Nick Diaz es el ejemplo más doloroso de que las leyendas deben saber parar a tiempo

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LAS VEGAS, NV - SEPTEMBER 25: (L-R) Nick Diaz rests on the canvas following his knockdown by Robbie Lawler in their middleweight fight during UFC 266 on September 25, 2021, at T-Mobile Arena in Las Vegas, NV. (Photo by Louis Grasse/PxImages/Icon Sportswire via Getty Images)
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En una de las mejores escenas de la película American Gangster, el traficante Frank Lucas y el detective Richie Rogers pasean por las calles de Harlem después de que el primero de ellos cumpliese con 16 años de cárcel. El barrio en el que había mandado Lucas un tiempo atrás era entonces muy distinto, hasta el punto de cruzarse con un grupo de adolescentes con aires de quiero-y-no-puedo-ser-gangster que le miran como si se tratase de cualquier ‘señor mayor’, sin ningún tipo de respeto. Un ‘señor mayor’ al que estaban imitando sin saberlo. Algo similar a lo que sucede con Nick Diaz (1983, California) tras su última pelea en la UFC. Una leyenda viva de las artes marciales mixtas venida a menos al que los jóvenes infravaloran porque no debería haber peleado tras más de seis años de parón.

Muchos luchadores en horas bajas o que vuelven de su retiro por un buen puñado de dólares lo hacen en promotoras pequeñas o la siempre predispuesta Bellator, la competencia de la UFC. Casi ninguno lo hace en la compañía de MMA más importante del mundo. Pero Nick Diaz es otra historia. Se labró una reputación de chico malo y de gangster en las extintas WEC y Strikeforce, siendo campeón en las dos cuando ambas eran el no va más en las artes marciales mixtas. Incluso triunfo en la japonesa Pride FC. Cuando la UFC compró las dos empresas siguió sus pasos en la compañía presidida por Dana White. El ‘Stockton Bad Boy’, una mezcla de pandillero de barrio y ninja con un depurado jiu-jitsu brasileño, encandiló al público desde el primer momento. Su estilo descarado y barriobajero, con mucho uso del trash-talk y las continuas provocaciones, la valió para encandilar a muchos. Los mismos que en pleno 2021 abrieron los ojos como platos al conocer que pelearía ese mismo año. Los mismos que enmudecieron cuando vieron a un peleador casi indestructible sentarse en la jaula y decir al árbitro que no iba a seguir peleando, que no podía más y abandonaba.

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Me duele en el alma decir esto, pero Nick Diaz no debía haber peleado el pasado 25 de septiembre. Por el resultado y por el torrente de críticas y faltas de respeto que recibió con los días. No merecía nada de eso, pero lo cierto es que nunca tuvo que habérselo buscado. En cuestión de tres asaltos, en los que un Robbie Lawler mucho más ubicado dio la impresión de no esforzarse al máximo de sus posibilidades, ‘The General’ se rendía. ¡Se rendía! Y los jóvenes no tardaron en tratarle como al Frank Lucas ‘reinsertado’ de las MMA.

A Nick Diaz se le perdonan muchas cosas, incluidos sus continuos escarceos con la marihuana y las consiguientes sanciones por ello. Tanto él como su hermano Nate (sí, el que derrotó dos veces a Conor McGregor, aunque los jueces se empeñasen en dar la victoria al irlandés en su segundo combate) siempre han arrastrado masas e inspirado a muchos. Con el “en la victoria, la derrota o el empate, voy con los Diaz” por bandera, la legión de fans de los hermanos más famosos de las artes marciales mixtas disfrutaban con todos y cada uno de sus combates. Cuando Nick fue suspendido por dos años tras su pelea con Anderson Silva todos esperaron su regreso al octógono. Pero ninguno imaginó un retorno así.

LAS VEGAS, NV - JANUARY 31:  Nick Diaz taunts his opponent in their middleweight bout during the UFC 183 event at the MGM Grand Garden Arena on January 31, 2015 in Las Vegas, Nevada.  (Photo by Josh Hedges/Zuffa LLC/Zuffa LLC via Getty Images)
Nick Diaz provoca a su rival en mitad de una pelea del UFC 183, celebrado el 31 de enero de 2015 en Las Vegas. Foto: Josh Hedges/Zuffa LLC/Zuffa LLC via Getty Images.

La ilusión por disfrutar quién sabe si una última vez de una leyenda siempre es mucha, y las decepciones normalmente también. La persona que en su momento te hizo enamorarte de un deporte ya no es tan rápido, ágil, determinante o, simplemente, bueno. Más aún en una disciplina de (mucho) contacto como las MMA, en la que seis años sin pelear son un mundo y todo ha cambiado mucho. Por eso Nick Diaz debió habernos dejado con aquella imagen de burlón tumbado en el suelo esperando a que Anderson Silva quisiera empezar a pelear, para después de cinco asaltos levantarle el brazo tras perder por puntos. En la UFC había derrotado a un mito como BJ Penn y perdido por decisión contra otros iconos como Carlos Condit o Georges St-Pierre (más de uno recordará aquel “where you at, Georges?”). Fueron sus últimos cuatro combates antes de la retirada forzosa.

No debiste volver Nick. No, porque para los OG sigues siendo un referente, pero para los jóvenes eres un viejo gordo y lento que todos decían que era muy bueno pero dio pena. Una pena compartida por los de antes, pero irrisoria para los de ahora. No había necesidad y espero que sirva como ejemplo para otros mitos que estén barajando regresar a la acción o estén necesitados de dinero. No es lo mismo dar patadas a un balón, encestarlo en una canasta o devolver golpes con una raqueta que recibir y dar golpes o entrelazarse en una lucha en el suelo. Los deportes de contacto están para recordar a sus leyendas y fantasear con el “¿quién hubiera ganado una pelea entre Fulanito y Menganito?”, pero no para sufrir con cara puñetazo o patada que reciban mientras los fans lo esperan con la ilusión de un niño y lo ven con los dedos entreabiertos tapándose los ojos por un dolor que ellos también sufren a su modo, en el corazón.

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