México, el país que le exige más al Tata Martino que a sus políticos

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Tata Martino tras el partido que México perdió con Uruguay por 3-0. (Omar Vega/Getty Images)
Tata Martino tras el partido que México perdió con Uruguay por 3-0. (Omar Vega/Getty Images)

No existe personaje público más repudiado en México que Gerardo "Tata" Martino, entrenador de la Selección. En cada partido el discurso es invariable: mensajes de odio contra el hombre responsable de todos los males que aquejan el intocable manto futbolístico del país. A la Selección no se le falta el respeto, dicen, y muchos menos lo hace un extranjero.

Como poseídos por Hugo Sánchez, miles de mexicanos han hecho suyo el discurso que penaliza a Martino por el simple hecho de no ser mexicano. Quizá si se energía se enfocara en otros personajes y en otros fines podríamos hablar de una realidad totalmente diferente para todos, pero lo cierto es que en este país no tenemos pasatiempo más placentero que lapidar al director técnico de la selección. Sin importar de quién se trate ni qué nacionalidad tenga. Osorio, Piojo, Chepo, Aguirre, Hugo, La Volpe. Lo mismo de toda la vida.

Es cierto que Martino ha dado argumentos para que su desempeño sea criticado. A seis meses de la Copa del Mundo, el Tri naufraga y la goleada recibida por Uruguay es solamente el más inmediato de los síntomas de una enfermedad que tiene toda la pinta de no tener cura. Aunque, ya se sabe, al final de cada periplo mundialista, México suele entregar los mismos resultados con algún que otro matiz. Por lo tanto, no sería raro que los pupilos de Martino avancen a Octavos incluso con buenas actuaciones y, una vez en el cuarto partido, el desenlace sea el que todos conocemos: volver a casa con la mirada baja.

Parece mentira, pero hace poco más de un año todo era perfecto para la afición y para Martino. México ganaba y convencía dentro del campo. Es difícil precisar en qué momento comenzó el derrumbe, pero la fractura craneal de Raúl Jiménez, en noviembre de 2020, tuvo un efecto dominó que se padece en la actualidad y que amenaza con extenderse hasta el Mundial. Que si no ha convocado a los mejores, que tiene a sus becados, que solo quiere dinero y no le importan los resultados porque, al final del día, no es mexicano y no “siente los colores”.

Se han formulado mil y una hipótesis para poder odiarlo. Pero, en términos estrictos, Gerardo Daniel Martino no está obligado a rendirle cuentas a nadie, más que a sus empleadores: los directivos de la Federación. La Selección Mexicana lucra con el nacionalismo futbolístico del país, pero no es más que una empresa privada como cualquier otra. El fanatismo, sin embargo, no entiende razones y por eso millones de personas gastan su tiempo en insultos y corajes provocados por el Tata.

Por eso nadie quisiera ser el entrenador del Tri en estos momentos. Y podemos ir más lejos: cuántos políticos no desean en secreto que a la Selección le siga yendo mal y así tener al chivo expiatorio ideal, al objeto de odio inmejorable: mejor indignarse por algo que nos apasiona, como el futbol, que por problemas que nos causan aburrimiento. Venga, a linchar a Martino por sus malos resultados y que sienta el peso de nuestro nacionalismo. Ya solo faltan los reclamos en un aeropuerto, vergüenza que le tocó padecer a Juan Carlos Osorio (odiado por tres años y alabado mágicamente cuando su equipo le ganó a Alemania).

Juan Carlos Osorio, entrenador del Tri entre 2015 y 2018, llegó a recibir insultos en el Aeropuerto de la Ciudad de México. (Quality Sport Images/Getty Images)
Juan Carlos Osorio, entrenador del Tri entre 2015 y 2018, llegó a recibir insultos en el Aeropuerto de la Ciudad de México. (Quality Sport Images/Getty Images)

En comparación con el odio que despierta el seleccionador nacional, resulta divertidos que a los servidores públicos se les deje tan en paz. A los de ahora y a los del pasado. Porque más que funcionarios parecen celebridades que merecen idolatría por hacer lo que deben hacer, o que merecen perdón por lo que no hicieron cuando tuvieron oportunidad.

Ahí están muy cómodos los López Obrador y los Felipe Calderón de turno, con sus hordas de fans y de odiadores perfectamente sincronizadas para hacer de ellos eternos mantras de lo bueno y lo malo. Siempre habrá alguien que les excuse y se arrodille ante ellos. Gerardo Martino ya no tiene esa opción. Es nuestra lógica. Le exigimos más a un entrenador que a nuestros políticos. Ojalá lleguemos al quinto partido.

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