La muerte de Julio Jiménez nos recuerda un ciclismo que aún no aspiraba a ser pop

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Arrivée de Julio Jiménez au Parc des Princes, à Paris, France le 14 juillet 1966. (Photo by Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images)
Julio Jiménez llega al Parque de los Príncipes de París para terminar el Tour de Francia de 1966 (Photo by Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images)

Julio Jiménez, fallecido este miércoles tras un desgraciado accidente de tráfico en su Ávila natal, destacó en el ciclismo tarde, como tantos otros, porque tenía muchas cosas que hacer antes. Era aquel ciclismo de los sesenta un ciclismo en blanco y negro, de verdaderos "esforzados de la ruta" que veían en la bicicleta una escapatoria de la pobreza y que no entendían de cálculos ni de potenciómetros ni de pinganillos ni de historias. Un ciclismo sin glamour. El Madrid Yé-Yé ganaba la sexta Copa de Europa y a los Bahamontes, Loroño, Jiménez y compañía se les seguía viendo como unos excéntricos.

La carrera como ciclista de Jiménez dura diez años, pero se puede resumir en cuatro, los de su esplendor, de 1964 a 1967, ambos inclusive. Jiménez, tal vez demasiado opacado por la mítica figura de Bahamontes y sin la narrativa ni el palmarés posterior de Luis Ocaña, ganó aquel primer año la etapa del Puy de Dôme en el Tour de Francia. Era su segunda en aquella edición después de la de Andorra y llegaba después de una fantástica Vuelta a España, en la que quedó quinto, se llevó la montaña y ganó dos etapas.

Jiménez, con su gorra del mítico equipo KAS, que haría la vida imposible a todos los campeones de los sesenta y los setenta, consiguió sacarle once segundos a un Bahamontes ya en los 36 años... y cincuenta y siete segundos a Raymond Poulidor. En lo que quizá pueda ser un resumen del perfil bajo que tuvo su carrera, Jiménez consiguió ganar una de las etapas más importantes de la historia del Tour... sin que nadie recuerde que fue él quién ganó esa etapa. Pasarán las décadas y los aficionados seguirán recordando las imágenes de Poulidor y Anquetil jugándose el Tour hombro con hombro hasta que "Monsieur Crono" acabó cediendo lo justo en el último kilómetro para asegurarse su quinto Tour y su octava gran vuelta.

Jiménez acabó séptimo aquella edición y Bahamontes, tercero. Un año más tarde, ya sin el toledano de por medio, el "Relojero" se consagró como mejor escalador del mundo. Ganó la montaña en la Vuelta y dos etapas. Ganó también la montaña en el Tour -uno de sus tres entorchados- y otras dos etapas. No acabó ni entre los veinte primeros de ninguna de las dos carreras... pero ¿a quién le importan los puestos teniendo la gloria? Cuando todos pensaban que a los 32, Jiménez empezaría un rápido declive como rápido había sido su ascenso, sorprendió al mundo entero.

En 1966, Jiménez cambió el KAS por el dinero del Ford France, donde corría, ya venido a menos, Jacques Anquetil. Juntos empezaron el Giro sin un líder definido, pero la carrera puso al abulense en condición de ganarla y al francés no le importó ayudarle en la tarea. Jiménez se llevó la maglia rosa en la segunda etapa y puso todo su empeño en defenderla durante once días. A Anquetil se lo llevaban los demonios: "Julio, que trabajen otros", le decía. "Julio, no te desgastes ahora, lo pagarás luego". Pero Julio, orgulloso, se veía bien de rosa... así hasta que en la crono de Parma perdió una minutada con Vittorio Adorni y Gianni Motta y se acabó el sueño. Al final, quedó cuarto en la general... Anquetil, tercero.

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En el Tour, de nuevo rey de la montaña y otra etapa para la buchaca, la quinta en tres años, todas ellas con final en alto. El año en Ford le dio acceso al Bic, otro equipo francés, con un presupuesto sensacional y ganas de hacer historia. Jiménez (33 años, recuerden) pasó por la Vuelta sin pena ni gloria y empezó el Tour con el único propósito de tripitir como mejor escalador. Las etapas fueron pasando con su tradicional perfil bajo hasta que la carrera llegó a Briançon. Hablamos de aquellos Tours de entreguerras, que lo mismo te lo ganaban Lucien Aimar o Felice Gimondi. Aquel 1967 debería haber sido el de Julito Jiménez.

En Briançon, el abulense quedó segundo tras Gimondi. Por entonces, la carrera se disputaba por equipos nacionales y Francia había colocado en una fuga a un gregario, Roger Pingeon, para que se llevara la quinta etapa y se pusiera de líder. Aunque le metió más de seis minutos al grupo de favoritos, nadie contaba con ese chico para la general. Caería a plomo, seguro. De hecho, en Briançon perdió casi tres minutos con Julito, ya tercero en la general.

La etapa clave es la de Luchon. Manzaneque, del segundo equipo español, ataca a cincuenta kilómetros de meta y llega a alcanzar los diecisiete minutos de ventaja. Se coloca líder virtual. Por detrás, los franceses trabajan y trabajan... pero es todo una treta. El objetivo no es otro que Manzaneque espere el ataque de Jiménez y le lleve a la meta con la mayor diferencia posible. Y, así, cuando Jiménez salta del grupo de Pingeon, se dispara también la euforia entre la delegación española. Jiménez se acerca a Manzaneque y fantasea con que la ayuda de su gregario le coloque de líder en meta. Nada más lejos de la realidad.

Manzaneque se niega a parar. Quiere la etapa y quiere la gloria. Manzaneque tira por delante y Jiménez tira por detrás, gastando los dos unas fuerzas que podrían ser compartidas. En meta, el gregario gana la etapa y Jiménez quiere matarlo. Su asalto al liderato se queda a medias: tres minutos sobre el grupo de los franceses. El abulense queda así a dos minutos del líder... pero ya solo queda una etapa para recortarle tiempo, justo en el Puy de Dôme, donde se había hecho un nombre entre los grandes. Julito lo intenta y lo intenta, pero salta Aimar, salta Poulidor, salta el propio Pingeon. Incluso ya sin Anquetil, la selección francesa es formidable y Jiménez apenas les rebaña 24 segundos.

Aquel segundo puesto prometía muchas cosas, pero se quedaron en nada. Los siguientes dos años de la carrera del "Relojero" no estuvieron a la altura, salvo el Giro del 68, en el que ganó dos etapas pese al dominio de Eddy Merckx. En 1969, a los 35 años, decidía colgar la bici. Hombre de entreguerras, de capítulos sueltos del No-Do, lo rescató José Ramón de la Morena en los 80 para comentar el ciclismo en la SER. Un ciclismo muy distinto, por supuesto. Un ciclismo de gregarios que no dejaban tirados a sus líderes y de líderes que parecían estrellas del pop. Algo que su generación no podría haber soñado jamás, ni siquiera viendo a Anquetil peinarse después de cada etapa para salir guapo en las fotos del podio.

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