2400 metros de altura de Calama. En ese contexto, por los serios problemas económicos que acarreaba el club y las no tan claras posibilidades de clasificarse en el desierto chileno, los dirigentes insinuaron una intención de retirar el equipo de la Copa Conmebol. ¿Qué sería hoy de Central en el folklore futbolero rosarino si eso hubiese finalmente ocurrido?

"Para nosotros era un papelón, iba a desprestigiar al club, y hablamos de poner plata de nuestro bolsillo. Pero al final se terminó zanjando ese tema y los viajes fueron costeados por los dirigentes", recuerda Pablo "Vitamina" Sánchez para LA NACION. Central no sólo evitó una autoeliminación del por entonces tercer torneo en importancia en Sudamérica (detrás de la Copa Libertadores y la Supercopa), sino que además a partir de eso tomó impulso hasta llegar a la final. Luego de vencer nuevamente (3-1) a Cobreloa, derrotó en los dos partidos de la semifinal a Atlético Colegiales, de Paraguay, y quedó frente a frente con Mineiro, que se había quitado de encima a Guaraní (Brasil), Mineros de Guayana (Venezuela) y América de Cali (Colombia).

Y en Belo Horizonte, ya luego del 0-4, apareció la segunda situación que, directa o indirectamente, terminó siendo un empujón importante. Era 12 de diciembre, ya casi en la madrugada del 13, en el estadio Magalhães Pinto, el Mineirão. En la zona de vestuarios, muy contrariados, se encontraban aún Vitamina Sánchez y Eduardo "Chacho" Coudet. Tras la enorme bofetada del local al conjunto que venía invicto, ambos mediocampistas habían sido designados para el control antidopaje pero no conseguían orinar, como para poder volver con sus compañeros al hotel. Y bebían una cerveza tras otra con tal de lograrlo y retirarse de una buena vez del lugar de la paliza futbolística.

El 0-4 en Belo Horizonte

En aquellos tiempos todavía se permitía consumir esa bebida alcohólica para ayudar a orinar. Algunos futbolistas que evacuan en el entretiempo suelen tener inconvenientes para dar la muestra solicitada, con la adrenalina del partido recién terminado y una posible impacto anímico del resultado. "Hay que hacer una medida determinada, y si te quedaste corto en ese intento, sonaste: estás dos horas más", explica Vitamina, que 25 años después es un conocedor experto en la variedad de métodos que sacó a la cerveza de los controles. "Hoy tomamos agua. Hay un montón de formas... dejarse puestas las medias, mojar el piso con agua fría y apoyar los pies en ella, o el ruido del chorro de la canilla, que ayuda", añade el ex volante ofensivo.

Esa espera se volvía cada vez más larga y la impotencia por la dura derrota hacía cada vez más efecto sobre la mente de Chacho Coudet. Para calmarlo, a Vitamina se le ocurrió algo. "Entre la angustia, la desazón y la cerveza el Chacho estaba bravo, decía que íbamos a agarrarlos allá y les íbamos a ganar, que esto, que lo otro. Y yo no sabía qué decirle para darle esperanzas y no pasar un mal momento ahí, porque estaban los médicos de ambos equipos y de la Conmebol. No era un lugar como para generar un lío. Y yo le dije «quedate tranquilo. Vamos a hacer una cosa: vamos a ganarles la vuelta a estos muchachos y vamos a hacer una promesa para forjar ese triunfo». ¿Viste que uno pide ayuda a Dios cuando está enfermo, cuando ya es tarde? Y bueno, le dije que nos quedábamos a dormir en el estadio si ganábamos", revela hoy Pablo Sánchez.

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En el desquite, los jugadores salieron al Gigante teniendo muy presente lo que les había encargado Don Ángel Tulio Zof, su entrenador: que dejaran todo y tuvieran una gran actuación para ofrendar a los hinchas que habían agotado las entradas pese a que eran casi nulas las chances de revertir la serie. Pero de a poco se edificó el milagro de Arroyito. Llegaron temprano los tres primeros goles: a los 23 minutos, Da Silva; a los 39, Horacio Carbonari, y en seguida, tras sacar del medio Mineiro, Martín Cardetti. Iban 40 minutos. Esa lluvia de goles puso contra las cuerdas a los brasileños. ¿Tuvo algo que ver lo que había probado el DT en la semana? "Recuerdo que Don Ángel dispuso una práctica de fútbol contra un equipo juvenil en la cual hicimos muchos goles, como una forma de darnos confianza y hacernos ver que podíamos", comenta para LA NACION Roberto "Tito" Bonano, el arquero.

El cuarto gol, que mandaría la final a la definición por penales, se hizo esperar demasiado. A los 43 de la segunda mitad, en plena angustia del pueblo canalla, apareció nuevamente Carbonari, de cabeza, para producir euforia en el Gigante. "En el segundo tiempo ya habíamos arrancado un poco más cansados, hubo expulsiones y tuvieron más ellos la pelota. Costó, pero con el apoyo de la gente y la suerte que tuvimos en el último minuto conseguimos el cuarto. Me tocó estar en el lugar y en el momento justo", recuerda el ex defensor.

A esa altura, Central había cumplido de sobra el pedido de Don Ángel, pero había que completar la obra. El 4-0 no era suficiente por el momento y en los penales estaría enfrente al brasileño Taffarel, que un año antes había sido campeón por esa vía... "Estábamos todos arruinados y cansados, pero nos teníamos mucha fe. Tuvimos la suerte de que ellos erraron los dos primeros [Doriva y Tavares]. Y cerró el Polilla, que era uno de los mejores jugadores de la Argentina. Definió muy bien. Fue una alegría inmensa", cuenta Carbonari, que volvió a aportar un gol, cuando no podía más con los calambres.

El 4-0 en Arroyito

La barrera de lo imposible fue derribada. Central hizo realidad el relato surrealista de su pluma más imaginativa. "Fue casi soñado y delirante, como si lo hubiese escrito Fontanarrosa", apunta un cuarto de siglo después Tito Bonano, a contramano de la opinión del propio escritor, que creía que tanta épica era propia de un mal guión de cine.

Tras la hazaña, había que ser consecuente con el compromiso adquirido. Luego del desahogo, los festejos, los abrazos y la bebida en el vestuario, Vitamina le recordó al hoy director técnico de Celta, de Vigo, lo que quizás éste ya había olvidado. "Ya era tarde y le dije «Chacho, ahora tenemos que cumplir la promesa». Me dijo «¡sí, bol...! ¡No te puedo creer!". Quedaron en cumplir entonces, sabiendo que la fiesta grande estaría en las calles y los bares de Rosario. Sánchez fue a su casa y volvió con una pizza, una linterna y una radio para seguir los festejos de sus compañeros. El estadio estaba completamente a oscuras cuando el mediocampista se metió a la cancha. Al rato aparecieron de sorpresa unos 15 hinchas y se quedaron con él, y en eso surgió Coudet, a quien debieron alumbrar con una linterna para que llegara hasta el mediocampo. El objetivo ya no era la Copa, sino que se hicieran las seis de la mañana, para decretar que se había cumplido la promesa. "Lo único queríamos era que saliera el sol. No aguantábamos más. No era que estábamos felices de la promesa que habíamos hecho. Durante las horas que estuvimos ahí, en plena oscuridad, hablamos de las miles de promesas que podríamos haber hecho mejores que ésa. Pero bueno: tenía que ser complicada", narra hoy Sánchez.

La serie de penales

"Días después supe de la promesa que habían cumplido Vita y el Chacho. Me gustó la idea y hasta en cierto punto me dio un poco de envidia. ¿Qué mejores lugar y momento para pasar esa noche?", lamenta por estos días Bonano, a quien el logro en la Copa Conmebol le abriría puertas: pasó sus siguientes ocho años entre River y Barcelona. "Sabía que habían prometido eso y me parecía una locura, pero estuvo muy bien que lo cumplieran. No fallaron", acota Carbonari, que luego defendería en Inglaterra las camisetas de Derby County y Coventry City y hoy es ayudante de campo de Cristian González, el entrenador de la primera de Central. "Kily" no llegó a ser parte de aquella conquista: se había marchado a Boca cinco meses antes.

Cuando amaneció aquel 19 de diciembre de 1995, cuenta Sánchez, la cancha estaba sucia, llena de papeles y "muy rota", ya que la gente, durante la invasión al campo, había arrancado panes de césped para llevárselos como recuerdo. El Gigante, que había albergado en junio una consagración local de San Lorenzo tras 21 años, volvía a ser castigado, pero esta vez por un festejo propio.

"Cuando estábamos yéndonos, vimos una mesita de escritorio, como las de los camarines para apoyar bebidas. Y les dije a los pibes que estaban conmigo que ésa era la mesa donde había estado la copa. Y uno de los muchachos se la llevó", revela Sánchez, que hasta este año fue el entrenador de Oriente Petrolero, de Bolivia.

La promesa con Coudet ya estaba cumplida, pero Vitamina tenía otras pendientes: ya con ampollas en los pies y las zapatillas colgando de los hombros, recorrió caminando otros cuatro kilómetros hasta la Parroquia Nuestra Señora del Pilar y otros dos hasta la Catedral de Rosario. "Todo ese periplo me demandó unas dos horas más, y después me fui a mi casa a dormir", agrega quien al año siguiente emigraría a Feyenoord y luego pasaría por Alavés, Gimnasia, nuevamente Central, y Quilmes.

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"Ser campeón en Central no tiene precio. El club tiene seis títulos en su rica historia y yo puedo decir que fui parte de uno. Está en mi corazón y tengo un pequeño tatuaje del '95. Con eso te digo todo lo que significa para mí", cierra Vitamina. Por cierto, no hace falta que lo aclare, si se pasó toda una noche en un estadio vacío y peregrinó ampollado seis kilómetros.