Del diván a la cornisa: un equipo inexplicable que se convirtió en fantasma

El final del partido; el derrumbe ya era un hecho
El final del partido; el derrumbe ya era un hecho - Créditos: @Aníbal Greco

Tantas veces se advirtió: la Argentina podía perder contra cualquiera. Y sucedió, y sucedió contra cualquiera, porque Arabia Saudita no le pudo regalar más facilidades. No fue necesario que el Mundial entrase en tramos decisivo, que el examen lo tomaran los rivales europeos, para descubrir la auténtica robustez de la Argentina. Jugó mal siempre, pero ocho minutos la quebraron. Le faltó todo al equipo: estilo, astucia y carácter. Vaya momento para perder el invicto que se infló con amistosos basura. Otro déficit señalado en varias oportunidades. La Argentina, que no entendió el partido en el primer tiempo, quedó atrapada por el shock emocional que la mandó al diván desde el amanecer de la segunda parte. Ya sabe lo que le espera: caminar por la cornisa. También la Argentina perdió el partido inaugural con Camerún en 1990 y luego trepó hasta la final; España cayó en su estreno en 2010 y terminó como campeón del mundo. Tendrá que reinventarse, atrapada por los nervios.

El derrumbe espiritual fue estrepitoso. Para confirmar que los mundiales imponen otra atmósfera, otra tensión. El principal capital de la selección era su contrato de hermandad, pero esa personalidad no llegó al rescate. La pelota quemó. A los inexpertos y hasta a Lionel Messi, que se enredó entre telarañas emotivas y limitaciones físicas. Un equipo que se crió en la victoria, se evaporó en la derrota. La Argentina no se encontraba en desventaja en un juego desde 2019, desde la semifinal con Brasil de aquella Copa América. El examen estaba pendiente, pero nadie podía suponer que la adversidad la iba a paralizar. Menos contra Arabia Saudita, físico e intenso, sí, pero de tercer orden internacional. La selección jamás había caído contra un oponente asiático en las Copas del Mundo.

¿Es el peor resultado histórico de la Argentina en los mundiales? Difícil asegurarlo porque aparecen los matices, los contextos. Pero ingresa en la galería del terror, sin dudas, junto con Camerún (0-1) en 1990; Checoslovaquia (1-6) en 1958, y Alemania (0-4) en 2010. Atendiendo el rival, probablemente se trate del mayor martillazo.

Messi, como si quisiera esconderse, presiente el derrumbe en pleno partido
Messi, como si quisiera esconderse, presiente el derrumbe en pleno partido - Créditos: @Aníbal Greco

La gestión en la desesperación también naufragó. Los cambios de Lionel Scaloni terminaron por deformar al equipo. El entrenador deshilachó a una formación que atravesaba por una crisis de identidad. Julián Álvarez ocupó una posición incómoda y Enzo Fernández rellenó un puesto infrecuente. Si el equipo no tuvo lucidez en la primera etapa para destrabar la ingenua trampa del offside que le proponía Arabia Saudita –desprendiéndose desde atrás era la opción, no lanzando hacia el espacio una y otra vez–, la ceguera condujo a la manada desde la desventaja hasta el cierre. La Argentina padeció los minutos adicionados: lejos de una oportunidad para la búsqueda heroica, se convirtieron en un martirio. La selección ya se había transformado en un fantasma.

Lionel Scaloni deshilachó al equipo con los cambios en el segundo tiempo
Lionel Scaloni deshilachó al equipo con los cambios en el segundo tiempo - Créditos: @KHALED DESOUKI

Cuando Arabia empató, olió sangre y fue por más. Cuando Argentina se descubrió ensangrentada, se asustó. De tan camaleónico en otras ocasiones, desconcertante incluso en algunos éxitos y barnizado por el azar, una tarde en Doha todo se desplomó. En el momento más inoportuno. Muchas veces la selección jugó agazapada, a la espera de la equivocación del rival. Muchas veces estuvo despistada y lo protegió un desacierto en la definición del adversario. Arabia tuvo suerte, desde ya, en su día para la eternidad. A la Argentina se le desmoronaron todas las máximas que hace tiempo habían desplazado los pilares del análisis. Un equipo un poco inexplicable, asumiendo la vaguedad como virtud.

La propuesta siempre fue titilante, pero el éxito barrió el debate. La que parecía incuestionable era la personalidad. Un equipo salvaje, valiente, hasta con peligrosos aires pendencieros. Capaz de prepotear los partidos para llevarlos hasta donde el juego no siempre conducía a la selección. Un equipo insoportable como tono elogioso. Adaptarse a todo, siempre con las revoluciones altas, era ese encanto pragmático de un grupo de espartanos. Al escudo le faltó el corazón.