Nick Kyrgios aún no se ha enterado de por qué ha ganado 600.000 dólares este año

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Australia's Nick Kyrgios reacts as he competes against Britain's Paul Jubb during their men's singles tennis match on the second day of the 2022 Wimbledon Championships at The All England Tennis Club in Wimbledon, southwest London, on June 28, 2022. - RESTRICTED TO EDITORIAL USE (Photo by Adrian DENNIS / AFP) / RESTRICTED TO EDITORIAL USE (Photo by ADRIAN DENNIS/AFP via Getty Images)
Nick Kyrgios se lamenta tras perder un punto en la primera ronda de Wimbledon (Photo by ADRIAN DENNIS/AFP via Getty Images)

Después de escupir a un espectador en su partido de primera ronda de Wimbledon, Nick Kyrgios se pidió una ración de sushi y se la llevó a rueda de prensa para justificar su acción: "Yo no me acercaría a un trabajador de un supermercado a faltarle al respeto", dijo, en protesta por el trato que recibe por parte del público, según él, desde hace unos meses, incluyendo unos insultos racistas en Sttutgart. Según el australiano, un espectador había dicho que "era una mierda" y eso no era tolerable.

No cabe duda de que no lo es. En la NBA son muy claros al respecto: ya puedes haber pagado diez mil dólares por una entrada de primera línea, justo a pie de pista, que como un jugador considere que le has faltado al respeto, te invitan cortésmente a irte con tu séquito. El tenis es también un deporte modélico en ese sentido: no es fácil encontrar un público que generalmente sea más callado, más respetuoso y más entregado con los jugadores. De hecho, la noticia salta cuando eso no pasa. Llama la atención que en Australia se silbe a Djokovic o que en Wimbledon se líe con Kyrgios precisamente porque no es lo habitual.

Aparte, el respeto a los deportistas no se soluciona con demagogia. Nick Kyrgios dice que nunca se acercaría a un trabajador a faltarle al respeto. Puede que sea verdad, eso se llama educación. También es verdad que el reponedor o el cajero de un supermercado no te está cobrando cien libras por verle colocar la mercancía y cobrarla a los clientes. Si te los cobrara, lo mismo sí te animabas a, por lo menos, dar tu opinión al respecto. Y esa opinión puede que sea educada, pero también puede que sea crítica y le haga al trabajador en cuestión pasar un mal rato.

No seré yo quien diga que los insultos forman parte del trabajo del deportista de élite. Lo que sí forma parte es la exposición al criterio ajeno. A veces te dicen que juegas muy bien y a veces te dicen que juegas una mierda. Un jugador del montón, como Kyrgios, con el que nos volvemos locos en cuanto gana dos partidos seguidos, ha ganado en premios, solo en lo que va de 2022, seiscientos mil dólares. Y los ha ganado porque interesa al público. Le interesa por su juego, por su espectáculo, por lo que sea, pero es imposible disociar el deporte de su espectador.

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Eso lo sabe Kyrgios aunque se haga el loco. Nos quiere hacer creer que el tenis debería ser como la ópera mientras falta él mismo al respeto a los periodistas comiendo mientras le preguntan y contestando desganado con la boca abierta y masticando. Está diciéndoles: "Vuestro trabajo no merece ser tomado en serio" mientras exige que el suyo sea respetado como una obra de arte. Kyrgios no tiene necesidad de hacer llorar a niños de diez años como en Roland Garros o de pegarles pelotazos como en Australia. No tiene necesidad de salivazos ni de enfrentamientos verbales. Si algo le parece excesivo, puede parar el partido y avisar al juez árbitro para que ponga orden.

En cualquier caso, y salvo contadas excepciones en las que los comentarios realmente puedan ser insultantes, es improbable que Kyrgios se encuentre en una pista de tenis los problemas que se encuentra, digamos, un futbolista de élite. En demasiadas ocasiones, da la sensación de que forma parte de su obsesión por llamar la atención. Kyrgios es una persona que ha tenido serios problemas de salud mental y tal vez pelearse con el mundo, exponerse a su juicio constante, no sea lo más adecuado. Si le compensa económicamente, él sabrá, pero yo le recomendaría dar un paso atrás del foco de atención.

Eso, o aceptar la atención en lo bueno y en lo malo. No volverse loco con los aplausos y los vítores y desde luego no montar un numerito porque alguien le diga que es muy malo. En serio, todos entendemos que hay límites y que los deportistas no son monos de feria, pero también hay que entender que el negocio funciona en los dos sentidos. El aficionado paga lo que paga porque siente una cierta pasión por el juego. Esa pasión a veces se canaliza mejor y a veces se canaliza peor, pero en sí forma parte del espectáculo.

Cuando la cosa se vaya de madre, ya digo, se para el partido... pero, mientras tanto, juegas. Ponerte a compararte con un trabajador que en su vida va a ganar lo que has ganado tú en medio año no ayuda en nada a tu argumento. Al revés, lo trivializa. Más que nada porque tiene toda la pinta de que Kyrgios es muy capaz de ir a echarle la bronca a cualquier reponedor de supermercado sin necesidad siquiera de que este antes le cobre una entrada. Ha ido de matón toda la vida, no le puede extrañar que esa sea nuestra percepción a estas alturas.

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