El problema de Garbiñe Muguruza es cuando nos hace soñar

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Spain's Garbine Muguruza serves to China's Wang Qiang during their Tokyo 2020 Olympic Games women's singles second round tennis match at the Ariake Tennis Park in Tokyo on July 26, 2021. (Photo by Tiziana FABI / AFP) (Photo by TIZIANA FABI/AFP via Getty Images)
Photo by TIZIANA FABI/AFP via Getty Images

Yo creo que podríamos acostumbrarnos a la mediocridad. Ser aficionado al deporte, en buena parte, consiste en eso: en admirar a gente que es muy buena pero no lo suficiente como para dominar su disciplina. Superhéroes del montón. Podríamos tolerar a una Garbiñe Muguruza de octavos de final y terceras rondas y alegrarnos con ella cuando llegara a unas semifinales, verla como una campeona porque ha desafiado sus límites. Quererla como se quiere a un Roberto Bautista, por ejemplo, o incluso a un Pablo Carreño, jugadores de los que no esperamos gran cosa pero son tan buenos que, de vez en cuando, nos dan la sorpresa.

Sin embargo, seis años después de su primera final en Wimbledon, aún no sabemos muy bien qué hacer con la tenista vasca. No sabemos si debemos enamorarnos y entregarnos a ella o si mirar sus resultados como el que mira los de una tenista rusa al azar. Para protegernos, tendemos a pensar que en el fondo es una perdedora, que no ha conseguido llegar hasta donde debería y olvidamos de un plumazo las cuatro finales de Grand Slam, el título de Roland Garros, el de Wimbledon, el número uno del mundo... como si alguien, más allá de la mítica Arantxa Sánchez-Vicario hubiera conseguido algo así en la historia del tenis femenino español.

Garbiñe acaba asimilada a "fracaso" de una manera cruel y gratuita y le negamos nuestro cariño porque sabemos que lo llevaríamos demasiado lejos. Que nos enamoraríamos perdidamente de ese enorme talento, de esas enormes capacidades sin dudarlo a poco que nos diera el más mínimo motivo. Pasa siempre que enlaza dos partidos consecutivos con buenas sensaciones. Nos venimos arriba. Volvemos a soñar con una Garbiñe campeona y nos entregamos. Nos entregamos en el dobles con Carla Suárez, la muy querida Carla Suárez, y nos entregamos en los individuales, convencidos de que, este año sí, todo encajará y su triunfo será también el nuestro, el de todo un país que va necesitando una alegría entre tantos calambres, tantos positivos de última hora y tantos golpes de calor.

Sin embargo, es justo en ese momento, cuando le entregamos el corazón, que Garbiñe nos lo rompe. Es justo entonces cuando pasa algo. Por ejemplo, una derrota inesperada en cuartos de final contra Elena Rybakina sin apenas oponer resistencia, perdida entre el calor, la humedad, las molestias físicas y la eterna sensación de que el muro se cierra con ella dentro y no hay nada que se pueda hacer. En lo que parecen los Juegos de la salud mental, conviene recordar que Garbiñe ya tuvo que parar en su momento, desbordada por las expectativas. Aún resuena ese "no, yo no me voy a morir por la bolar" que le soltó a su ex entrenador Sam Sumyk en pleno partido, completamente desbordada, y que tantas críticas le valió.

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Garbiñe tiene que vivir con eso y no es fácil porque no es cierto que Garbiñe no luche pero desde luego no es lo que mejor se le da. Si el partido se pone de cara, estupendo. Si hay que remar... empiezan los problemas. Hay gente que se le da excelentemente lo contrario y que luego es un desastre en cosas más básicas. En general, es conveniente querer a cada uno tal como es o no quererle en absoluto, que es exactamente lo que todos nos estamos planteando respecto a Muguruza: si nos merece la pena entregarnos o si es mejor seguir en una especie de cinismo y risita cobarde.

En lo que Badosa se asienta entre las mejores -y nunca hay que dar nada por hecho-, Garbiñe sigue siendo lo mejor que tenemos en el tenis femenino. Y cuando la vemos dominar, cuando vemos ese saque y esa derecha, cuando la vemos disfrutar sobre la cancha, es imposible no pensar en ella como en una ganadora de lo que le apetezca. Es completamente imposible porque su potencial es demasiado exuberante. Luego llegan los problemas y, como decía antes, Muguruza ha aprendido a convivir con ellos hasta el punto de que se acepta a sí misma y ya no quiere salir corriendo, que es algo, por otro lado, muy sano. Llega hasta donde llega y, si se echa a llorar, es por el dolor de una compañera, como pasó el martes con el doble junto a Carla Suárez.

Ahora bien, en medio, quedamos nosotros. ¿Qué se espera de nosotros? Seguimos desconcertados. Todos pensamos que esta medalla no se escapaba pero se escapó. Es cierto que el problema no es solo de Garbiñe y que el circuito WTA es una montaña rusa, pero llevamos demasiado tiempo sin algo realmente grande que llevarnos a la boca y cuando las relaciones no avanzan, necesariamente se estancan. La vasca empezó el año como un tiro, recordando su mejor versión, pero no ha podido mantener el nivel. Tiene aún 27 años, así que seguro que el destino le guarda más oportunidades. El asunto es seguir así y ver qué cae. Lo bueno de Garbiñe es que le da igual lo que pensemos de ella, hace tiempo que dejó de tenernos en cuenta. Es un buen camino hacia el éxito.

Como Penélope, nosotros seguiremos esperando en la estación para subirnos al tren cuando dé la sensación de que va a arrancar. Y haremos el viaje encantados, sin reproches. Tarde o temprano. De momento, toca esperar un tiempo más y tirar de paciencia. Podremos decir lo que queramos de ella, que la siguiente vez que se plante en cuartos de final de algo que nos suene, dejará de ser Muguruza y volverá a ser Garbi. No podemos evitarlo.

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