Juan Reynoso y el día que iba a morir en un vuelo maldito, pero una lesión lo salvó

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Juan Reynoso celebrando el título del Clausura 2021 con el Cruz Azul. (Héctor Vivas/Getty Images)
Juan Reynoso celebrando el título del Clausura 2021 con el Cruz Azul. (Héctor Vivas/Getty Images)

La tragedia no podía dimensionarse. El avión de Alianza Lima, el equipo más popular de Perú, había caído en el Océano Pacífico. Las cuentas: 16 jugadores muertos, junto a seis integrantes del cuerpo técnico y 21 pasajeros. El equipo dirigido por Marcos Calderón venía de vencer 1-0 al Deportivo Pucallpa. Entre las filas de aquel cuadro, comenzaba a asomarse un joven de 17 años que podía jugar de defensa y de mediocampista. Pero para el viaje a Pucallpa no estuvo disponible por una lesión. Su nombre era Juan Máximo Reynoso.

El prospecto aliancista tenía que haberse subido a ese avión. Sin embargo, junto a otros cuatro compañeros se quedó en Lima: César Esquino, que había sido expulsado; Benjamín Rodríguez, Juan Illescas y Arturo Guadalupe, que fueron descartados por el entrenador para ese partido. A Reynoso lo había bajado del avión una lesión. El 8 de diciembre de 1987 el Fokker F-27 cayó en el mar de Ventanilla, muy cerca de su destino, el aeropuerto Jorge Chávez.

De acuerdo con el único sobreviviente, Edilberto Villar, piloto de aquel avión, no todos los tripulantes murieron tras el impacto: algunos sobrevivieron algunas horas en el mar, pero no soportaron y perdieron la vida. Investigaciones de periodísticas de 2006 revelaron que el avión tenía fallas que impedían su correcto funcionamiento y que, además, Villar no contaba con la capacitación necesaria para volar de noche. Colo-Colo, equipo chileno, cedió a varios jugadores en solidaridad con Alianza. Teófilo Cubillas, ícono del futbol peruano, tuvo que salir del retiro para volverse a enfundar la camiseta y ayudar a su equipo. Le acompañaron sus colegas César Cueto y José Velázquez.

Reynoso y la madurez obligada

Los lamentos normales por perderse un viaje importante mutaron en un sentimiento de contradicción para Reynoso: el alivio de salvar la vida, pero la tristeza infinita de perder a 16 compañeros. La obligación inundó su mundo a partir de ese momento. Si su crecimiento iba a ser normal, el golpe traicionero del destino lo convirtió en un referente obligado: la Selección Peruana reclamó sus servicios apenas a los 18 años. El prometedor zaguero ganó dos títulos regionales con Alianza antes de tener una breve experiencia en España con el Sabadell en 1990. Volvió a casa y, después, fichó con Universitario, eterno rival de Alianza, en un movimiento que conmocionó a los aficionados aliancistas.

No duró mucho esa travesía, pues en 1994 emprendió su viaje por México, que al final duraría diez años. Así, Reynoso cumplió su destino en Cruz Azul. Fue campeón, como jugador, en el Invierno del 97. Aquella mítica gesta de La Máquina en Guanajuato no se podía concebir sin la gallardía y eficacia de su capitán. Juan Máximo no sólo cumplía con sus tareas defensivas —lo que ya era plausible—. Contagiaba a todos sus compañeros de ese liderazgo natural que no nace por casualidad. Reynoso conoció la peor cara del juego en sus primeros pasos y comprendió que la paciencia debe cultivarse para, luego, encontrarse con la gloria en los días cumbre.

Reynoso durante su paso por la selección de Perú. AFP PHOTO/Jaime RAZURI
Reynoso durante su paso por la selección de Perú. AFP PHOTO/Jaime RAZURI

Por eso cerró el círculo casi 22 años después. Previamente, Reynoso se había certificado como entrenador milagroso en Coronel Bolognesi y Melgar, equipos de su país a los que sacó campeones. Pero una maldición más carcomía su cabeza y la de todos los cementeros. La malaria ya era tan trágica como cómica: Cruz Azul, el eterno subcampeón. Nadie podía creerlo cuando pasó. La Máquina venció a Santos Laguna y alzó la novena. Se acabó la mala suerte. Adiós a todas las burlas. El artífice no podía ser otro: Juan Máximo Reynoso, el capitán de hierro.

Ahora el exorcista se ha aventurado a la misión más compleja de su carrera: dirigir a la selección de su país. Le vara quedó por los cielos: Gareca se convirtió en un ídolo nacional luego de conseguir el pasaje para Rusia 2018. Reynoso deberá dar seguimiento a los sueños que forjaron en la era del Tigre. Su rival de estreno no podía ser otro: México, el país en donde cristalizó los sueños que el destino le permitió después de salvar la vida por casualidad.

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