Festejó el triunfo en un Carlos Pellegrini antes de llegar al disco, lo perdió y estuvo a punto de suicidarse

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Penny Post y Osvaldo Pellegrino, un sociedad que se interrumpió tras el increíble desenlace del Pellegrini de 1949
Penny Post y Osvaldo Pellegrino, un sociedad que se interrumpió tras el increíble desenlace del Pellegrini de 1949 - Créditos: @Archivo General de la Nación Argentina

Penny Post fue el gran favorito del Gran Premio Carlos Pellegrini de 1949, en el césped de San Isidro. Era el mejor caballo de ese año en el país y en la carrera más importante de la Argentina se le animaron solamente seis rivales aquel domingo 6 de noviembre. Parecía muy difícil que fuera derrotado, sobre todo luego de correr adelante la mayor parte de los 3000 metros de competencia y llevar varios cuerpos de ventaja al pasar delante de las tribunas rumbo al disco. Pero una situación insólita le costó la victoria: su jockey celebró antes de la meta lanzando la gorra a la tribuna, su caballo de casi 530 kilos se desestabilizó, perdió velocidad y Cruz Montiel, que atropellaba, le ganó por el pescuezo. Increíble.

Un hipódromo con público de un lado y del otro de la pista de césped, tras una decisión de las autoridades y de la policía para descomprimir la sofocación en las tribunas, mutó en un puñado de segundos de la profunda admiración y algarabía a la impactante sorpresa cuando Osvaldo Pellegrino, el jinete de Penny Post, se dejó llevar por la ansiedad de una conquista épica que tenía al alcance de sus ojos. Quedó marcado para siempre por una situación de la que no se conoce una réplica. Por su irresponsabilidad profesional, el jockey fue suspendido por 10 fechas, ya no volvió a ser convocado nunca jamás para llevar las riendas de ese pura sangre en las temporadas siguientes y sus amigos lo contuvieron cuando, abatido por el desatino, aseguraba que iba a suicidarse porque no podía sobrellevar el peso de aquella tarde fatídica en lo deportivo donde desaprovechó la oportunidad de su vida.

Las crónicas de la época salieron dos días más tarde, ya que la mañana siguiente al gran premio no hubo diarios en la Argentina por tratarse del Día del Canillita. “El jockey Pellegrino, rematando sus desaguisados, sólo se preocupó de subrayar la victoria, que consideraba inminente, quitándose la gorra con el látigo. Al hacerlo, desatendió el manejo de Penny Post, al que desarmó prácticamente. Fue en tales circunstancias cuando arreció el rigor de Rubén Quinteros en la exigencia de Cruz Montiel, que logró, así, frente mismo a la meta, aventajar a Penny Post por la diferencia de un pescuezo”, describió en sus páginas LA NACION. Quinteros había dejado de correr para dedicarse a entrenar caballos con buen suceso y regresó a las pistas ese año.

Tanta confianza en favor de Penny Post habría de verse frustrada, sin embargo, y no precisamente por renuncio del hijo de Embrujo, sino por inhabilidad de su jockey, Osvaldo J. Pellegrino, que no estuvo a la altura de su responsabilidad, errando lamentablemente en la dirección del pensionista de la caballeriza La Giralda. De esa impericia sacó partido precisamente su derrotado de siempre, esto es, Cruz Montiel, que al fin encontró la oportunidad que había perseguido en vano tantas veces”, sumó el relato periodístico, devastador.

La página de LA NACION que refleja la crónica del Pellegrini de 1949
La página de LA NACION que refleja la crónica del Pellegrini de 1949


La página de LA NACION que refleja la crónica del Pellegrini de 1949

El fornido alazán había nacido en 1945 en el haras Chapadmalal, unos kilómetros al sur de Mar del Plata, y fue el vencedor del Nacional de Palermo en 1948, en su campaña de potrillo. Para intentar ganarle en el Pellegrini de 1949 viajó desde Uruguay el crack Luzeiro, que se cansó de perseguirlo, más allá de mostrarse con algunos kilos menos por haber sentido el traslado. Ese día, Penny Post recibió apuestas a ganador por cerca de 670.000 boletos, algo nunca visto hasta ese momento para un solo caballo, en tiempos en los que las gateras no existían todavía y se largaba con cintas.

Meses después, en 1950, Penny Post fue llevado a correr el Gran Premio José Pedro Ramírez, la prueba máxima del turf uruguayo, en la arena del hipódromo de Maroñas. Allí se dio otra situación fuera de lo común con el caballo, aunque esa vez con final feliz. El ejemplar argentino largó mal, un tanto cruzado, y Elías Antúnez, su nuevo jockey, creyó que la partida iba a ser anulada y lo contuvo a los pocos metros. No obstante, la largada fue considerada válida por los jueces y debió remontar desde el fondo, mientras el puntero Leblón marcaba suaves parciales seguido por... Cruz Montiel.

La despedida de Penny Post del país, rumbo a Perú
La despedida de Penny Post del país, rumbo a Perú - Créditos: @Diario Crítica


La despedida de Penny Post del país, rumbo a Perú (Diario Crítica/)

La recuperación de Penny Post fue tan significativa enseguida que la primera vez que pasaron frente al disco ya lideraba la carrera y el que corría último en esta oportunidad era... Luzeiro, con Irineo Leguisamo reservándole energías para el final, al mejor estilo del Pulpo y con el antecedente de lo que había sido la prueba de San Isidro. En los últimos metros, el caballo local descontó diferencias con gran velocidad, pero el campeón argentino resistió pese a todo, mantuvo medio cuerpo de ventaja y su victoria incluyó, además, un amplio desquite sobre su vencedor en el Pellegrini.

Retirado de la competencia en 1952, fue llevado a subasta en un remate muy especial: resultó el único caballo a la venta ese día e inició su etapa como padrillo en el haras El Moro. “¡Penny Post queda en la Argentina!”, exclamó Adolfo Bullrich, tras bajar el martillo a la última oferta del nieto materno de Congreve, el jefe de raza más importante de la historia hípica argentina. Más tarde, a fines de 1958, fue embarcado como si se despidiera a un ídolo en la hacía poco fundada Austral Líneas Aéreas rumbo a Perú, donde también dejó descendientes en una etapa que estuvo lejos de las expectativas que había generado por lo hecho en las pistas. Pese a sus múltiples grandes triunfos, quedó eternamente ligado a una derrota absurda. Como Pellegrino.

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