Este joven de 18 años puede ser la clave en las aspiraciones de Estados Unidos en la Copa Mundial

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CINCINNATI— Ricardo Pepi es joven. No está curtido, está crudo, le falta experiencia. La vendrían bien más líneas en su currículo y quizás un par de kilogramos más en su contextura delgaducha.

Pero debido a que, de igual modo, ha quedado en evidencia en los primeros días de su carrera que Pepi posee en abundancia la magia intangible, invaluable y a menudo efímera necesaria para hacer lo que se valora por encima de cualquier cosa en el fútbol —en otras palabras, marca goles— ninguna de las cosas antes mencionadas importa mucho.

Pepi, de 18 años, podría o no convertirse en el delantero del futuro de la selección masculina de fútbol de Estados Unidos. Muchos han intentado apropiarse de la posición —el número 9, en lenguaje futbolístico— y la mayoría ha fallado. Pero las preguntas sobre la viabilidad a largo plazo de Pepi, o sus límites como jugador, pueden esperar. Por el momento, hay una Copa del Mundo a la que hay que clasificar.

Y no hay duda de que Pepi es el delantero estadounidense del presente.

“La presión no es nada para él, creo que la disfruta, mucho más de lo que su edad debería permitirle”, dijo Eric Quill, quien fue entrenador de Pepi en North Texas SC en 2019 y 2020. “Los 9, cuando están en muy buena forma, son de cuidado. Y creo que en este momento Pepi tiene más confianza que nunca”.

Listo o no, a Pepi se le ha pedido que cargue con una enorme responsabilidad sobre sus hombros de adolescente. Tras debutar con la selección principal de Estados Unidos hace apenas dos meses, fue el único delantero puro que Gregg Berhalter, el director técnico de la selección, convocó para los dos partidos clasificatorios para la Copa del Mundo de este mes. El primero fue un partido estelar el viernes por la noche contra México en Cincinnati, donde Estados Unidos ganó 2 a 0.

La muestra de fe, aunque arriesgada, tenía sentido: Pepi, que juega como profesional en el FC Dallas en la Major League Soccer (MLS, por su sigla en inglés), había acumulado tres goles y dos asistencias en sus primeras cuatro apariciones con Estados Unidos. También ha sido uno de los puntos prometedores con más consistencia en el comienzo un poco inestable del equipo en el torneo de clasificación.

Pepi es el jugador más joven de un equipo de verdad joven (“Lose Yourself” de Eminem era la canción más popular del país cuando Pepi nació en enero de 2003, y Tom Brady solo tenía un anillo de Supertazón en ese entonces). La juventud de la selección estadounidense ha sido a la vez motivo de orgullo (cuando las cosas van bien) y una excusa (cuando las cosas no van tan bien). Pero el desastroso fracaso de la selección de no lograr clasificar para la Copa del Mundo de 2018 ha ayudado a los entrenadores a justificar darle una oportunidad a los nuevos talentos, sin importar la trayectoria.

Pepi encarna ese deseo de empezar de cero más que nadie. Es puro potencial. Es la personificación de una hoja en blanco.

Su aparición no podría ser más oportuna. En los últimos años, el programa de Estados Unidos ha visto florecer jugadores prometedores por todo el campo (por ejemplo, los mediocampistas ofensivos estadounidenses parecen multiplicarse como conejos). Pero la posición de centro delantero tiene tiempo siendo una especie de sector estéril.

Brian McBride, quien jugó entre 1993 y 2006, sigue siendo el modelo a seguir para los delanteros estadounidenses, según Herculez Gomez, exdelantero de la selección nacional. Jozy Altidore fue quien estuvo más cerca de ocupar el lugar de McBride, dijo Gomez. Muchos otros han tenido grandes expectativas a su alrededor, pero pocos las han cumplido.

Gomez afirmó que Pepi era un jugador inexperto, pero sin duda prometedor, y que había mostrado una marcada trayectoria de mejora solo en el último año.

“Creo que su mentalidad es el atributo más fuerte que tiene”, dijo Gómez. “Tiene mucha hambre de victoria. Tiene cierta arrogancia. Es casi engreído. Siempre muestra algo de pavoneo”.

Eso podría ser cierto en el área de penalti, pero en la mayoría de las otras circunstancias, Pepi es conocido como un introvertido. En conversaciones con los medios de comunicación, por ejemplo, tiende a divagar con cautela al principio de una respuesta antes de decidirse a utilizar frases que ya ha usado antes. (Para algunos atletas, el problema de jugar bien es que la gente quiere hablar contigo).

Este tipo de timidez podría ser preocupante para un entrenador, si no fuera eliminada con tanta facilidad y ferocidad en la cancha.

“En el vestuario siempre estaba solo, en una esquina”, dijo Francisco Molina, exdirector de cazatalentos del FC Dallas, quien conoció a Pepi cuando jugaba en el sistema juvenil del equipo. “En el campo, era un niño rebelde, ruidoso, gritón”.

Lo primero que notó Molina de Pepi fue su contextura delgada (“como un cervatillo”, dijo). Lo segundo fue su flujo constante de goles: podía marcarlos con el pie derecho o izquierdo, con la cabeza, con las rodillas, los hombros y la espinilla. Puede conseguir casi cualquier manera de empujar la pelota hacia el fondo de la red.

“Tiene ese instinto”, dijo Molina. “Es un 9 puro”.

Estas habilidades han captado el interés de los mejores clubes de Europa. Entre los que siguen el desarrollo de Pepi, parece haber un acuerdo de que su próximo paso debe ser cuidadoso y concienzudo: quizás un lugar en un buen equipo en una liga de perfil medio, o uno en un equipo de perfil medio en una liga principal.

También parece haber consenso en el área en la que más podría mejorar: cuando juega de espaldas al arco. En esas situaciones, Pepi prefiere pasarle el balón rápido a un compañero de equipo para volver a moverse. Todavía no se ve muy cómodo controlando el balón y resistiendo un desafío físico de un defensa, el tipo de pausa que los mejores delanteros deben dominar para darle tiempo a sus compañeros de equipo para diseñar un ataque a su alrededor.

Para Pepi, la clave podría ser tan sencilla como ganar algo de músculo.

“En los niveles más altos, la mayoría de los defensas centrales son unas bestias atléticas”, dijo Quill. “Pepi tiene una contextura delgada. Va a tener que esforzarse mucho en el gimnasio”.

Molina concuerda. “Su cuerpo todavía no ha alcanzado a su cerebro”, dijo.

El cerebro y cuerpo futbolístico de Pepi seguirán desarrollándose, pero su corazón ya fue puesto a prueba el verano pasado cuando se vio obligado a elegir entre representar a Estados Unidos, donde nació, o México, el país natal de sus padres.

Pepi creció en San Elizario, Texas, un pueblo de clase obrera en las afueras de El Paso. En casa hablaba español, seguía al Club América de la liga mexicana, apoyaba a la selección nacional de México e idolatraba a sus estrellas. Moverse con fluidez entre culturas era natural para él, del mismo modo que puede serlo para innumerables hijos de inmigrantes de todo el mundo.

Al final, Pepi eligió Estados Unidos por la comodidad que había desarrollado con la federación y por las oportunidades que le ofrecía la selección para ayudarlo a prosperar.

“Sigue tu propio camino”, dijo Pepi cuando le preguntaron qué consejo le daría a otro jugador mexicano-estadounidense que enfrente la misma disyuntiva. “Toma tu decisión con el corazón”.

A Michael Orozco, un compatriota mexicano-estadounidense que jugó 29 partidos con la selección nacional de Estados Unidos, le alegró la decisión de Pepi. Pero advirtió que en adelante podría enfrentar críticas, incluso hostilidad, de los aficionados mexicanos.

En 2012, Orozco marcó un gol para Estados Unidos en un amistoso en el Estadio Azteca en la Ciudad de México, lo que ayudó a que los estadounidenses consiguieran su primera victoria en suelo mexicano. Orozco, quien jugaba en la liga mexicana en ese momento y que ahora juega para el Orange County SC de la USL, dijo que había sido criticado por sus compañeros de equipo por anotar y, peor aún, celebrar. Orozco dijo que no tiene remordimientos, y espera que Pepi tampoco los tenga.

“Está comenzando a demostrar su valía”, dijo. “Ahora tiene que estar a la altura de su potencial”.

© 2021 The New York Times Company

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