Kevin le cumple promesa a su padre, ya fallecido

Édgar Luna Cruz

CIUDAD DE MÉXICO, noviembre 16 (EL UNIVERSAL).- Felipe Álvarez era el hombre más feliz del mundo. Tenía tres hijos varones y todos los sábados se vestían igual: camiseta verde, short blanco y zapatos de futbol. Se iban a la cancha a jugar.

Llegó un día que nadie quiere recordar en una de las canchas de Colima. Don Felipe estaba por jugar un partido, el equipo calentaba y sus hijos jugueteaban en otros campos.

Sonó un gran estruendo, todo se estremeció. Un rayo había caído sobre alguien.

Con el paso del tiempo, los tres hermanos Álvarez se dieron cuenta de que la víctima había sido su papá.

Las cosas cambiaron, Su madre tuvo que hacerse cargo de los tres pequeños, pero no truncó sus sueños, y Kevin se fue a buscar fortuna, apenas con 10 años de edad... Se fue a Pachuca a forjar su carrera.

Pasaron los días, los meses y los años. Kevin no era feliz con los Tuzos, porque jugaba poco; a veces, ni eso.

Aguantó mucho, pero la soledad es mala consejera y la oportunidad seguía sin llegar. Un buen día, se hizo de valor. No aguantó más, escribió en un cuaderno todo lo que le iba a decir a su entrenador... Era hora de regresar a casa.

En la práctica, Kevin fue hecho a un lado, en lo que a juego con los titulares se refiere. Terminó la sesión, encontró el momento, y —cuando se acercó a su entrenador— este se volteó y le dijo: "Desde mañana ya no entrenas con nosotros, sino con el primer equipo".

El resto es historia. Kevin cumplió la promesa a don Felipe, quien desde el cielo vio cómo su hijo se volvió futbolista profesional y está a punto de jugar en una Copa del Mundo.