Monterrey y su patética afición que exige resultados de forma repudiable

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Aficionados del Monterrey en un partido de 2021 contra el Club America en el Estadio BBVA Bancomer . (Foto: Alfredo Lopez/Jam Media/Getty Images)
Aficionados del Monterrey en un partido de 2021 contra el Club America en el Estadio BBVA Bancomer . (Foto: Alfredo Lopez/Jam Media/Getty Images)

Los fanáticos de Monterrey son unos ridículos. Ellos mismos lo han evidenciado una vez más con sus furibundos reclamos a jugadores y cuerpo técnico. Las imágenes dan risa: aficionados ensoberbecidos pidiéndole cuentas a sus futbolistas por los últimos resultados en Liga MX y Mundial de Clubes.

Si el presente deportivo de Rayados es mediocre, sus apasionados ‘hinchas’ están a la altura. De hecho, visto lo visto, podría decirse que ni siquiera los pésimos partidos de Monterrey en los últimos tiempos dan tanta vergüenza como los elocuentes amos de la exigencia que tienen por seguidores. Y eso es muchísimo decir.

Un par de huevos para Rodolfo Pizarro, en alusión a lo que ellos, aficionados inmaculados, creen que le hace falta al jugador y al equipo. “Ni metiendo 200 goles la gente te va a querer”, le reprocharon a Funes Mori, máximo anotador en la historia de La Pandilla. “Si no te lo dice nadie, te lo tengo que decir yo: regresa a tu nivel”, fue el reclamo para Sebastián Vegas. La autosuficiencia y el presunto conocimiento absoluto con el que se expresan los aficionados de Rayados invita a la náusea.

¿Hay alguien más interesado que un jugador en ganar? Sí, sí, los aficionados compran boletos, pagan la camiseta, hipotecan su casa para viajar a Abu Dabi; lloran, sufren y patalean cada vez que su equipo no gana. ¿Alguien los obliga a hacerlo? Esos argumentos, más que justificar el comportamiento hostil, apuntan al clímax de la ridiculez: sentir orgullo de la propia enajenación.

No es la primera vez que pasa y lamentablemente no será la última. Hace unos años, La Rebel pidió cuentas a los jugadores de Pumas. Los rasgos son los mismos: fanáticos que consideran que su ¿amor? por el equipo los convierte en dueños de la institución, de los jugadores y del entrenador de turno. “Yo por mi equipo mato y muero”, suelen decir con el pecho en alto.

Muy en línea con la mexicanísima costumbre de imitar los malos ejemplos, los fanáticos de Rayados han copiado todo cuanto han podido de las barras bravas argentinas. Si hasta fingen el acento porteño. Al principio eran cánticos adaptados (por no decir plagiados); pero ahora se han mimetizado a tal grado que adoptaron la práctica del apriete, que básicamente consiste en encarar a los jugadores y pedir no que jueguen bien, sino que pongan huevos, lo que sea que ellos entiendan por "poner huevos".

Rogelio Funes Mori, máximo goleador en la historia del Monterrey, es uno de los más señalados. (REUTERS/Jorge Mendoza)
Rogelio Funes Mori, máximo goleador en la historia del Monterrey, es uno de los más señalados. (REUTERS/Jorge Mendoza)

En Argentina los lunáticos se apoyan en la “lógica”, pues los clubes pertenecen a los socios. Contrario al caso mexicano: los dueños de los clubes son empresas que, sin embargo, reciben exigencias como si fueran servidores públicos, y no una compañía a la que un cliente (aficionado) puede elegir comprarle o ignorarla.

Pero esto es futbol, el deporte más popular de la era moderna. Y aquí la pasión, por más visceral y absurda que sea, está por encima de todo. Conversar con un aficionado radical es como hacerlo con un terraplanista o un antivacunas. Ellos tienen la razón por descontado. Las emociones no exigen argumentos y esa comodidad resulta por demás placentera.

Claro está, no se puede limitar el derecho de una afición a exigir. Incluso se trata de una medida necesaria en un entorno tan meloso y apapachador como el del futbol mexicano, donde basta una seguidilla de partidos buenos para aspirar al Campeonato. Pero los límites cada vez se difuminan más. La afición convertida en fanatismo ha llevado a extremos tan bochornosos como el visto en Monterrey.

Las exigencias de los barrabravas regios son patéticas por las formas, principalmente, y por el discurso vacío que ha inundado su mente: “ustedes tienen que ganar siempre porque les pagan muy bien, porque son millonarios”. ¿Cuándo se ha caracterizado Rayados de Monterrey por ser un club ganador? Riqueza no es igual a grandeza. Lo pueden explicar con lujo de precisión el PSG o el Manchester City.

Como en todo juego, en el futbol ganar y perder son posibilidades. Quizá la idea predominante ha establecido que se necesita dinero para ganar. Y en los grandes torneos es así: la gloria está reservada para los mismos de siempre, salvo contadas excepciones. Pero para ser digno, el único requisito indispensable son las ganas de competir y llevar las capacidades propias al límite.

Si los regaños de Emilio Azcárraga a su equipo, el América, no sirvieron para nada, ¿qué diferencia pueden hacer las manifestaciones de un puñado de fanáticos orgullosos de su enajenación? En el futbol las cosas nunca se resuelven con “llamadas de atención”. Ningún dueño ni aficionado tiene tanto poder como para alterar la dinámica de un deportivo colectivo. Los buenos y malos resultados son obra de lo más importante que tiene el juego: los futbolistas.

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