El día que Marco Pantani dejó a Miguel Induráin a medias

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Marco Pantani, mostrando su icónico baile sobre la bicicleta  (Photo credit should read PATRICK KOVARIK/AFP via Getty Images)
Marco Pantani, mostrando su icónico baile sobre la bicicleta (Photo credit should read PATRICK KOVARIK/AFP via Getty Images)

En un guiño a la Historia, la organización del Giro de Italia ha decidido que hoy se repita -con algunos matices- la mítica etapa del Giro de 1994 con final en Aprica y pasos por el Mortirolo y el Valico de Santa Cristina. Pocas etapas han quedado en la memoria del aficionado cuarentón como aquella en la que Marco Pantani, Miguel Induráin y Eugeni Berzin se jugaron el Giro durante tres horas y todos lo vieron ganado y perdido a la vez después de dos años de dominio férreo del corredor navarro. Pocos momentos más impactantes que aquel en el que nos dimos de bruces con la dureza descomunal del Mortirolo, sus curvas cerradas y los corredores perdiendo minutadas mientras hacían eses en la carretera.

De lo que hoy pase, hablaremos mañana, pero es difícil que hablemos dentro de 28 años. De lo que pasó hace 28 años, hablaremos hoy y siempre, no ya porque fuera una de esas etapas que ponen patas arriba una clasificación -el líder siguió siéndolo, el mejor escalador ganó con facilidad- sino por todo lo que descubrimos y todos los cambios de estado de ánimo que vivimos en apenas una tarde, mientras los anuncios de Telecinco nos dejaban aún más confundidos de lo habitual.

¿Lo que descubrimos? Básicamente, a la gran figura pop del ciclismo de los 90: Marco Pantani. Conviene recordar que antes del Giro de Italia de 1994, Marco Pantani, "Il Elefantino" reconvertido años después en "Il Pirata" no existía. Era uno de los muchos escaladores del Carrera con la misión de apoyar a Claudio Chiappucci en su enésima tentativa de derrocar al Rey Miguel, pero en ningún caso una estrella. A sus 24 años, aquel chico de orejas saltonas y alopecia incipiente bailaba sobre su bici y aprovechaba cada pequeña cuesta para agarrarse fuerte al manillar por debajo y lanzar cuántos ataques hicieran falta.

En el Mortirolo -otro enorme descubrimiento, otro nombre que pasaría a la cultura popular de nuestro país, mucho más allá del ciclismo-, Pantani demarró a las primeras de cambio y a su rueda salió, de rosa, Berzin, exhibiéndose, convencido de que sus fuerzas bien cuidadas por el doctor Michele Ferrari valdrían para al menos aguantar a rueda. Grave error. El ruso se desfondaría de inmediato y no sería capaz ni de sostener el ritmo de Miguel Induráin, unos metros más atrás, impasible en el gesto, con su ritmo propio que iba lanzando a los demás hacia abajo, pura gravedad.

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Y aquí entramos en lo de los estados de ánimo: para empezar, la visión de Induráin descolgado. Eso era algo inédito desde la Vuelta a España de 1991. Sí, habíamos visto la pájara tremenda de Sestrieres en el Tour del 92, cuando estaba a punto de coger a Chiappucci, pero esa pájara llegó después de su propio ataque a los Bugno y compañía. Esto era otra cosa. Esto era la constatación de que había dos corredores mejores que él. Bueno, quien dice dos, dice uno, porque al ver caer a Berzin, al ver el pedalear completamente descompuesto del ruso de la Gewiss, de repente, subidón inesperado, entendimos que Induráin iba a ganar ese Giro como había ganado el del 92 y el del 93.

Bastaría con seguir su ritmo, con confiar en que Pantani le esperara en el descenso como lo hizo el propio Chiappucci en el 91 rumbo a Val Louron y juntos se repartieran la gloria de la etapa y de la clasificación general. Exactamente lo que pasó. Pantani esperó, Induráin se volcó en el llano y Berzin pasó de perder medio minuto a perder un minuto, luego dos y casi tres al pie de la última subida del día, la del Valico de Santa Cristina.

La etapa que pasó a la historia como "la etapa del Mortirolo" por la enorme impresión que nos causaron a todos aquellas rampas imposibles, fue en realidad la etapa del Valico de Santa Cristina. Una ascensión más corta, pero igual de dura... e inesperada. Mientras España celebraba en pleno fin de semana de apogeo en Roland Garros, el tercer Giro de Induráin, Pantani aprovechó para hacer lo que mejor sabía: atacar. Y, de nuevo, Induráin se vino abajo. Muy abajo. Pájara total.

Así, los kilómetros fueron pasando, Pantani le acabó sacando tres minutos y medio al gran campeón y el Carrera hizo doblete con un segundo puesto de El Diablo. Berzin perdió solo 38 segundos con Miguel y se aseguró el Giro. Segundo en el podio, Marco. Tercero, Induráin. Aquello tenía que ser un cambio de guardia en toda regla, pero no dejó de ser una anécdota. Quizá por eso lo recordamos con tanto cariño. De Berzin no se volvió a saber nada, Pantani hizo un Tour de escándalo... pero aun así acabó en el tercer puesto, lejísimos de Miguelón, que repetía maillot amarillo en París por cuarto año consecutivo. Una racha que aún continuaría un año más, pero esa, ya sabemos, es otra historia.

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