La fusión en Hollywood que podría darle una nueva forma al mercado de transferencias del fútbol

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LONDRES — Todo lo relacionado con el acuerdo parecía connotar vastedad. Lo más evidente eran las cifras: se estima que la fusión creó una empresa con un valor combinado de 5000 millones de dólares. También estuvo el lenguaje. Un “hito”, según Variety. The Los Angeles Business Journal lo calificó de “sísmico”.

No obstante, en este caso, el tiempo es el mejor mecanismo para calcular la escala. En septiembre del año pasado, se corrió la voz fuera de Los Ángeles de que dos de las agencias de talento más grandes del mundo, Creative Artists Agency (CAA) y ICM Partners, habían decidido unir fuerzas, pero no fue sino hasta junio que la unión obtuvo la luz verde.

La demora de nueve meses se podría atribuir a los investigadores antimonopolios que revisaron a detalle el acuerdo, para determinar si la agencia unificada iba a tener demasiado poder. El Departamento de Justicia y la Comisión Federal de Comercio supuestamente revisaron con cuidado la posible fusión.

La preocupación principal era el impacto potencial en Hollywood si dos de sus agencias más influyentes se transformaban en un titán que fuera a dominar el mercado y qué implicaba eso para la industria. Por su parte, el Sindicato de Actores de Cine expresó inquietudes de que sus miembros pudieran tener “desventajas” a causa del acuerdo.

En ningún momento, hubo alguien que sintiera la necesidad de mencionar el fútbol. Sin embargo, en el fútbol se podría sentir el impacto de manera más intensa.

En los últimos tres años, tanto CAA como ICM se han expandido hacia el fútbol. En 2019, CAA adquirió Base Soccer, una de las agencias deportivas más importantes del Reino Unido, con más de 300 clientes profesionales. Un año más tarde, ICM cerró el acuerdo para comprar una firma todavía más grande, Stellar Group, considerada la adquisición más cara en la historia de la empresa.

Durante años, Base y Stellar se han convertido en potencias —Stellar, la agencia más grande en el deporte, representa a más de 800 clientes—, pero también han sido rivales y no siempre cordiales. Sin embargo, en cuanto el Departamento de Justicia autorizó la adquisición de CAA sobre ICM, se convirtieron en compañeras de equipo.

Por supuesto que esto tiene consecuencias para las firmas, los representantes que pertenecen a ellas y los jugadores a quienes llaman clientes, entre ellos estrellas como Gareth Bale, Jack Grealish y Eduardo Camavinga. Sin embargo, la escala de la operación combinada también podría tener un efecto profundo en el delicado equilibrio de poder del tenso y lucrativo negocio de la compra y venta de jugadores que actúa como el motor financiero del deporte más popular del mundo.

Licencia poética

Hay un elemento en la novela con la que debutó Erkut Sogut que, según admite el autor, pertenece por completo al terreno de la fantasía. Sogut quiere enfatizar que el fútbol en realidad no lo controla una camarilla de superrepresentantes que recurrirán a lo que sea —sabotaje, partidos amañados, secuestro, asesinato— para mantener bajo su control el juego y sus riquezas.

Todo lo demás es real, asegura Sogut. De hecho, más que eso: el argumento de su libro, “Deadline”, una novela de suspenso con el mercado de trasferencias de fondo, proviene de experiencias de primera mano. Sogut ha sido representante durante quince años y es mejor conocido por su larga asociación con Mesut Özil, otrora enganche del Arsenal, Real Madrid y la selección alemana. Según Sogut, es un mundo que no exige muchísima licencia poética.

El retrato que hace de la industria no es halagador. En general, sus personajes son charlatanes y buitres, embaucadores y estafadores, que operan en un deporte plagado de corrupción y podrido por el nepotismo. No obstante, es intrínsicamente familiar: el fútbol se ha ido acostumbrando a que se represente a sus agentes como titiriteros en trajes elegantes y lentes oscuros de diseñador que ejercen la influencia definitiva sobre los destinos de los jugadores y los equipos.

Sin embargo, esa imagen, la que baña a la novela de Sogut, no captura por completo la realidad de la industria actual. A las personas como Jorge Mendes —“consigliere” de Cristiano Ronaldo y José Mourinho— se les podrían considerar reyes midas que poseen la influencia necesaria para doblar todo el mercado a su voluntad, pero cada vez parecen más la excepción que la regla. El mundo de los representantes se está convulsionando, el último campo de batalla del fútbol entre el dinero nuevo y las viejas manos.

Aunque la decisión controvertida de la FIFA de 2015 de desregular la industria le abrió la puerta a cualquier familiar o amigo que quisiera apuntarse para representar a un jugador —una maniobra que convirtió un mundo caótico e irrevocablemente turbio en “toda una batalla campal”, en palabras de un representante—, los participantes más nuevos y significativos en años recientes no han sido operadores deshonestos que esperan ganar dinero rápido, sino corporaciones consolidadas que criban nuevas fortunas.

En este momento, ese mercado no solo incluye a CAA —la cual ingresó primero al fútbol con el manejo de acuerdos comerciales para la cuadrilla de estrellas de Mendes— e ICM, sino también a Wasserman, la agencia deportiva con sede en California. Esta última montó una cabeza de playa en el fútbol inglés en 2006, pero se ha expandido con rapidez en los últimos dos años, con la adquisición de otra agencia británica, Key Sports, y la firma española Top Value, así como con la apertura de una oficina en Alemania.

No es ningún misterio en dónde radica el atractivo. Según la FIFA, los representantes e intermediarios ganaron más de 500 millones de dólares en comisiones tan solo el año pasado. En 117 acuerdos, esos pagos superaron el millón de dólares. Pero incluso esto parece cambio en comparación, digamos, con el acuerdo que envió a Erling Haaland al Manchester City este verano: se rumora que sus presentantes han ganado una cifra que ronda los 40 millones de dólares solo por lograr su firma.

Ese tipo de cantidades son difíciles de resistir. “El fútbol es el principal deporte del mundo”, comentó Jonathan Barnett, cofundador de Stellar. “Si quieres ser una de las principales agencias deportivas, debes estar involucrada”.

El trabajo pesado

Michael Yormark, con su mandíbula de cristal tallado y su pelo cortado al ras, no pareciera el tipo de persona que se intimida con facilidad. Yormark, un representante veterano, ha pasado los últimos seis años dirigiendo la expansión hacia los deportes internacionales de la marca Roc Nation de Jay Z, al forjar a detalle una plantilla de clientes que comenzó, por accidente, con Jérôme Boateng y desde entonces ha crecido hasta incluir a la estrella belga Romelu Lukaku y al defensa del Chelsea Reece James.

Por lo tanto, se podía esperar que Yormark recibiera la posibilidad de un colosal nuevo rival en su terreno con algo atrapado entre la reticencia y el temor. En cambio, en una entrevista en las oficinas de Roc en Londres, dio la impresión de sentir un entusiasmo genuino. “Ese acuerdo es genial para nosotros”, comentó.

Su lógica es sencilla. Roc Nation busca atraer a clientes potenciales con base en lo que Yormark describió como un “servicio de 360 grados”, uno que se centra tanto, o más, en cumplir sus aspiraciones fuera del campo como en negociar nuevos contratos o concretar transferencias suntuosas. La marca mantiene una lista de clientes pequeña a propósito.

“El trabajo pesado es ayudar a construir una marca, una plataforma, lo que quieran hacer”, comentó Yormark. La empresa asevera que esto no es posible con una lista de clientes que se cuenten entre los cientos. “Sería difícil hacerlo con 150 clientes”, mencionó Alan Redmond, el director de fútbol americano de Roc Nation. “Sería imposible si tuviéramos 400”.

Al interior de CAA, esas preocupaciones se toman a la ligera. Los ejecutivos creen que la escala de la empresa oculta su flexibilidad. El ejemplo que se suele citar es el del jugador de la NBA Zion Williamson de los Pelicans de Nueva Orleans.

Cuando estaba buscando quién lo representara, Williamson dejó claro que quería algo “boutique”, justo el tipo de trato que ha sido el sello distintivo de Roc Nation. Para obtener su firma, CAA pivoteó. Según un ejecutivo de CAA, Williamson y su familia tienen dos puntos de contacto en la agencia, ni uno más. El hecho de que esos representantes sean tan solo una parte diminuta de una empresa gigantesca no está a la vista.

Sin embargo, hay otras personas a las que les preocupa que el tipo de representación que puedan recibir los jugadores no sea para nada la consecuencia más significativa de la fusión.

Aunque la llegada de las corporaciones —con accionistas, culturas en el lugar de trabajo e imágenes públicas de que preocuparse— podría ser un indicador de una profesionalización invasora en el tipo de industria tradicionalmente anárquica que muestra la novela de Sogut, también expone a los futbolistas frente a la posibilidad de que una necesidad mayor para impulsar el balance de una empresa matriz determine sus futuros.

“Si un representante está bajo presión para realizar una maniobra con premura porque es lo mejor para la agencia, puede poner en peligro una carrera”, según un representante experimentado.

Claro está, ese siempre ha sido un riesgo para los futbolistas. Siempre han sido vulnerables a que intereses más importantes para sus representantes que lo suyos les den forma a sus carreras. Por ejemplo, esa tensión hace que al mundo de los representantes sea un escenario tan rico y cautivador para una novela de suspenso. Siempre ha habido tiburones en el agua. Lo único que ha cambiado es el tamaño de los peces.

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