Para honrar a sus antepasados indígenas, se convirtió en un campeón

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Los espectadores animan a los corredores en los campeonatos interescolares del estado de Nevada en Reed High School en Sparks, Nevada, el 6 de noviembre de 2021. (Sharon Chischilly / The New York Times)
Los espectadores animan a los corredores en los campeonatos interescolares del estado de Nevada en Reed High School en Sparks, Nevada, el 6 de noviembre de 2021. (Sharon Chischilly / The New York Times)

RENO, Nevada — Ku Stevens corría hacia el amanecer. Sus pies se hundían en el camino de grava, sus piernas ardían de dolor y luchaba contra las dudas. Pero siguió corriendo. Un par de espectadores rezagados se cruzaron en su camino y se desvió para evitarlos, casi perdiendo el equilibrio, y continuó la carrera.

Los 5 kilómetros que conforman el sendero de la carrera se extendieron hasta las laderas. No tenía compañeros de equipo y sus competidores habían quedado bastante rezagados. No había nadie que lo presionara para ser el mejor, en ese momento cuando lo necesitaba. Pero Stevens siguió corriendo.

Ku —un diminutivo de Kutoven— es un estudiante de último año en Yerington High School en el oeste de Nevada que compitió en los campeonatos interescolares del estado de Nevada a principios de noviembre. Aunque vivía en una reserva de nativos estadounidenses con dificultades y participaba en un deporte en el que pocos competidores compartían sus antecedentes, durante años soñó con ser el corredor de distancia de escuela secundaria más rápido del estado. Quería demostrar que los nativos estadounidenses podían ser campeones.

Ganar honraría a su tribu y a sus antepasados, en particular a su bisabuelo y a otros como él, que soportaron un trato brutal en los internados, administrados por la Iglesia y el gobierno federal, y los esfuerzos, a menudo violentos, para despojar a los nativos estadounidenses de su idioma, creencias religiosas y todos los demás vestigios de su cultura.

Para Stevens, eso había sido un crimen contra la naturaleza, de verdad incorrecto e imperdonable.

El bisabuelo de Stevens, Frank Quinn, un indio Yerington Paiute nacido en el accidentado desierto de Nevada, sufrió un destino demasiado común para los niños nativos estadounidenses a principios del siglo XX. Alrededor de los 7 u 8 años, se vio obligado a dejar a sus padres y asistir a la Stewart Indian School, a 4,8 kilómetros de Carson City y a un mundo de distancia de su tribu.

El internado fue una de las más de 350 instituciones similares en Estados Unidos creadas para asimilar por la fuerza a los nativos estadounidenses. “El propósito fue malvado”, dijo Stacey Montooth, directora ejecutiva de la Comisión Indígena de Nevada. “Fue un genocidio”.

Ku Stevens, de 18 años, y su novia, Vanessa Lopez, regresaban a las carpas de sus equipos después de los campeonatos interescolares de campo traviesa del estado de Nevada en Reed High School en Sparks, Nevada, el 6 de noviembre de 2021. (Sharon Chischilly / The New York Times)
Ku Stevens, de 18 años, y su novia, Vanessa Lopez, regresaban a las carpas de sus equipos después de los campeonatos interescolares de campo traviesa del estado de Nevada en Reed High School en Sparks, Nevada, el 6 de noviembre de 2021. (Sharon Chischilly / The New York Times)

En la época de Quinn, los niños de tan solo 4 años llegaban al campus después de que los agentes de la escuela los arrancaban de los brazos de sus padres. Madres y padres viajaron desde tierras tribales y acamparon en las afueras del extenso campus de Stewart, con la esperanza de poder ver por un instante a sus hijos. El castigo corporal y el confinamiento solitario eran comunes. Como en muchos de los internados de nativos estadounidenses, un cementerio se encontraba cerca. Se dice que sus tumbas contienen los restos de los estudiantes que murieron en la escuela.

Quinn se enfrentó a ese trato. Los Paiute han transmitido su historia de manera oral y de generación en generación. Han contado la historia de cómo Quinn tenía solo 8 años cuando escapó de Stewart y huyó al desierto. Cómo corrió, usando un agudo recuerdo de la topografía, y de alguna manera recorrió el camino hasta su casa, un viaje de 80,4 kilómetros.

Solo hay escasos registros del tiempo que Quinn pasó en Stewart, pero se sabe esto: después de ese primer escape, los agentes del gobierno lo arrastraron de regreso al internado. Una vez más huyó, solo para ser capturado y devuelto otra vez. Se escapó de nuevo y volvió a casa. Al final, la escuela se rindió.

Quinn se convertiría en ranchero, líder tribal y anciano respetado, un hombre tranquilo que se negaba a hablar mal de nadie. Murió a mediados de la década de 1980, a 402 metros de la casa de un piso y dos habitaciones donde Stevens vive ahora.

Fue cerca de esa casa donde Stevens se enamoró de la carrera. La velocidad y la confianza en sí mismo hicieron que se sintiera libre. Recuerda que esa sensación lo invadió a los 4 años en su primera carrera de 802 metros, en la que corrió durante todo el trayecto.

A los 8 años, corría con frecuencia al lado de su padre, Del Stevens, un trabajador social que salía a correr para deshacerse del estrés. A los 12 años, Ku recorrió kilómetros sin su padre, acelerando día tras día por caminos de tierra que bordeaban granjas cercanas.

Yerington High se encuentra en un pueblo de 3000 habitantes, en su mayoría blancos, cerca de la reserva. En su segunda temporada, Stevens era el único miembro del equipo de campo traviesa. No tenía a nadie que lo ayudara a correr más rápido, nadie con quien trabajar en conjunto durante las carreras contra escuelas que a veces presentaban una falange de 10 corredores.

Indesmayable, acumuló victoria tras victoria.

Su familia nunca había podido pagar un viaje para que Stevens compitiera contra los mejores talentos en eventos nacionales, donde los entrenadores universitarios reclutan a los corredores. Pero este verano, la clínica médica de la tribu, que buscaba promover una vida saludable en una reserva asolada por la diabetes, pagó a Stevens para que viajara por todo el país y se enfrentara con algunos de los mejores del país.

En julio, en el Campeonato Olímpico Juvenil de Pista y Campo de Estados Unidos, realizado en Florida, obtuvo el primer lugar en la carrera de 3000 metros. Luego ganó el oro en un encuentro de Texas. De regreso a casa en Nevada, dominó su temporada en la escuela secundaria.

El siguiente fue el campeonato estatal, con casi 200 corredores y decenas de equipos. Stevens conocía la historia: los nativos estadounidenses rara vez habían dejado huella en la competición. Prometió cambiar eso y por fin captar la atención de los entrenadores de los equipos universitarios más exitosos.

La noche anterior, Stevens se sentó en su habitación, llena de medallas y placas de primer lugar. “Oregon”, dijo, tranquilo y seguro, “esa es la escuela para mí. Quiero correr para Oregon”.

El encuentro estatal se realizó en un campo montañoso azotado por el viento en Reno, donde Stevens vio correr a los corredores de las escuelas más importantes. Prestó especial atención al ganador, Nathan Carlin, un estudiante de último año del área de Las Vegas que registró un tiempo formidable de 16 minutos y 29 segundos.

Luego fue el turno de Stevens. Se paró en la línea de salida, delgado y solitario junto a los equipos de otras escuelas pequeñas. Con el mismo uniforme púrpura que había usado desde el primer año, miró a sus padres y amigos. Sus ojos se tensaron. Con algo de nervios jugueteó con su cabello negro, largo hasta los hombros, que estaba recogido en una cola de caballo.

Stevens no solo quería conquistar el terreno de su recorrido. Sabía que necesitaba mejorar el tiempo de Carlin para destacar entre los reclutadores. “No estoy seguro de poder”, pensó.

Oró pidiendo fuerza y se paró sobre la línea. Después de un momento. El disparo del arma de salida atravesó el aire. Stevens saltó al frente, por encima de los fervientes vítores de la multitud. “Ese es Ku, el niño indio de la reserva”, escuchó decir a un espectador. “¡Vaya, hombre, es bastante rápido!”.

Stevens luchó por respirar y se esforzó con cada paso. Más rápido, más rápido. Siguió, doblando una curva, cruzando una recta, de tierra a grava y luego al pasto. Una última vuelta. Subiendo y bajando por una ladera rocosa. El dolor recorría su cuerpo, pero corrió hacia adelante, haciendo una mueca, con la cabeza inclinada hacia atrás.

Al final, cruzó la línea de meta. Abatido sobre la grama, escuchó al locutor gritar su tiempo por la megafonía: 16 minutos, 28 segundos. Un segundo más rápido que Carlin.

Ku Stevens fue campeón estatal y el corredor de campo traviesa de secundaria más rápido de Nevada. De pie ante la multitud para recibir su medalla de oro, se arropó con la bandera de la tribu Yerington Paiute.

© 2021 The New York Times Company

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