Messi, Mbappé y dejar que corra el reloj

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La primera oferta del Real Madrid por Kylian Mbappé llegó, por escrito, el martes por la tarde. En realidad, no fue ninguna sorpresa para nadie en el Paris Saint-Germain. A Mbappé tan solo le quedaba un año de contrato. Las negociaciones por una extensión se habían quedado estancadas desde hacía tiempo. Era un secreto a voces que tenía los ojos puestos únicamente en el Real Madrid. Con torpeza, el club español había dejado en claro que el afecto era recíproco.

La única fuente de sorpresa fue la cifra vinculada con la oferta inaugural del Real Madrid. Estaba dispuesto a pagar 188 millones de dólares, aproximadamente, por un jugador que no iba a estar disponible en un año para nada… más que para su astronómico sueldo y una inflada comisión por su firma. Los ejecutivos del PSG quedaron atónitos. Con ese precio, no había nada que pensar. Sin embargo, contraviniendo toda lógica financiera, los parisinos rechazaron esa oferta inicial, tal vez para ver si el Real Madrid hacía otra más alta.

En retrospectiva, este verano —el verano en el que Lionel Messi se sumó al PSG, el Manchester City gastó 137 millones de dólares en Jack Grealish y el Chelsea hizo que, en total, Romelu Lukaku se volviera el jugador más caro de todos los tiempos— y esta semana —la semana en la que Mbappé podía entrar al Real Madrid y Cristiano Ronaldo se volvió a reunir con el Manchester United— tal vez hayan llegado para representar muchas cosas.

Marcarán un giro definitivo hacia una era en la que la transferencia de jugadores no es un medio para un fin, sino un fin por sí mismo, en el que lo más importante no es lo que hagan esos jugadores ni cuánto ganen ni cómo se desempeñen en un nuevo club, sino el acto de firmarlos, el hecho de poseerlos. No son contratados para ganar trofeos: ese es tan solo un derivado afortunado. La firma es el trofeo y el trofeo es la firma.

El Real Madrid no tiene una visión particular de cómo usará a Mbappé, de 20 años, uno de los dos talentos más candentes de la nueva generación del fútbol. ¿Desplazará a Eden Hazard por la izquierda? ¿Le usurpará el puesto al aparentemente eterno Karim Benzema, de 33 años, como un número 9 puro y convencional?

Lo más probable es que el Real no haya pensado tanto a futuro, al igual que nadie en el PSG hizo una pausa y se preguntó dónde, exactamente, iba a caber Messi en el juego de presión intensa que prefiere su entrenador, Mauricio Pochettino. El Real no ha pensado más allá de la cantidad de aficionados que el reconocimiento de marca de Mbappé llevará a un Santiago Bernabéu reacondicionado y sobrepresupuestado.

Claro está, Ronaldo es un ejemplo todavía más extremo. Sin lugar a dudas, es uno de los dos mejores jugadores de su generación y uno de los mejores de cualquier generación. No obstante, a pesar de toda esa clase y calidad, se habría necesitado mucha imaginación para verlo en un equipo dirigido por Pep Guardiola.

A sus 36 años, Ronaldo no es el foco de atención de la prensa. No se subyuga a un sistema. No intercambia posiciones con sus compañeros sin problemas y sin cuestionamientos. Más bien, él es el sistema: para hacer relucir al mejor Ronaldo devastador, ahora se debe crear un equipo a su servicio, uno que le permita deambular como le plazca, asumir las posiciones en las que sienta que puede ser más efectivo.

Aunque a final de cuentas el City dejó pasar a Ronaldo, la adición de Mbappé podría hacer que un Real Madrid envejecido, algo apático, con un desequilibrio crónico se convierta en una fuerza.

No solo ha nacido una nueva era en el campo. El impacto financiero de la pandemia de la COVID-19, y el confinamiento que la acompañó, ha lanzado de cabeza al fútbol hacia un camino que ya estaba tomando. Como se ha hecho notar antes, con el tiempo, la ventaja financiera que disfruta un puñado de equipos podría hacer que la frustrada propuesta de la Superliga parezca un ejercicio en una competencia abierta.

Y eso, tal vez, forma parte de la conclusión más reveladora a la que se puede llegar a partir de este verano y esta semana. Serán recordados por los acuerdos que ocurrieron, claro está —por Messi de pie en el campo de París, donde parecía como si apenas se hubiera dado cuenta de cuánto se había propagado su adoración; por la posibilidad de ver a Mbappé vestido en el blanco del Madrid—, pero los acuerdos que no cerraron fueron igual de significativos.

Durante décadas, los futbolistas han favorecido los contratos largos, pues han creído que sacrificar el control se compensará por mucho con la seguridad económica. El dinero, en el fútbol de élite, casi nunca es el dinero como lo entendemos. Se comprende mejor no como una divisa que se usa para comerciar bienes, sino como un calibrador de estatus. Mientras más grande sea la cifra que un equipo te paga, mayor valor te da.

Sucede lo mismo con la duración de los contratos: mientas más tiempo un equipo dice que te va a pagar, mayor tu valor para ese equipo. Los representantes han fomentado esa perspectiva, ya sea porque reconocen que una carrera es breve y frágil, vulnerable a una sola lesión o a una pérdida de forma, o porque ganan una proporción del salario del jugador, o ambas.

Para los futbolistas en los clubes de la élite, cada vez es más común que acabarse sus contratos sea la única forma de conseguir un cambio. No es ninguna coincidencia que tanto a Mbappé como a Ronaldo les quedaran un año en sus contractos actuales. Para los jugadores que esperan fichar con un equipo, tal vez sea la única manera de hacerlo realidad: cuando nadie puede pagar o nadie vende, cuando el mercado de transferencias se ha estancado, casi no hay ninguna otra opción.

A final de cuentas, este verano, y esta semana, podría simbolizar eso. El año en el que Messi se cambió, Mbappé se cambió, Ronaldo se cambió: suena a un mercado de transferencias para ponerle fin a todos los mercados de transferencias. Y, en cierto sentido, quizá, cuando los futbolistas se percaten de que deben tener el control de sus carreras, en vez de permitir que los clubes los vendan a placer, precisamente eso demostrará ser.

Un cambio es tan bueno como un reinicio

Resulta que la respuesta siempre estuvo a la vista de todos. Durante años, la UEFA ha estado preocupada de lograr que la etapa de grupos de la Liga de Campeones sea más interesante. Con demasiada frecuencia, los primeros tres meses del torneo que sirve como la joya de la corona del fútbol de clubes han sido poco más que una guerra falsa, un ejercicio de checar casillas, una procesión ociosa y predecible antes de lo genial y lo bueno.

Han pasado tan solo unos pocos meses desde que por fin la UEFA llegó a una solución, y a costa de una breve y furiosa guerra civil que amenazó con destrozar el fútbol. A la Liga de Campeones como la conocemos tan solo le quedan tres ediciones. Desde 2024, la etapa de grupos será remplazada por un llamado sistema del Modelo Suizo, uno que garantiza más choques entre la élite y menos encuentros de trámite.

Por eso, después de tanto trabajo, es un poco vergonzoso que el sorteo para la etapa de grupos de este año haya demostrado de una manera tan eficiente que había una alternativa factible. Resulta que el problema con la Liga de Campeones no era el formato mismo del torneo. Más bien, era la naturaleza de las ligas que lo alimentan.

De los ocho grupos de este año, tan solo tres —donde participan el Chelsea, el Bayern Munich y el Real Madrid— se sienten inmediatamente predecibles, pero incluso ellos tienen su encanto: el Chelsea enfrentará dos veces a la Juventus, el Bayern jugará contra el Barcelona y el Real Madrid se medirá contra el Inter de Milán.

No obstante, los otros cinco contienen precisamente el tipo de intriga que había anhelado la UEFA, así como los clubes más elocuentes y más presumidos de Europa. El Manchester City no solo tiene que enfrentar al PSG, a Messi y todo lo demás, sino al RB Leipzig. El Liverpool debe medirse con el Atlético de Madrid y el AC Milan. Los grupos con el Borussia Dortmund y el Sevilla lucen totalmente abiertos.

La razón de esto es sencilla: el año pasado, Europa tuvo varios campeones improbables. El Lille levantó la copa en Francia, el Atlético en España, el Inter en Italia, el Sporting de Lisboa en Portugal. El Villarreal ganó la Europa League, en vez de un equipo que se hubiera salido de la Liga de Campeones. Todos ellos fueron colocados en la parte más alta de los sembrados de grupo para la Liga de Campeones de este año.

El resultado es una etapa de grupos inusualmente emocionante. Por ejemplo, si el PSG hubiera reclamado el título de la Ligue 1, el club francés y el Manchester City habrían tenido un camino mucho más directo a las rondas de finales y los próximos tres meses tendrían mucho menos para elogiarlos.

¿La lección? Bien, la lección debería ser obvia para todos. Unas ligas nacionales más fuertes producen una mejor Liga de Campeones. La manera de aumentar el interés no es garantizando más encuentros entre la élite, con poco o nada que jugarse, sino asegurarse de que la “élite” sea una categoría lo más amplia posible. La competencia no necesita altura, sino anchura. Para variar, en una de sus últimas iteraciones, sí cuenta con eso.

© 2021 The New York Times Company

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