El Manchester United y los peligros de vivir en el pasado

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Los pasillos de Old Trafford seguían llenos de los aficionados del Liverpool que habían disfrutado de ver cómo su equipo saqueaba el Teatro de los Sueños el mes pasado, cuando Ole Gunnar Solskjaer, representándose a sí mismo, dio el argumento de su defensa.

Admitió que lo que acababa de atestiguar representaba el “día más oscuro” de sus tres años a cargo del Manchester United. Sin embargo, dijo Solskjaer, no iba a aceptar —no podía aceptar— la idea de dimitir, de marcharse. “Hemos llegado muy lejos como grupo y estamos demasiado cerca como para renunciar ahora”, señaló.

Tras salir del Old Trafford ese día, la idea de que Solskjaer pudiera salir ileso parecía irreal. Se había convertido en algo peor que un objeto de lástima: se había convertido en el remate de un chiste. Esa noche, los ejecutivos del United se reunieron para debatir cómo iban a reaccionar. De alguna manera, llegaron a la misma conclusión que el hombre que habían designado: no era el momento de dar la media vuelta. Solskjaer sobrevivió.

Hay varias maneras de explicar la renuencia del Manchester United —un club que se autodenomina como el más grande del mundo— para aceptar lo obvio: su negativa obstinada que le impidió reconocer que su entrenador estaba rebasado hasta que no solo el Liverpool lo humilló en casa, sino que lo aplastó con desdén el Manchester City y luego el modesto Watford lo hizo ver sobajado, lastimero y patético.

Una explicación —la más sencilla, la navaja de Ockham— es un cinismo indiferente e insensible: la jerarquía del United designó a Solskjaer, en un inicio de manera temporal y luego en una serie infinita de contratos permanentes, y se rehusó a tomar una decisión que pudiera ser una clara admisión de su error, y a los dueños del club no les importó quién estuviera en el cargo siempre y cuando el dinero siguiera ingresando.

Otra versión más amable podría apuntar hacia el curioso sentimentalismo que parece infectar al Manchester United: a pesar de ser una organización que se comporta en todas las demás esferas de su existencia como un monolito corporativo sin rostro, que corta en pedazos y vende su historia a quien le pague por una tajada, el United piensa con el corazón, en vez de con la cabeza, más a menudo de lo esperado.

Ese sentimentalismo estuvo presente en la premura por otorgarle un contrato permanente a Solskjaer después del estímulo de sus primeros meses como interino en 2018 y 2019, y luego de nuevo cuando el club le extendió su contrato el verano pasado tras terminar en un distante segundo lugar debajo del Manchester City en la Liga Premier.

Solskjaer es un exjugador —una leyenda del club, como lo dijo el comunicado adulador que anunció su partida— y a quienes lo contrataron les pareció irresistible lo romántico que pudo haber sido que fuera él quien regresara al equipo a su lugar en el pináculo. A Solskjaer incluso se le permitió una entrevista de salida, una oportunidad para despedirse en sus propios términos, con lágrimas en los ojos.

Tal vez esa debería ser una práctica estándar: los entrenadores, incluso los que pierdan de forma catastrófica frente al Watford, son humanos y deben de ser tratados como tal. Por supuesto, debido al afecto que existe por Solskjaer entre los aficionados del United, la entrevista fue totalmente comprensible. Sin embargo, no es la maniobra que haría la mayoría de las empresas prácticas, implacables y sin remordimientos.

Sin embargo, quizás el United no es tan práctico como podría ser, no todo el tiempo. Seguro hubo mucha gente dentro del club que se frotó las manos con regocijo frente al impacto del regreso de Cristiano Ronaldo el verano pasado: su inmensa cantidad de seguidores en Instagram, su ejército de admiradores, su enorme perfil comercial.

No obstante, nada de eso persuadió a Rio Ferdinand, Alex Ferguson ni Patrice Evra para interceder cuando parecía que Ronaldo estaba a punto de sumarse al Manchester City. Estos símbolos del United sirvieron para convencer a Ed Woodward, el principal peso pesado del club, de que interviniera. El talento de Ronaldo fue un factor, claro está, al igual que el estatus que había adquirido en todos los años que estuvo ausente, pero también lo fue la fascinación de regresar a casa al hijo pródigo, el sentimiento de que había vuelto donde pertenecía.

Sin duda, no es el comportamiento del “mejor de la clase” que al United le gustaría pensar que es su sello distintivo. No se necesitaba un gran conocimiento a profundidad, ni siquiera por adelantado, para preguntarse si esta pequeña excursión por el paseo del recuerdo podía ser a costa del balance del United, que Ronaldo pudiera relegar a las sombras al futuro del club, Mason Greenwood y Jadon Sancho, en particular.

No se requería ningún tipo de certificado táctico para comprender que Ronaldo, Bruno Fernandes y Paul Pogba, así como el resto del rutilante despliegue de talento ofensivo del United, no pueden ser incorporados con facilidad a un sistema convincente. No se necesitaba un entendimiento agudo para ver que tal vez habría sido mejor gastar el dinero en un mediocampista defensivo. Después de todo, hasta Solskjaer lo sabía.

No obstante, entonces esa es la gran ironía del Manchester United moderno, la que se encuentra en el centro de la tercera, y tal vez más convincente, explicación para comprender por qué el experimento de Solskjaer duró tanto, desde la caída frente al City y el colapso en contra del Liverpool hasta la derrota en la final de la Europa League de la temporada pasada, el descalabro por 6-1 en casa ante el Tottenham, el aniquilador 4-0 contra el Everton y todas las otras brillantes y apremiantes señales de advertencia.

Durante 20 años, este club solo se dedicó a ganar. Hay un cartel en Old Trafford que expone cuán importante es la victoria final para este club: imágenes en silueta de todos los trofeos disponibles para un equipo de fútbol inglés que rodean el lema “Los hemos ganado todos”. La mayoría de ellos fue coleccionada entre 1991 y 2013, cuando Ferguson convirtió a Old Trafford en un monumento de su propia grandeza.

Este es el nivel que la versión actual y las versiones futuras del Manchester United deben igualar; es la medida por la que han fracasado, una y otra vez, en los ocho años desde que Ferguson se paró en el campo de Old Trafford, un emperador que creía que el sol nunca se iba a poner y les aseguró a los aficionados que los buenos tiempos nunca iban a acabar.

Y, a pesar de todas esas victorias, apenas hay indicios de que alguien en el Old Trafford comprenda del todo cómo ocurrió. Solskjaer habló a menudo de restaurar las tradiciones del United, pero nunca quedó claro, en lo particular, cuáles eran.

En ese sentido, se suma a una larga y no tan orgullosa lista de exalumnos de Ferguson que han intentado seguir los pasos de su mentor y han fallado. Durante el tiempo que Ferguson estuvo en el cargo, el United tuvo bastantes jugadores que parecían tener las cualidades para ser entrenadores: la autoridad tranquila de Steve Bruce, la ira inspiradora de Roy Keane, la inteligencia feroz de Gary Neville, su hermano Phil.

Ninguno ha dado la talla. A los exasistentes de Ferguson les ha ido un poco mejor —Steve McLaren y Carlos Queiroz, en particular—, pero hay poca evidencia de una escuela de Ferguson.

Al momento de hacer una lista de todas las cosas necesarias para tener éxito en el fútbol moderno, es fácil dejarse llevar por la jerga insignificante: una visión clara, una filosofía definida, una estructura coherente. A veces, su importancia es exagerada; después de todo, el Real Madrid ganó tres títulos consecutivos de la Liga de Campeones porque tenía a los mejores jugadores. No obstante, si llegan por accidente o por designio, la mayoría de los equipos de la élite las tienen. El Manchester United no.

Tal vez por eso los ejecutivos del club pudieron creerle a Solskjaer cuando dijo que, frente a todo lo que había sucedido en contra del Liverpool, el club estaba “demasiado cerca como para renunciar ahora”. Unos minutos después de que había quedado expuesto, de manera exacta y brutal, el abismo profundo que existía entre el equipo de Solskjaer y su más grande rival, no quedó claro a qué se suponía que se estaba acercando el United.

No obstante, ¿cómo iban a saber si Solskjaer tenía razón las personas a cargo de decidir si seguía o no en su puesto? Saben que el Manchester United debe ser grandioso, porque lo fue con Ferguson, pero no saben cómo Ferguson logró esa grandeza, así que no tienen ningún mecanismo para medir la proximidad actual del club a ella.

En cambio, se apoyaron en la única lección que el club parece haber aprendido de Ferguson: ese éxito depende del don de un solo y grandioso individuo y lo único que deben hacer para recuperar su sitio es encontrar a esa persona. Esperaban, de todo corazón, que pudiera ser Solskjaer. No lo fue. Por lo tanto, ahora regresarán a su búsqueda, con la esperanza de acercarse de nuevo, aunque se alejen cada vez más.

© 2021 The New York Times Company

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